2.356. Las ‘reuniones de confianza’ y los ‘ponches’. Fiestas privadas de los inicios del siglo XX

Como ocurre en nuestros días, en estos meses estivales en los que se multiplican los actos, espectáculos y fiestas, tanto culturales, deportivas o lúdicas, en su acepción de diversión, hace poco más de un siglo ocurría otro tanto de lo mismo. La diferencia bien podría estar, entre las que vivieron nuestros abuelos y las que podemos disfrutar nosotros, en que la mayoría de estos eventos actuales son públicos o semipúblicos, generalmente promovidos o gestionados por organismos municipales y regionales, entidades de carácter social-recreativo o empresarios. En la primera década del siglo XX, con la excepción de la cita anual con la carne, la fiesta de carnaval, muchas de estas fiestas se celebraban en los meses de verano y en una buena proporción con carácter privado, organizada por una familia en su casa o recreo, con asistencia de parientes, amigos y clientes, si el organizador era un empresario. Estas fiestas se denominaban “Reuniones de confianza”.

Cuando el promotor de estas fiestas privadas era un vinatero o bodeguero conectado con la cultura y estilo de vida anglófono después de muchos años de estancia en la “city” londinense, como es el caso del personaje sobre el que voy a basar y construir a modo de botón de muestra de esta costumbre, a estas reuniones sociales también se les denominaba “Ponches” (del inglés punch) posiblemente por ser este conocido cóctel, alcohólico o no, componente indispensable de las mismas.

El personaje elegido se llamó José María Vergés López, uno de tantos portuenses, hijo de padre gaditano y nieto de malagueño, familia de amplia tradición dedicada al comercio con las Islas Británicas, enviado a Inglaterra para su educación y formación empresarial, donde vivió hasta su madurez, sin perder el contacto con su lugar de origen ni con los negocios familiares ubicados en esta ciudad. Casado con la gaditana María Nieves Florez Carrió y con dos hijos, después de residir algunos años en Cádiz, finalizando el siglo XIX se instalaron aquí, en El Puerto, en una casona palaciega que adquirió, situada en la plaza del Polvorista, esquina con la calle Sol, en la que nacería un tercer y último hijo, en este caso una niña, a la que bautizaron como Agustina.

| El caserón de José María Vergés López, en la plaza del Polvorista esquina con la calle Sol.

El inmueble, de dos plantas y mirador, tenía trece habitaciones en el piso bajo y quince en el alto. Su fachada principal, con portada blasonada, miraba a la Plaza del Polvorista. Allí llegaban, invitados a estas fiestas organizadas por su propietario, en carruajes propios o calesas de alquiler, a partir de las nueve de la noche, las familias de Heras, Arvilla, Jiménez Dávila, Bela, Pico, Lasaletta… y también jóvenes solteros como Rafael Osborne, Gaspar Pastor o Luis Barreda. Todos eran recibidos por Doña María Nieves y su esposo en el bello patio porticado, adornado con medio centenar de macetas, en cuyas galerías colgaban seis enormes pinturas y en la del frente había una larga mesa antigua con patas de garra. Sus hijas Rosita y Agustina se ocupaban de la gente joven, pasando desde allí al salón, mejor dicho, a los salones, pues había dos: uno, de mayores dimensiones, dedicado exclusivamente para bailar, con el suelo tapizado de alfombras, un piano, varios sofás con cojines de seda, algunas sillas y macetones en altos pies de cerámica. En un lateral, una extensa vitrina con piezas de china, bateas de plata, cafeteras y teteras de loza inglesa y una ponchera de artístico cristal con servicios para 42 invitados; el otro salón, más pequeño, recepcionaba a los invitados de más edad que se acomodaban para realizar las tertulias habituales de este tipo de reuniones. Contenía una artística y valiosa sillería antigua y numerosas butacas, sillones-butaca, butacas bajas, sillas de brazo y sillas normales que rodeaban un sinfín de mesitas: japonesas, doradas, talladas, con tapa de mármol, de mosaicos y había también una mesa tablero para jugar al ajedrez o a las damas. En una de sus paredes lucía un tapiz clásico. Las amplias ventanas-cierros, cubiertas con pesadas cortinas dobles con encajes, amortiguaban el chispeante sonido de la música y las voces más chillonas.

Mantones, espejos, cornucopias, bellas lámparas y un reloj dorado, estilo Luis XVII, completaban y complementaban la decoración de estos dos aposentos en los que, colgados de las paredes, simétricamente distribuidos en ambas estancias figuraban 30 retratos del siglo XVIII en marcos de esa misma época, y acompañando al piano el sonido de un violín, dos músicos interpretaban rigodones, valses, polkas y una modalidad del primer bailable citado, un baile de figuras que llamaban “Lanceros”.
No existía cena formal sino que, a lo largo de la velada, se distribuían consomés, sándwiches de jamón o paté, bombones, pastas, dulces y, por supuesto, además del consabido ponche, una selección de vinos y licores.

Los caballeros solían reunirse, después de alternar unas horas con todos los asistentes, en el gabinete del anfitrión, donde fumaban con plena libertad y, en ocasiones, organizaban partidas de naipes. Era esta estancia la pieza donde estaban colgados el mayor número de cuadros, cuya relación exponemos: cuatro marinas, un cuadro de Clemente, cuatro retratos, una pintura titulada “Patio sevillano”; otro, “Pastora”; otro, “Plaza de toros de Sevilla”; dos de ellos, copias de pinturas clásicas; dos acuarelas, un óleo grande de paisaje, dos bodegones de fruta, dos platos pintados y seis cuadros pequeños.

| A la derecha el edificio que  nos ocupa, en la Plaza del Polvorista, que mas tarde sería el Colegio Sagrado Corazón, aparece en la esquina con la calle Sol una tienda rotulada como 'El Polvorín', que ya "en 1771 era una de las tiendas de montañés de Francisco Ruiz Tagle que al paso de los años, ya en 1923, se había convertido en 'El Polvorín', un 'café económico' de José Izquierdo', según identifica Enrique Pérez Fernández en su libro de 'Bares y Tabernas con Solera'. En la imagen, la guarnición del Cuartel presenciaba un partido de fútbol que, en los felices años 20 se celebraban en dicha plaza | Foto Centro Municipal Patrimonio Histórico).

192. PROFESORES DE EL PUERTO EN 1956

Habiendo referido ya los cuadros que había en el patio, los dos salones y el gabinete, el lector podrá deducir sin esfuerzo que nuestro personaje, José María Vergés, era sin duda un coleccionista de arte, y más concretamente, de pinturas.

¿Quieren conocer el resto de su colección y la distribución por las dependencias no accesibles a los invitados? En el comedor, llamémosle, de diario, figuraban además del “Paneau de flores” de Clemente, un grabado en color, un retrato, dos cuadros de temas religiosos y dos fotografías. En el dormitorio del matrimonio estaban instaladas un total de quince pinturas, diez de ellas eran retratos, tres de contenido religioso y dos trípticos con igual temática. Había también en esta estancia algunas piezas escultóricas de gran valor y calidad, destacando un crucifijo embutido en una capilla o caja de cedro y otro, labrado en marfil. Sumamos tres cuadros más en el pasillo del piso alto, un cuadro de grandes dimensiones en la meseta de la escalera donde también estaba instalada una coqueta mesa de caoba sobre la que reposaba un fanal de cristal conteniendo la reproducción en miniatura de un barco de vapor y dos soberbios macetones a sendos lados. El cuarto destinado a escritorio tenía dos cuadros grandes y seis pequeños y en una habitación patio tres grabados. Finalmente, en el comedor principal, un cuadro representando a San Bernardo, dos de temas andaluces, otros tantos de pequeño formato y uno más, de grandes dimensiones, muy antiguo, de tema costumbrista.

Lo reseñado arroja un total de 114 obras de diferentes estilos y calidades, expuestas en casi todas las dependencias de la casa que conformaban un gran museo doméstico de pinturas, parte de las cuales eran admiradas por los invitados de las fiestas organizadas durante dos lustros por la familia Vergés Florez en su casa residencia que alternaban con meriendas campestres organizadas en una finca de recreo que poseían en Puerto Real, de la que no tengo ninguna otra referencia. Fiestas estas que le proporcionaron un notable reconocimiento social y una gran popularidad entre los de su clase. | Texto: Antonio Gutiérez Ruiz. A.C. Puertoguía.

| Derribo del edificio de Vergés López, en noviembre de 1978 | Foto: Rafa.

449. MAESTROS EN EL POLVORISTA.

 

 

Deja un comentario