Yo estuve con él en el Colegio de San Juan Bautista, aunque en unos cursos inferiores debido a nuestra edades.
Aprovecho la ocasión para saludar al resto de los hermanos Cristina, Isabel, Tomás, Jesus, Inmaculada, José Ignacio, Gonzalo, Santiago y me falta uno que por se de los más pequeños ahora no recuerdo su nombre. El orden no recuerdo si era así o no.
Descanse en paz.
]]>Si toda muerte se lleva algo de ti, hay alguna, como en el caso de Fernando, que te origina, además de dolor, un sentimiento de incredulidad. No puede ser; no me creo que dejaré de cruzarme con él, casi a diario, porque vivimos en la misma calle. Tengo tan presente su sonrisa, sus amables maneras, que pienso que en cualquier momento volveré a estar junto a él; quizás, con un catavino en la mano y él, en lugar de beber, oliendo el vino y agitándolo en la copa. Porque Fernando, en otro tiempo, presidente del consejo de administración de “Fernando A. de Terry”, la bodega del Puerto de Santa María, era profundo conocedor y, como tal, inteligente catador de nuestros vinos. Sus comentarios, después de la cata, los reservaba para él, sin entrar en la cursi disertación del sabor punzante, los tonos caramelo, la longitud del retrogusto y tantas otras pamplinas con que algunos enterados nos obsequian. Criador de vinos y de caballos, formó parte de esa importante saga de nuestra baja Andalucía, que empeñó su vida en prestigiarla, con esos símbolos de nuestra tierra. Por razón de edad, van desapareciendo esos hombres y muchos nos lamentamos que, para aquellos, no existan repuestos. Fernando era gran aficionado al campo y a la caza. Fue sin duda una de las mejores escopetas de España, con una elegancia y una generosidad (porque hay mucha avaricia en algunos cazadores) que pocos igualaban. Disparó y abatió a muchos pájaros pero, por las excelencias de su gestión cinegética, puede decirse que, por cada uno que él abatió, hoy hay cinco o seis que van de peón, están empollando o vuelan en nuestro cielo.
Dicen que hay que esperar a la muerte para que se hable bien de una persona. En el caso de Fernando, esto no era cierto, porque de él, en vida, hablábamos bien todos sus amigos. Probablemente porque todos éramos conscientes de que, además de ser profundamente religioso y más que asiduo practicante, también rendía culto a la amistad porque, para él, el amor a Dios y al prójimo, era el primer mandamiento. Solo por encima de sus amigos estaban su mujer y sus hijos. Esta era su familia que ahora le llora, sin otro consuelo que saber que su esposo y padre ha ido a reunirse en el cielo con Ana, la hija fallecida de niña. La noticia de sus males y, ahora la de su fallecimiento, además de dolor, me causa una profunda impresión. Es el sentimiento egoísta de que te vas quedando solo y me hago la pregunta de siempre: ¿Por qué tienen que morirse las buenas personas?
José Ramón del Río
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