3.173. Rafael Alberti y Beatriz Amposta. Una historia de amor, un libro de poemas inédito.

Beatriz Amposta, hoy con 70 años, recuerda como se enamoró del poeta, con una notable diferencia de edad, y como vivieron aquella historia de amor que acabó con un libro de poesías inédito. Hicieron juntos un viaje a Nueva York en 1981 --en El Puerto de Santa María se le estaba preparando un Homenaje Popular a finales de dicho año, que se celebraría a primeros de 1982 mientras en España se cerraba el regreso del ‘Guernica’ de Picasso a nuestro país-- y poco después finalizaría el intenso romance entre la joven bióloga catalana y el poeta. Hoy Amposta sigue viviendo, en el número 80 de Vía Garibaldi , cumpliendo así los deseos del poeta tal y como dejó escrito, aunque los litigios de los herederos siguen sin resolverse, también, con esta propiedad. /Beatriz Amposta y Rafael Alberti. Foto: Juan Lebrón.

Beatriz Amposta y Rafael Alberti, delante del Arco de Washington Square. Es un arco del triunfo de mármol construido en 1892 en Washington Square Park en el barrio de Greenwich Village de Lower Manhattan en la Ciudad de Nueva York. /Foto: Juan Lebrón.

Las fotos que publicamos de la pareja en Nueva York son obra del productor cinematográfico y de TV, Juan Lebrón, que en 1981 vivía en la ciudad de los rascacielos y que ha tenido la gentileza de ceder para su publicación en Gente del Puerto.

Beatriz Amposta concedía una entrevista grabada el pasado año a Amparo Latorre Romero, donde entre otras cuestiones habla de la historia de amor que inspiró el libro inédito del poeta, titulado ‘Amor en vilo' y en posesión de la bióloga catalana. Amposta afirmaba que "Hasta ahora no he querido contar nada, pero al ver que, por primera vez, hay una persona que se interesa sobre por qué una chica de veinte años está con un hombre de cincuenta años más, he aceptado",

'Amor en vilo', se compone de 300 poemas, y fue un regalo del portuense Rafael Alberti a su musa Beatriz. Es un libro oculto ya desde su nacimiento cuando el poeta "cojeaba por el Trastevere por llevar escondidos en sus zapatos los versos del manuscrito", tal y como contó Amposta, que era la forma inicial de llevarle los poemas. "Desde que nos conocimos -en una exposición del pintor ruso-argentino Alejandro Kokocinski- me llamaba y en 1975 me mudé a una casa en Santa María en Trastevere porque Rafael me dijo que había un apartamento que se alquilaba cerca de su casa y así poder profundizar la relación”. Fue una historia de amor que se desarrolló en silencio porque el poeta estaba casado con María Teresa León, ya muy enferma de Alzheimer.

Beatriz Amposta, en la actualidad. /Foto: Colección Fernando Santiago.

"Rafael y yo mantuvimos una amistad muy intensa tras romper nuestra relación sentimental, que acabó en 1981, tras regresar de un viaje a Nueva York en el que, por cierto, escribió un poema en el que vaticina el derrumbe de las Torres Gemelas":
«Aquí no baja el viento, / se queda aquí en las torres, / en las largas alturas, / que un día caerán / batidas, arrasadas de su propia ufanía».

Un poeta portuense en Nueva York
El portuense fue acogido por un grupo de españoles que por aquellos años vivían en Nueva York y que atendieron al poeta e hicieron de guía de la pareja formada por Amposta y Alberti, que iba ataviado con una enorme bufanda blanca y su ya conocida gorra de marinero. Entre aquellos españoles estaba Javier Martín, a la sazón corresponsal de RNE, que recuerda que Alberti correspondía en aquel viaje a una invitación de la Universidad de Nueva York --donde estaban depositados los fondos de los brigadistas internacionales--, y en la que ofreció un recital de poesías memorable, de memoria, soberbio, ante un auditorio repleto.

En un kiosco de prensa en la Gran Manzana. /Foto: Juan Lebrón.

‘Tieso como la mojama’
Juan Lebrón, uno de sus anfitriones neoyorquinos, lo fue hasta tal punto que le cedió su casa donde Alberti se quedó dormido, después de dar buena cuenta entre todos en la fiesta posterior al recital, de media caja de vino de La Rioja. Y Lebrón se fue a pasar la noche a un hotel. Al día siguiente el poeta quiso corresponder al grupo de anfitriones e insistió en convidarlos en un restaurante de un gallego casado con una italiana: ’Frank Trattoría’. Uno de los asistentes a la comilona, consistente en buena pasta y mejor marisco, recuerda que el poeta declamó, interpretó, imitó, e insistió en pagar, pero con sus dibujos, las inolvidables palomas albertianas. El poeta estaba ‘tieso como la mojama’ --y era que no daba importancia ni prestaba atención a sus finanzas--, y al final tuvieron que pagar la cuenta a escote, recuerda el productor Juan Lebrón

Para saber más:
La Roma de Alberti, un reportaje de Cristina Rocha en Diario de Cádiz

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