2.752. Antonio Rodal Barros, ‘el Gallego’. Su vida en un palacio entre óxido y puntales.

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A nadie se le hubiera ocurrido meter ahora en la actual Casa de las Cadenas a Felipe V. Pero hace dos siglos si ocurrió. El monarca pasaba un verano en la ciudad y se decidió que el llamado Palacio de Vizarrón era el sitio que se merecía un rey. Lustroso, grande, limpio, armonioso en sus formas, cómodo... Era un lugar para presumir y sacar pecho. Ahora, no. Tanto es así que hasta entrar cuesta. Decenas de puntales se cruzan en una casapuerta oscura, sin luz y donde un paso en falso puede ser peligroso. /En la imagen, Antonio Rodal Barros, 'el Gallego', uno de los pocos inquilinos que quedan en la finca.


Como le ocurrió hace poco a María cuando tropezó y se rompió tres vertebras. 69 años y toda la vida en la Casa de las Cadenas. «Nací aquí», recuerda. «Pero esto era otra cosa. Éramos unos 80 vecinos entonces y todo estaba bien». Ahora se enfrenta incluso a un proceso judicial para salir junto a su marido de su casa. Al igual que el resto de los pocos vecinos que ya quedan después de que en los últimos años hayan ido negociando con los propietarios su salida.

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El patio, lleno de escombros, jaramagos y puntales

Desde 2013 la Casa pertenece al Banco Santander. La entidad pide al juzgado la suspensión de los contratos para poder hacer las obras que se le ha requerido para conservar el inmueble, catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC). Así se le ha exigido desde la Junta y también desde el Ayuntamiento.

Los últimos inquilinos
Antonio ‘El Gallego’, de 75 años, casado con María, entiende que tiene que marcharse pero «no a cualquier precio». Insiste en que lleva toda la vida pagando su renta–«sin faltar ni un mes»–, pero que su situación económica no les permitiría «pagar mucho más». Ellos dos son los únicos inquilinos que quedan en torno al gran patio de arcadas y columnas, parte típica del diseño de una casa de cargadores a Indias. Pero ya poco queda de eso. Ni tampoco de los balcones voladizos, ni de los posamanos de acaná, ni de nada. Ahora, sólo se ven entre puntales, moho y verdín los vestigios del palacio que fue.

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Uno de los pasillos completamente apuntalado-

«Mi padre me contaba muchas historias», recuerda María. «Esto ha sido mi vida pero así, como está ahora, ya no me da pena irme. Estoy enferma y necesito un bajo», cuenta. «¿Y no tiene usted aquí miedo de que se le caiga encima el techo?» . «Bueno, cuando hace viento me preocupo un poco pero qué le vamos a hacer...».

«Esto se podría haber salvado», dice con pena Ramón Calvilla, otro de los vecinos que resiste a marcharse de la Casa de las Cadenas. Vive junto a su padre y, además, tiene un pequeño cuartito donde arregla «de todo» en un lateral de la finca. «Yo he visto como poco a poco se ha ido derrumbando mi casa. Eso es muy duro, claro», confiesa. Sabe que en poco tiempo tendrá que dejar atrás esos recuerdos porque, como el resto, serán realojados en otro lugar o indemnizados. Como le ocurrió al bar que tuvo que cerrar hace poco, abierto desde 1954. Su propietario, al que el cierre le supuso el final de sus ingresos, sigue viviendo en la casa y confía que después de que se arregle el palacio pueda volver a regentar el local que hasta ahora era su vida. /Texto: María Almagro. Fotos: A. Sampedro.

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