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Juan Antonio Fernández Caamaño nació en El Puerto de Sta. María, el 14 de junio de 1956  en pleno corazón del barrio alto. La Calle de la Zarza,  el entorno del Hospitalito, fue testigo mudo de los juegos de su infancia. Tercero de seis hermanos, la familia se sorprendería al ver que su madre, Mariquilla de la Colonia, dio a luz a un pepón de la época, casi cinco kilos de zagal dispuesto a luchar en la vida como así lo demostraba sus primeros llantos. Ser de familia portuense por ambas ramas le llevaría, desde niño, a tener su patria chica por bandera y al mar, a veces recio,otras, remanso de paz, como inspiración absoluta.

Su padre, Manuel Fernández Medina, conocido como ‘el Ponce’ que era el segundo apellido del abuelo, era un hombre de bien y trabajador nato. Pluriempleado, desempeñó su vida laboral entre las bodegas Terry --lo recuerda siempre impecablemente uniformado de ujier en la portería o de barman como relaciones públicas-- y operador cinematográfico en la empresa portuense Nuchera que regentaba los locales de moda en la ciudad en los años cincuenta y sesenta, entre otros, el Teatro Principal, Central Cinema, Cinema España y el Cine Colón. Los escasos ratos libres, El Ponce, los dedicaba a relacionarse con sus amigos en la ya desaparecida Cervecería Casa Sánchez en la céntrica calle Ganado, famosa por sus tapas de ensaladilla rusa

Juan era un chiquillo sin apetito y malo de comer por lo que su padre le proporcionaba el revitalizante Nunca faltaba la Quina San Clemente. A falta de Quina, ‘el Ponce’, siempre y cuando le llevara el bocadillo a la bodega, le daba esa media copita de Pedro Ximénez, manjar de dioses, que le sabía a gloria y que le daba verdaderas ganas de comer. /Juan, con dos años, en el Estudio de Fotografía de Pantoja.

Su Madre María Luisa Caamaño Bernal. Era también porteña por los cuatro costados. De pequeña las amigas la apodaron  de la colonia por que los abuelos maternos, Vicente Caamaño y Encarnación Bernal, eran los porteros-cuidadores de la antigua casa de la Colonia Escolar Obrera Jerezana situada en la calle San Francisco esquina con Gatona. Instalaciones propiedad de los sindicatos a las que venían,  en época estival, expediciones de niños y niñas de la vecina localidad para darse los salubres baños de sol y agua salada recomendados por los médicos de entonces.

Es digno de resaltar su buena y especial relación con su abuela materna Encarnación Bernal Rube,  a la que recuerda como su segunda madre, debido a que le pusieron el mismo nombre en memoria de un hijo suyo que murió cuando aún era un bebé. Ella, con su cariño exclusivo hacia su nieto preferido y casi siempre a escondidas, le preparaba el menú que más le gustaba: las tostadas con aceite de oliva y las poleás de El Puerto: las gachas de la abuela.

Los padres de Juan, Manuel Fernández y María Caamaño.

EL JUAN NIÑO.
En su infancia recuerda la calle Zarza aún sin asfaltar. La calzada era de chinos ‘pelúos’  y las aceras de grandes losas de pizarra de Tarifa, sin apenas tráfico rodado. Después de la escuela, una legión de chavales invadía, con motivo de la merienda, la vía pública. Los bocadillos de pan con aceite y azúcar o chocolate eran engullidos por los infantes hambrientos entre partido y partido de fútbol, con las consiguientes molestias para el vecindario; al son del grito  «¡Que viene el guardia!», la calle quedaba desierta. También era un sitio estupendo para jugar a las canicas, entre chino y chino excavaban los hoyos. Las tardes lúdicas, Juan y sus amigos, las completaban con la realización de expediciones en busca cochinillas y bichitos de luz debajo de las piedras de las aceras o con juegos populares como ‘el salto de múa’.

Otro de los aspectos a estudiar en la vida más temprana de Caamaño, es la experiencia educativa. La primera que recuerda es la inscripción en la ‘miga de Paca’, situada en la calle Cruces, en la que en una habitación se reunía con un grupito de niños bajo las órdenes de la Señorita Paca. Una guardería precaria, como todas las de aquel tiempo, a la que tenía que llevar todos los días la pizarra, el pizarrín y el banquito de madera.

La fotografía del Colegio La Salle.

Luego vendría el centro educativo Luisa de Marillac con la hermana Sor Aguilar (ver nótula núm. 1.520 en GdP) que era el icono de aquel colegio. Juan se llevó en la memoria el olor intenso a aceite de oliva al pasar por el despacho que había en la calle Diego Niño caminito de los quehaceres académicos. Sus padres, preocupados por la nueva etapa escolar que se avecinaba lo apuntan, en el verano de 1962, en las clases particulares del Hospitalito de las que salió un alumno preparado que apuntaba maneras en las artes plásticas, Juan F. Caamaño, nuestro Juan, ya estaba preparado para ingresar en las Escuelas de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, La Salle Santa Natalia.

El primer curso como lasaliano fue 1962-63, año que coincide con la Primera Comunión. De esta etapa guarda muy gratos recuerdos de personas que le marcaron su vida como por ejemplo, los Hermanos, Ignacio, fundador de la obra, y Gonzalo, gran maestro de la vida. A este último lo rememora con la sotana arremangada en el centro de campo jugando al fútbol y organizando unas magníficas fiestas de fin de curso de las que hacía partícipes a todas las familias.

En dicho colegio de la calle la Rosa, cursó Primaria, Ingreso y Bachiller. Había una materia menor, dibujo, la asignatura que más le encantaba y que mejor se le daba. Don Antonio Izquierdo era el profesor titular y por mucho que Juan se esforzaba, nunca le puso el diez que tanto anhelaba. Izquierdo le condujo al estudio de las Bellas Artes pues, según le comunicó, a posteriori, jamás le puso la máxima calificación para que no se relajase. El profesor estimaba la valía de aquel niño pintor y el mejor servicio que le pudo hacer fue entrevistarse con sus padres y aconsejarles el ingreso en la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia, decana de la enseñanza de las artes plásticas en la Bahía de Cádiz y cuna de grandes pintores.

Esteban Caamaño y su mujer, Lola, tíos de nuestro pintor.

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