2.501. Las Canteras de San Cristóbal (6). Isla Cartare XIV

 

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Decíamos en el capítulo anterior (nótula 2.486) que el grueso de la documentación más antigua conservada en el Archivo Municipal de El Puerto referida a las canteras de la Sierra de San Cristóbal es de comienzos del siglo XVIII, entendiéndose la falta de documentos anteriores una pérdida de los mismos, y que, no obstante, los sistemas de explotación y todo lo concerniente al trabajo de la cantería debieron ser muy semejantes a los de siglos anteriores. /En la fotografía tomada en el perfil de una cantera, como petrificado, la figuración de cuerpo entero de un cantero. / Foto, Juan José López Amador.

EL APARATO BUROCRÁTICO

Desde el año 1284, cuando el término de Sidonia –la Siduna andalusí- se incorporó al portuense, la Sierra de San Cristóbal formó parte de los terrenos Propios del municipio, por lo que a sus representantes correspondía otorgar las licencias para la explotación de la piedra, desde comienzos del s. XVIII, al menos, siempre por vía de arrendamiento semestral y renovable.

Fue costumbre inveterada que los arbitrios por la explotación de las canteras –a cielo abierto y subterráneas- se pagaran en especie: cada seis meses, dos carretadas de piedras con destino a las obras públicas civiles y religiosas que se construían en la ciudad, que en todo el siglo XVIII –y en el XVII- fueron constantes por el intenso desarrollo urbano que entonces vivió El Puerto. El tributo en metálico no llegaría a hacerse efectivo hasta el último tercio del XIX.

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Para el buen control de la actividad extractiva, el aparato burocrático municipal se organizó del modo siguiente: los diputados de campo ejercían de máximos responsables, delegados por el municipio para controlar los trámites e inspeccionar sobre el terreno si se cumplían los requisitos dispuestos; el maestro mayor de obras firmaba los informes previos a la apertura de una explotación y fijaba los tipos y medidas de los cantos; el escribano expedía las licencias, que las revisaba el celador de arbitrios, que también controlaba la carga de las carretadas; el cabo del barco de la Aduana (surto en el Guadalete, frente a la plaza del Polvorista) inspeccionaba el número de carretadas embarcadas en el río; y por último existió el puesto de vigilante de las canteras.

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Bajo el perfil de la Sierra, una cantera-cueva con columna de apoyo. / Foto, J.J.L.A.

La labor de inspección de los diputados de campo se completaba con la presentación periódica de informes sobre al estado de las explotaciones, los cuales, desde fines del XVIII y todo el XIX se hacen eco del estado de ruina de algunas y de los riesgos que presentaban para quienes transitasen por los contornos (en 1858 y 1861 se documentan graves accidentes laborales). En estos años de mediados del XIX se nombraron los primeros comisionados o representantes de los trabajadores. Otros conflictos fueron causados por frecuentes invasiones o apropiaciones de canteras ya que habitualmente se comunicaban entre sí, llegando a tener cada una 3 o 4 beneficiarios.

LA CANTERÍA 

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Cantera de San Francisco de Asís o de Marmolejo, al pie oeste del cerro de San Cristóbal. / Foto, José y Agustín García Lázaro, web entornoajerez.com.

La razón de que se excavase –probablemente a partir del s. XV- en minas subterráneas perseguía la localización y seguimiento de las vetas de mayor dureza, creándose espacios en forma de ‘cuevas’, como popular y tradicionalmente se las conoce. Algunas ofrecen pequeñas dimensiones, generalmente son intentos fallidos de topar con las vetas más apreciadas y rentables; otras alcanzan longitudes de 300-400 metros, presentando amplias galerías con 20 m de altura o más que dan paso a laberintos de estancias asimétricas, en ocasiones abiertas a cubículos excavados a mayor altura, algunos accesibles por escaleras talladas.

En 1733 existían, al menos, 12 canteras en explotación, empleando cada una a 10 o 12 trabajadores (en total 120-140), cifra que indica la importancia del sector en la economía local del momento y en el día a día la intensiva ocupación de la Sierra. Y con los canteros, los carreteros, que ejercían una labor imprescindible y complementaria a la de los canteros. Ambos gremios compartieron la devoción religiosa en la serrana ermita de Santiago de los Canteros (ver nótula 2.472).

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Un cantero en plena faena con el pico, hacia 1925. / Foto, Justino Castroverde.

A partir de mediados del s. XVIII comenzó el paulatino agotamiento de la piedra ‘dura’ o ‘palomera’, la más apreciada y preciada. Al respecto, el erudito portuense Juan Luis Roche apuntó en 1771: “La causa de esta falta [de piedra dura] proviene de que los Canteros se aprovechan de la ninguna diferencia de ambas piedras, y abandonaron y dejaron perder la Cantera más dura llamada del Gigante [en la aún zona militar], y abrieron otra más franca [blanda] para sacarla con menos fatiga, aunque el precio fuese menos, acomodándose con el común uso, que siempre da de ojos en lo más barato, aunque por su poca duración salga más costoso.

Nunca deja de sorprender visitar las canteras de San Cristóbal y comprobar cómo los experimentados y sufridos canteros pudieron vaciar tan vastos espacios de piedra con las herramientas tan elementales que empleaban: piquetas, picos, almádenas (mazos), martillos, gradinas (cinceles), palancas, cuñas, punteros… El mismo utillaje empleado durante milenios, y el que utilizó el último cantero portuense ‘clásico’, José Santilario, oficio que hoy continúa su hijo Ángel.

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Cantera a cielo abierto y en mina que fue reutilizada como vivienda. / Foto, J.J.L.A.

En la Edad Moderna, la primera excavación a cielo abierto –el sistema tradicional empleado durante la Antigüedad y la Edad Media- data de 1758, aunque no se impuso definitivamente hasta bien entrado el XIX. Su recuperación trajo la utilización de barrenos, documentado por vez primera en 1796, lo que supuso un considerable deterioro del medio natural. Consciente de ello, el Ayuntamiento otorgaba las licencias a condición de que una vez extraída la piedra se cubriesen los huecos de las canteras y se efectuara una repoblación del entorno, pero que nunca se llevó a cabo.

LOS TRAGALUCES

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Lumbrera de una cantera-cueva. / Foto, J.J.L.A.

El incremento progresivo de las canteras subterráneas, sobre todo en las zonas de piedra dura, motivó que las galerías alcanzasen grandes dimensiones, necesitando de tragaluces –más de 300 (sic) a mediados del XVIII- que cumplían tres objetivos: iluminar las extensas galerías, ventilar los espacios –de continuo sujetos a la presencia de partículas nocivas en un ambiente nada saneado- y permitir la extracción de las piedras mediante poleas.

Estas aberturas se mencionan en los textos como fuentes de peligros laborales y para el ganado. Así, a partir de 1767 el Cabildo supeditó la concesión de licencias al acotamiento de los tragaluces con pretiles de mampostería, pero, según se documenta sobre el terreno, tal medida apenas se cumplió. Posteriormente, como el costo total era elevado (estimado en 50.000 reales) se llegó a un acuerdo mediante el cual sólo se cerrarían las lumbreras apostadas junto a los caminos de las canteras y el resto se desbrozaría de ramajes alrededor para facilitar su vista.

EL TRANSPORTE

Una vez que las piedras eran extraídas por las bocas de acceso a las ‘cuevas’ o por las lumbreras, terminaban de desbastarse y cuadrarse al exterior de las canteras, habitualmente dejándose una pequeña capa de más para que durante el transporte no se dañaran y conservaran las medidas acordadas para terminar de pulirse a sus justas dimensiones en el punto de recepción de las piedras, labor que culminaban los canteros talladores que levantaban los edificios.

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Carretero sacando su carro tirado por cuatro mulas de una cantera de San Cristóbal a fines del s. XIX. / Foto gentileza del Centro Municipal del Patrimonio Histórico.

Sacada la piedra de las canteras, como fue costumbre de siglos anteriores, se cargaba en carros de dos ruedas tirados por mulas, en ‘carretadas’ previamente concertadas en número y tipo de cantos. Si las piedras se trasladaban a El Puerto, dos vías de comunicación se empleaban: por tierra, a través de los caminos de las canteras hasta el antiguo camino de Sidueña, el que transcurría en paralelo a la actual carretera de El Portal (que no se construyó, arrecifado, hasta 1755), más próximo a las marismas, que desembocaba frente a la cañada del Verdugo para tomar la recta que da a la entrada de la población, donde las carretadas se fiscalizaban en el Portazgo de La Victoria; o bien los carros transportaban la piedra desde las canteras hasta el embarcadero que existía frente a la ermita de La Piedad, al pie Este de Doña Blanca, donde en gabarras y a través del curso de la ‘madre vieja’ del Guadalete –que estuvo abierto hasta fines del s. XIX- se llevaban a la ciudad río abajo, sorteando, eso sí, diversos bajos y tornos.

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Plano de 1750, Servicio Geográfico del Ejército: 1.- canteras; 2.- Doña Blanca; 3.- ‘madre vieja’ del Guadalete; 4.- camino de Sidueña, 5.-El Puerto de Santa María.

Respecto al transporte hasta Jerez, los carros tomaban, al Sur, el camino de El Portal o, al Norte, por ‘la trocha’ (la actual N-IV), y también por vía fluvial a través del que la documentación antigua llama caño de la Piedra, que se conoce se cegó definitivamente el año 1800. No tenemos certeza de cuál era este curso de agua, pero no estimamos otra posibilidad que no fuera la continuación de la ‘madre vieja’ que transcurría al pie de la Sierra de San Cristóbal (Rancho de la Bola, El Portal, Parpalana) y se adentraba en la vecina ciudad por el arroyo de Guadajabaque (la playa de San Telmo de la tradición oral jerezana).

LOS LITIGIOS CON JEREZ

Al menos desde el siglo XV El Puerto y Jerez mantuvieron continuadas disputas a cuenta de la delimitación de sus términos en el entorno del cerro de San Cristóbal, asunto que no se zanjó definitivamente hasta el año 2000, cuando el Poblado de la Sierra, hasta entonces una pedanía de Jerez, por ley pasó a ser portuense, tal como se consideró que había sido fijado el amojonamiento de ambos términos en 1432.

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Dos vistas de corrales y viviendas apostadas e inmersas en dos grandes ‘cuevas’ en el Poblado de la Sierra, en los años 80. / Foto, J.J.L.A.

Especialmente significados fueron los litigios que en el s. XVIII mantuvieron ambos ayuntamientos por la propiedad y el derecho de explotación de las canteras linderas a sus términos. El conflicto surgió cuando en un informe del Cabildo portuense de 1732 se recogió que la piedra de mejor factura estaba comenzando a agotarse, adoptándose la medida de suspender su venta a las poblaciones vecinas, inmersas también, como El Puerto, en un fuerte crecimiento urbano. Inmediatamente se paralizó la cantera que surtía a las obras de la colegial de San Salvador de Jerez y se volcó el contenido de los carros que se dirigían a la ciudad. Jerez apeló ante la Real Chancillería de Granada, obteniendo como resolución su derecho a adquirir piedra de San Cristóbal, si bien tenía que acatar las normas del Cabildo portuense. Insistió Jerez durante muchos años en hacer valer sus derechos a adquirir piedra sin licencias, no llegándose a zanjar definitivamente los repetidos escarceos sobre el terreno y los enfrentamientos dialécticos hasta que transcurrió un siglo y medio, en el último tercio del XIX.

LAS CANTERAS-CUEVAS

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Inscripción de la cantera de San Francisco de Asís o de Marmolejo, al pie del cerro de San Cristóbal, junto al camino de las Aguas: SN Fco DE ACÍS (sic) CANTERA DE DOMINGO MARMOLEJO PADRE AÑO DE 1865. / Foto, J.J.L.A.

En la amplia documentación que a comienzos de los años 90 consultamos en el Archivo Municipal de El Puerto con el fin de escribir –con José Antonio Ruiz Gil- un artículo que sobre la historia de las canteras publicamos en una revista de ámbito nacional (Revista de Arqueología nº124, 1991), localizamos 70 nombres de canteras, en superficie y subterráneas, todas de los ss. XVIII-XIX, pues antes era costumbre que fueran conocidas por los nombres de los canteros que las explotaban (costumbre que se mantenía muy a comienzos del s. XX: así, las canteras de Ceferino (García Trujillo), Luis, Enrique, Salas, Viturro, Beloso…). En su mayor parte no son localizables por la escasa presencia de inscripciones que recojan sus nombres (o bien no están localizadas), por la falta de planos o puntos de referencias geográficos, por desaparecer muchas canteras solapadas en otras que las ampliaron y otras que desaparecieron a mediados del s. XX, cuando se abrieron, a cada extremo de la Sierra, las dos grandes explotaciones a cielo abierto.

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Vale emitido en la ‘ermita de Santiago’ por una saca de piedra de la cantera Los Pilares destinada a Jerez, julio de 1874. / Archivo Municipal de El Puerto.

Estos son algunos de sus nombres: Quebrantahuesos, Matasanos, El Gigante, Los Pilares, La Mujer, Buenavista, del Serrano, El Civil, de Marmolejo o San Francisco de Asís, Nuestra Señora de los Milagros, Nuestra Señora del Carmen, San Sebastián, San Isidro, La Ermita, Las Angustias, Las Cruces, Los Cielos, Los Chorros, La Abundancia, Los Duros, La Cachucha, La Gotera, Los Barros, Las Negras, La Higuera, El Algarrobo, Zarza, El Conejo, El Caracol, La Paloma, Palomera, Los Cañones, El Hoyo de Ventura, El Hoyo de los Caminos, El Hornillo, de Telégrafos, Cañada de Navarro, Cañada de Silva, Cañada de la Ermita, Cañada del Granado, Cañada del Puente

LA CANTERA DEL CIVIL

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Fachada principal de la cantera del Civil. / Foto, J.J.L.A., años 80.

La del Civil es la cantera que se encuentra junto al acceso de la variante Jerez-Puerto Real que cruza la Sierra de norte a sur. Afortunadamente ha llegado a nuestros días, porque en el proyecto inicial de la carretera se contemplaba que pasara justamente por donde se encuentra esta espléndida cantera-cueva. A la gestión del entonces director del Museo Municipal portuense, Francisco Giles Pacheco, se debe que el proyecto inicial fuera modificado y hoy subsista la cantera. Al interior tiene amplias estancias a distinta altura, con la apariencia de haber sido excavadas en tiempos distintos.

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Vista parcial de la ‘cueva’ del Civil, con salas a distintas alturas. / Foto, J.J.L.A., años 80.

Lo del Civil viene de que fue reutilizada por la guardia civil de punto de vigilancia y control en los últimos años 40-50, cuyo uso como tal, y como corral de cabras, aún es apreciable.

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En una jamba de la entrada principal del Civil y envuelto en un medallón, una imagen religiosa, y a la izquierda una Virgen de cuerpo entero. También existen diversas cruces y la representación –como símbolo cristiano- de un pez. / Foto, J.J.L.A.

Acaso alguna estancia de esta cantera fuera la que acogió la primitiva ermita de Santiago de los Canteros (ver nótula 2.472), la que a fines de la Edad Media se acomodó en una cantera subterránea en el entorno del cerro de Buenavista, donde ésta se halla. Al respecto, Juan C. Rodríguez Estévez dejó escrito que la figura en bajorrelieve existente en el vestíbulo de la entrada principal a la cantera pudiera ser la representación del apóstol como peregrino, por el sombrero de ala ancha con el que se cubre. Pudiera ser… Los símbolos religiosos –principalmente cruces de distintos tipos- proliferan en muchas canteras, a cielo abierto y en galerías, marcando la sacralización de los espacios y como medida de “protección” y encomienda ante los evidentes riesgos laborales que de continuo vivían los canteros.

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Frente al acceso principal de la cantera del Civil, uno de los dos túneles con los que contaba para el paso de los carros; éste, para salir al viejo camino de ‘la trocha’. / Foto, J.J.L.A., años 80.

LA MUJER, LOS PILARES, EL GIGANTE

Como es sabido, aunque apenas son conocidas por el común de los ciudadanos, las mayores canteras-cuevas de la Sierra se encuentran en la ex zona militar, donde a partir de 1947, tras la ‘explosión de Cádiz’, se establecieron los polvorines de Defensa Submarina (ver plano en nótula 2.486). Entre otras de menores dimensiones –pero todas de gran porte-, las que nombramos encabezando este epígrafe.

La primera mención a la ‘cueva’ de La Mujer la hallamos en el Archivo Municipal en documentos de 1828, aunque, sin duda, la cantera es más antigua. Entonces la cantera contaba con 6 explotaciones –o tajos, como los llamaban- que llevaban otros tantos canteros, todos de Jerez. La más importante era la de Manuel Raison, que la abandonó en 1859. Por entonces, La Mujer ya estaba unida, al norte, a otra contigua, de nombre Los Pilares, ambas conectadas por un pasillo que llamaban ‘el ojo del perro’. Es la cantera –en uno de sus tajos- que recoge el ‘vale’ de 1874 que reproducimos arriba, entonces explotada –ya lo era en 1856- por Juana Pérez, teniendo entonces 400 m de longitud y existiendo otros tajos con los nombres de El Higuerón y Nuestra Señora de los Milagros, como reza grabado en lo alto de una de sus paredes.

Ambas cuevas –Los Pilares y La Mujer- fueron abandonadas en 1892. Éstas fueron las ‘cuevas’ –y la de Marmolejo- que el 20 de octubre de 1930 visitó Alfonso XIII, a invitación del alcalde portuense, Eduardo Ruiz Golluri.

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La cantera de La Mujer en imagen que hacia 1925 tomó Justino Castroverde. Arriba, enmarcado por un óvalo, una cruz de Evangelistas.

Hace años un amigo que en los 40-50 se crió en la Sierra nos contó que su abuela le contaba –las tradiciones orales hay que escucharlas- que el nombre de La Mujer le venía de cuando una vez se adentraron en la cantera tres parejas de novios y salieron dos y media, porque de una de las jóvenes nunca más se supo. Antes de llamarse La Mujer era conocida por el apellido de su cantero más importante, el citado Raison.

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Otra instantánea de J. Castroverde de La Mujer-Los Pilares.

Desde los últimos años 90 biólogos de la Estación Biológica de Doñana han estudiado la población de murciélagos (en El Puerto, panarrias, ver nótula núm. xxx en Gente del Puerto) que habitan, a un nivel más bajo que el resto de la ‘cueva’, La Mujer, estimada entre 30.000-50.000 ejemplares.

La tercera gran cantera, lindera a las otras dos, es la cueva del Gigante, la que, como mencionamos arriba, citaba Juan Luis Roche en 1771 diciendo que era la cantera con la piedra más dura y que entonces estaba abandonada. Pero volvió a abrirse, durante la primera mitad del s. XIX llevada por los canteros jerezanos José de Muela y Domingo Caballero.

En el próximo capítulo tocará escribir del otro recurso natural –junto a la piedra- que posibilitó que la Sierra de San Cristóbal fuese durante cinco mil años un importantísimo núcleo poblacional y cultural: el agua de los célebres manantiales de La Piedad, los que en los siglos XVI, XVII y XVIII (también en el XIX y XX) se canalizaron hasta El Puerto para abastecer a la población y a los barcos surtos en el Guadalete, destacadamente a través de esa joya histórica y arquitectónica que es el Acueducto de La Piedad. Que se construyó, por supuesto, con la piedra de las canteras de San Cristóbal. / Texto: Enrique Pérez Fernández y Juan José López Amador.

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