3.008. Juan Ramón Jiménez en los Jesuitas (I)

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En la imagen, un Juan Ramón de semi-perfil, frente amplia, nariz árabe, bigote y barba nazarena, cuidadosamente recortada, ceja izquierda sutilmente alzada, mirada profundísima, perdida, ensoñadora...

Andaba yo, por aquellos años, junto a las dunas versátiles y los pinares de El Puerto de Santa María, con sus largos viñedos, verdes y amarillos sobre la tierra enrojecida, los tórridos días del áspero viento de Levante, la bahía de Cádiz iluminada por millares de estrellitas, rutilantes en las noches, contempladas ávidamente a lo lejos, desde los ojos fascinados de mi tardía adolescencia... Como la contemplaron, muchos años antes, los ojos extasiados, lúcidos y melancólicos del poeta Juan Ramón, desde este mismo lugar, el que había sido colegio jesuíticos adonde él ingresó, como alumno interno, a los 11 años. Que no me lo invento, que él mismo lo dejó escrito: “Mis once años entraron de luto en el colegio que tienen los jesuitas en El Puerto de Santa María; fui tristón porque ya dejaba atrás algún sentimentalismo: la ventana por la que veía llover desde mi jardín, mi bosque, el sol poniente de mi calle...”.

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Y al colegio lo describe igualito a como lo estaba yo contemplando y viviendo, después de sesenta y dos años, interno también como estudiante de Humanidades y Lenguas Clásicas: “El colegio estaba sobre el mar y rodeado de grandes parques; cerca de mi dormitorio había una ventana que daba a la playa y por donde, las noches de primavera, se veía el cielo profundo y dormido sobre el agua, y Cádiz, a lo lejos, con la luz triste de su faro”.

Bueno, pues os cuenta una cosa que no os la vais a creer: “Estaba yo un día, por aquellos tiempos, en la enfermería del colegio, esperando a ser atendido y cuidado de una tos persistente, atrapada entro los fríos muros conventuales de aquellos inviernos sin calefacción... y, como estaba solo y aburrido, se me ocurrió ir abriendo los cajones de un viejo mueble aparador que había, como abandonado, en aquella sala. Entre aquellos cajones, vacíos y empolvados, en uno, en uno solo, descubrí que había algo: una foto montada en cartón recio, con el borde superior derecho partido, donde se veían los alumnos de un curso, dispuesto en cuatro filas, debajo de los cuales se leía: “Curso 1895-1896”.

¿Os lo podéis creer? Era el mismo curso de Juan Ramón Jiménez, que se veía allí, el cuarto de la tercera fila empezando por mi izquierda. Pero hay más: al mirarla por el reverso, encontré el nombre de uno de cada uno de los alumnos, escrito a puño y letra, con caracteres de volutas fantasiosas y amplias líneas de vuelos evasivos, y firmada ¡por el mismo Juan Ramón Jiménez!

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No se si por pudor o por una emergente culpabilidad subrepticia, no me atrevía a decirles lo de la foto robada... (¡No!, robada no: “ocupada”).

Me quedé estupefacto. No podía creerlo. Juan Ramón seguía allí, no se había ido. Aquel muchacho, de salud frágil y cortas defensas, había frecuentado, sin duda, aquella enfermería. Y un día dejó la foto olvidada. Alguien la puso en aquel cajón del aparador. Permaneció allí, olvidada, durante más de sesenta años, en un cajón de aquel viejo aparador, hasta que yo, aburrido y solo, me acerqué, lo abrí distraídamente y, afirmándome en el derecho romano de la propiedad que otorga ocupatio rei derelictae, decidí apropiármelo.

Y aquí la tengo ahora mismo, os lo juro, ante mis ojos todavía sorprendidos, mientras escribo estos conmovedores, para mi, y lejanos recuerdos. /Texto: Fernando Jiménez Hernández-Pinzón. (Cartas de Zenobia o el vuelo de un hada)

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