Número 4.000. El cauce de la madre vieja y la ribera de Sidueña, los paisajes perdidos del Guadalete

A comienzos de los últimos años veinte pasó por El Puerto de Santa María Francisco Cambó, entonces líder de la Liga Regionalista de Cataluña. Sus anfitriones en la Ciudad lo invitaron a contemplar el Guadalete, y asomado a sus aguas, espetó: --¿A dónde se va por este río? Ante el silencio de los presentes repitió la pregunta, y ya uno dijo: --Ahora a ninguna parte, y otro, --A la bahía. Cambó se encogió de hombros y se retiró. Esta anécdota, que la contó Mariano López Muñoz --uno de los anfitriones-- en Las trovas del Guadalete (1926), aún en nuestros días da que pensar e invita a reflexionar, porque muy poco tiene que ver el río que vio Cambó y el que hoy es --ni siquiera en su cauce-- con el que fue: El curso del Guadalete perdido a fines del siglo XIX que los portuenses llamaban 'madre vieja', que transcurría a los pies de la Sierra de San Cristóbal abriéndose paso por las marismas entre meandros.

Decía a mediados del siglo XII el geógrafo andalusí al-Zuhri que su agua al paso por al-Qanatir-El Puerto- “se utiliza para beber y para lavar”, que es decir que sus limpias aguas fluviales corrían y desaguaban hasta el mismo mar. Era el Guadalete “que corre con gran brío”, menciona una de las Cantigas de Santa María alfonsí, “por donde vienen grandes navíos”, refiere la carta-puebla fundacional de nuestra Ciudad de diciembre de 1281. El río al que Alfonso X concedió, en marzo de 1283, algunos privilegios para el buen desarrollo de la población: “Por hacer bien y merced a los pobladores del Puerto de Santa María, y porque se pueble mejor el lugar, tengo por bien que todos los bajeles cargados que pasaren por el río Guadalete para ir a Xerez que se descargue y el tercio, también de vianda como de madera o de otras cosas que ellosmester hubieren.”

| Foto: Agustín García Lázaro

Otra cantiga cuenta que una riada del Guadalete se llevó un puente en El Portal (que ha de entenderse en su antigua acepción de embarcadero), cuyas maderas llegaron al Puerto y se emplearon en los andamiajes de la iglesia  (Castillo de San Marcos) que entonces, mediada la década de 1260, se construía: “Hizo venir una riada de agua, que pasó por el Portal / y arrastró un puente de madera, tan íntegra / como en él estuviera; nunca se vio mejor. / Y por el río Guadalete la hizo llegar, / tal como estaba, allí donde / construían la iglesia, / para que no fallasen en terminar / a tiempo la obra”.

| El Guadalete desbordado a su paso por El Portal. Foto, Diario de Jerez, 26-XII-1996

Importante cuestión la de las riadas y grandes avenidas del Guadalete para entender la evolución de su curso. Que aumentaron durante la llamada Pequeña Edad de Hielo que comenzó a principios del siglo XIV, en la que se sucedían períodos de intensas lluvias con otros de sequía que, junto a los aportes de ingentes cantidades de sedimentos que arrastró el río durante la intensa deforestación que sufrió la Sierra de Cádiz desde la Baja Edad Media, conllevó que el Guadalete en su curso bajo creara numerosos bajos que a su vez formaron, abriéndose paso el río entre sus propios sedimentos, meandros y tornos que a mediados del siglo XVII dificultaban mucho la navegación, hasta casi hacerla inviable. En el plano que sigue (1750, Servicio Geográfico del Ejército) marco la localización y nombres de los ocho bajos que existían en la madre vieja del Guadalete a mediado del siglo XVII a su paso por el término portuense.

| Plano 1750 | Servicio Geográfico del Ejército.

La dificultad de su navegación dio pie a que Jerez, para remediar el mal y en defensa de sus intereses, ejecutara una obra que de raíz cambió el paisaje fluvial y la propia historia del curso bajo del Guadalete hasta nuestros días. En mayo de 1648 las autoridades jerezanas acordaron cerrar el comercio con El Puerto. El motivo que adujeron era evitar el contagio de la peste bubónica que se había asentado en nuestra Ciudad. Y en julio, el Cabildo jerezano adoptó, supuestamente con el mismo fin, otra medida: unir el curso del Guadalete al del Salado de Puerto Real a la altura del olivar de Cartagena, donde el Guadalete se aproximaba más --apenas 500 metros-- al Salado, por lo que fue, junto a su proximidad al embarcadero de El Portal, el lugar elegido por Jerez para que los barcos pasaran del Guadalete al Salado. Éste era el principal emisario del Guadalete, de antiguo nombrado Salado o Saladillo de Puerto Real, hasta que en 1648, con la intervención de la cofradía de San Pedro como patrono en la apertura, mudó su nombre por el de San Pedro, aunque desde El Puerto lo continuaron llamando Salado.

| Ortofoto de 1956, trabajo de cooperación entre el Ejército del Aire de España y la Fuerza Aérea de EEUU, conocido coloquialmente como “vuelo americano".

En la imagen (vuelo americano de 1956) se marca con flecha el canal abierto por Jerez para comunicar los cursos de la madre vieja y el Salado o San Pedro. Con línea amarilla se indica el lugar hacia donde alcanzaría entonces el San Pedro, cuando ya se había perdido, probablemente colmatado desde unos siglos antes, el curso que lo unía a la madre vieja a la altura de El Portal.

La peste fue la justificación que Jerez adujo para abrir la comunicación, pero, en verdad, también terciaron motivos económicos de gran calado e intereses encontrados entre una ciudad realenga –-Jerez-– y otra –-El Puerto-– de régimen señorial, propia del ducado de Medinaceli. Comenzó en el verano de 1648 un período de continuos enfrentamientos y pleitos entre ambas ciudades; en certeras palabras de Hipólito Sancho, un “pleito enojosísimo, violento, enmarañado, lleno de pasión”.

Aquel 1648 Jerez publicó un folleto (en la imagen) para informar al rey y al Consejo de Castilla de las razones que motivaron la apertura del canal: “consta este río desde el Portal a su boca de muchos bajos, que obligan en cada uno a alijar [desembarcar] las pipas de vino, que es el principal fruto que se carga [...] esperando tantas mareas de pleamar para embarcarlas, y pasar de bajo en bajo.” En cambio, el curso del San Pedro no tenía ningún bajo y sólo tres tornos, por lo que se podía llegar a su desembocadura al mar en La Cabezuela en medio día, seis horas de navegación. Una segunda razón, no enunciada por Jerez pero también principal, era que con la salida al mar por el término de Puerto Real --que era villa realenga desde su fundación en 1483-- los barcos del comercio jerezano evitaban pagar los tributos fijados por el señorío portuense, motivo in illo tempore de repetidas disputas y desencuentros entre ambas localidades por el derecho o no que tenía la villa señorial de cobrar a las naves jerezanas los derechos de anclaje. Desde El Puerto la apertura por el olivar de Cartagena se contempló con otros ojos: la pérdida de los tributos que pagaban los barcos jerezanos y la pérdida de caudal que la obra supondría a la madre vieja, ya por entonces muy menguada.

Tras continuas disputas judiciales entre ambas ciudades, Jerez se vio obligado en 1654, por resolución del Consejo de Castilla, a cerrar el canal del olivar de Cartagena; pero, pese a la solidez de la obra realizada, al año siguiente grandes avenidas derribaron las estacadas levantadas. A pesar de los sucesivos intentos de El Puerto para cerrar el canal y que las aguas del Guadalete volvieran a correr por la madre vieja, el curso que abrió Jerez en 1648 ha perdurado hasta nuestros días, por donde transcurre fundido al antiguo cauce del San Pedro.

Hubo un último intento en 1699, cuando el ingeniero Antonio Osorio presentó al Cabildo de El Puerto un proyecto para abrir, en término portuense próximo al jerezano (como había hecho Jerez medio siglo antes en su límite), un canal por el que el San Pedro fluyera y alimentara a la madre vieja; pero, al no contar con la aprobación del Estado, el proyecto no se ejecutó.  

| Croquis de la cortadura que se pretende hacer en el río San Pedro por el sitio de la Vega jurisdicción del Puerto para su comunicación con el río Guadalete; leyenda del boceto de A. Osorio, 1699. Archivo Municipal de Jerez.

El tramo de la madre vieja que desde El Portal llegaba a las inmediaciones de Doña Blanca --el caño de la Piedra que llamaban los jerezanos--, definitivamente se dio por perdido el año 1800. Sí continuó siendo navegable, con dificultad y hasta el último tercio del XIX, desde El Puerto al embarcadero de La Piedad --el caño de La Piedad que decían los portuenses--, principalmente utilizado por barcazas que remontaban el río para cargar las aguadas en sus célebres manantiales.

La última empresa que a ello se dedicó fue la gaditana La Cruz, de José F. de Prado, cuyos barcos llegaban a diario a los manantiales de La Piedad (y también al de Fuenterrabía) a cargar el agua para el consumo de los gaditanos, que la adquirían en los bajos de la muralla de la Puerta del Mar, a 17 reales la pipa.  

En la vieja Sidueña
Decir madre vieja es decir Sidueña, la Siduna andalusí y la Sidonia cristiana, el pago portuense que tanta historia acumula junto a la ribera del Guadalete perdido; el espacio, al pie de la Sierra de San Cristóbal, que media entre el paraje de Puerto Franco --en término jerezano lindero al portuense-- y la Huerta de Tiros, ya habitada en el siglo XIII y a cuyos pies transcurría, desde El Puerto, el muy antiguo camino de Sidueña.

En Puerto Franco, a orilla de la madre vieja, existió de antiguo un embarcadero, donde el arabista jerezano Miguel Ángel Borrego Soto sitúa la aldea andalusí de Bunayna, habitada al menos durante la primera mitad del siglo XIII. Era el lugar que el Libro del reparto rústico de Jerez (1269) llamaba Valle de Bonaina. Mudó su nombre por el de Puerto Franco en 1500, cuando se firmó un convenio entre Jerez y San Vicente de la Barquera por el que los pescadores de la villa cántabra que faenaran en las costas del atlántico andaluz tenían que traer el pescado al ‘puerto franco’ y venderlo solo en Jerez, proyecto que fue sancionado por los Reyes Católicos al año siguiente, pero la pesquería tuvo una vida efímera.

Se conoce que en 1525 existía aquí, en el linde de ambos términos, una venta propia de Pedro Franco, y aneja a ella una torre. Que debe ser la que en sus cimientos aún parece reconocerse en el terreno, y la que Anton van den Wyngaerde plasmó en 1567 en el dibujo que realizó desde El Puerto hacia la Sierra de San Cristóbal. A falta de un reconocimiento arqueológico del lugar, pudo formar parte de la andalusí Bunayna, cumpliendo la función de torre de control y defensiva de Jerez (Saris).

| Detalle del dibujo de Anton van den Wyngaerde | Año 1567

Junto a Puerto Franco comenzaban las célebres huertas de Sidueña, --terreno de los más fértiles y más hermosos del Orbe, exageraba en 1617 el historiador jerezano Martín de Roa--, el espacio que dista entre la madre vieja y el cerro de Doña Blanca y el manantial de La Piedad. Eran las huertas --de nombres muy antiguos-- del Alcaide, La Martela, Los Nogales, El Algarrobo, El Cidral, La Leona… El aludido alcaide portuense era Charles de Valera, que lo fue entre 1481 y 1521 y que en la huerta tenía, a orilla del río, un molino. En el entorno de La Martela es donde la unidad de Geodetección de la UCA (dirigida por los profesores Lázaro Lagóstena y José Antonio Ruiz) ha detectado grandes estructuras portuarias y urbanas soterradas que podrían corresponder, según los citados, al puerto púnico-cartaginés de Doña Blanca (ss. V-III a.C.). De ser así y dando por sentado que sólo una excavación arqueológica lo podrá determinar, ese puerto localizado en La Martela podría ser el que durante siglos tanto ha dado que hablar: el que los navegantes griegos llamaron Puerto de Menesteo.

Las huertas las alimentaba el manantial de Los Álamos, al pie de la torre de Doña Blanca e inmediato al de La Piedad, cuya agua, tanto embarcada en la madre vieja como canalizada con tuberías y acueductos subterráneos, durante siglos suministró a El Puerto y Cádiz. Junto a él, a comienzos del XVIII se levantó la ermita de su nombre. De la que el historiador portuense Ruiz de Cortázar dejó escrito en 1764: “Tiene la ermita de Nuestra Señora de la Piedad diferentes salas que sirven de hospedería a las familias de Cádiz, Jerez y este Puerto, que van a cumplir sus votos a la piadosa Imagen que se venera en este santuario o a divertirse en el ameno campo o valle de huertas, abundante de aguas que espontáneamente manan, con agradable vista y beneficio de las plantas en todo el año alegres y frondosas.

| Entorno de la ermita de La Piedad y la madre vieja en 1726 (detalle). Archivo General de Simancas.

Al paso de un siglo el paraje conservaba su belleza, según alababa en 1862 el gaditano Arístides Pongilioni: “Más abajo [del Castillo de Dª Blanca] se levanta la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, rodeada de una preciosa huerta llamada de los Abades[…] Entre aquellos espesos naranjales, en aquel terreno abierto de frondosas arboledas, dicen que existió un pueblo del cual apenas van quedando vestigios, llamado Sidonia o Sidueña.”  Poco después, de la ermita solo quedaban sus ruinas. Lo testimonió el jerezano Padre Luis Coloma, que en su relato Caín (1873) --cuyo argumento transcurre en las huertas de Sidueña y su entorno-- anotó: “se detiene ante una ermita arruinada, […] sola, triste, con sus muros destruidos, su iglesia sin puertas ni techo, su campanario sin cruz que lo corone ni campanas”.

| La torre de Doña Blanca, reconstruida en 1860 por su propietario, el marqués del Castillo del Valle de Sidueña. Al fondo, las huertas y marismas. | Foto, Juan de Mata Carriazo, hacia 1960.

Enfrente de La Piedad, en el solar de la torre de Doña Blanca, existió otra ermita, la de Nuestra Señora de Sidueña, levantada en el mismo lugar que en el siglo VII ocupó una ermita visigoda. Acerca de su antigüedad, en 1561, el vicario de la Prioral Martín de Radona decía que “es ermita tan antigua como la iglesia antigua de esta dicha villa [Castillo de San Marcos] y parece allí fue pueblo de por sí y así tiene límites y término.” Debió de fundarse poco después de que Alfonso X, en marzo de 1284, días antes de fallecer, agregó el término de Sidonia al portuense. Y añadía el vicario que el recinto religioso estaba a cargo de un ermitaño que remediaba sus necesidades con limosnas, sin poseer renta alguna, celebrándose su festividad en la Natividad de la Virgen, 8 de septiembre (al igual que la de Santa María del Puerto, por otro nombre Virgen de los Milagros), cuando se celebraba una romería a la ermita a la que acudía “mucha gente, así de esta dicha villa como de Xerez de la Frontera.”

| Nuestra Señora de Sidueña retratada por Hipólito Sancho en una almena del Castillo de San Marcos (detalle). | Fotografía propiedad de Juan José López Amador.

A Luis Suárez Ávila se debe que conozcamos el devenir de la Virgen de Sidueña. En año incierto entre 1561 y 1577 se perdió su culto en la ermita, trasladándose su imagen titular en la década de 1580 al Castillo de San Marcos, donde recibió culto hasta 1618-22, cuando se realizaron reformas en el destartalado inmueble. Sería entonces, como era acostumbrado en la época hacer con las imágenes religiosas en mal estado de conservación, cuando Nuestra Señora de Sidueña se emparedó en los bajos de la torre del Homenaje, donde fue descubierta en una oquedad en 1934, al retirarse el altar de la capilla del Sagrario.

| Tell del Castillo de Doña Blanca, donde en 1472 se proyectó construir la Cartuja que finalmente se levantó (1478) en el término municipal de Jerez. | Foto: D.R.M.

En el solar de la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca (fines ss. IX-III a.C.) y sus inmediaciones se emplazó, según sostiene con sólidos argumentos el arabista jerezano Miguel Ángel Borrego Soto, la primera capital de la cora (provincia) de Siduna, entre los años 743 y 844, cuando barcos vikingos, tras atacar Qadis (Cádiz), la asolaron, cautivaron a sus habitantes y quedó abandonada. Mediado el siglo X, cuando Jerez (Saris) se había convertido en la capital de la cora, el cordobés al-Razi (el Moro Rasis de los cronistas castellanos) decía rememorando su pasado: “Y en el término de Xerez Saduña hay muchos rastros antiguos y señaladamente la ciudad de Saduna, donde ella fue primeramente poblada; y por esto lleva el nombre de Saduña, que fue muy antigua ciudad y muy grande y maravillosa.” Seguía despoblada al paso de dos siglos, según apuntó al-Zuhri hacia el 1150: “Y sobre este río [Guadalete] hay otra ciudad llamada Xadona. Y ahora está yerma”; hasta que unos años después, bajo el dominio almohade (1146-1231), renació y vivió nuevos tiempos de apogeo que compartió con las once alquerías andalusíes que se distribuían por la campiña portuense.

Entonces, el agua de la madre vieja todavía corría con fuerza al pie de la Sierra de San Cristóbal, donde aún se percibe, frente a Doña Blanca, La Piedad y la Huerta de Tiros, su antiguo curso. Por las marismas, hasta los últimos años 60 se contemplaba el trazado de sus meandros, secos desde que a fines del XIX el agua estancada, literalmente, se evaporó. La construcción de los polígonos industriales en su espacio terminó borrando sus huellas.

| Con flechas, las huellas de la madre vieja. Vuelo americano. | Año1956.

Dos actuaciones antrópicas determinaron el futuro del Guadalete a su paso por el término portuense una vez que el brazo de la madre vieja no dio más de sí. Un intento fallido fue la apertura del caño del Molino en 1701, con el fin de que la madre vieja, atajando su tortuoso recorrido por un nuevo y recto curso, fluyera con ímpetu y destruyera la sempiterna barra de la boca del Guadalete, que tanto frenaba el desarrollo marítimo y comercial de la ciudad. De aquella obra y sus circunstancias ya escribí en otra ocasión en Gente del Puerto (nótula 3.001).

| Detalle del dibujo que de El Puerto de Santa María realizó Wyngaerde en 1567. En azul, entre el camino de Jerez y las salinas (hoy de San José), el espacio que en 1701 ocupó el caño del Molino.

También escribí, con mi amigo Juan José López (nótula 1.691), de un paraje a orilla de la madre vieja (inmediato a la cola del caño del Molino) que llamaban la Cantera del Palmar. Lugar del que el referido folleto que Jerez editó en 1648 decía: “El séptimo bajo [de la madre vieja] es la Cantera del Palmar, es bajo de piedra viva en partes, y en partes de montones de piedras, y dura por tradición la memoria que estas piedras las juntaron los antiguos Romanos y Turdetanos, para hacer arrecife aquel paraje”. De estos vestigios venía el viejo dicho portuense que algunos mayores recordarán: Tiene más años que el Palmar. Lo mencionaba el gaditano Antonio Alcalá Galiano en sus Recuerdos de un anciano (1864): “Cuando en los pueblos de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común decir de ella que tiene más años que el Palmar del Puerto.” Esa obra antrópica, a nuestro juicio, era un embarcadero de época republicana romana, anterior al que creó Balbo el Menor hacia el año 19 a.C. frente al Castillo de San Marcos, cuando fundó el Puerto Gaditano y nació la historia de nuestra Ciudad.

En trabajos previos, Balbo mandó abrir en las arenas de la flecha litoral del Coto de la Isleta, 'a pala y azada', la actual desembocadura del Guadalete (nótula 1.414). Hasta entonces, la madre vieja transcurría a espalda del Coto entre caños y marismas a modo de un paisaje deltaico, y enlazaba con el San Pedro, que siempre fue el curso principal del Guadalete, hasta el año 1721.

| Figuración de la apertura de la actual boca del Guadalete (Canal de Balbo) y su entorno. Los puntos marcan el trazado de la calzada de la Vía Augusta a su paso por el Coto de la Isleta, donde se conservan sus vestigios. | Fotointerpretación, J. J. López Amador.

Aquel verano de 1721 se realizó en el río San Pedro y la madre vieja del Guadalete una obra hidráulica de enorme importancia y trascendencia (nótula 2.981). Dado que la navegación por la madre vieja se hacía inviable, el Estado --con la gestión de don José Patiño, entonces Intendente General de Marina-- abrió en la marisma un ancho canal de 3.800 metros de longitud --la 'calle larga'lo llamaron en la época-- entre el San Pedro y la madre vieja. Y en lugar próximo (a 120 metros) de donde se condujo el agua al nuevo curso se cerró el cauce del San Pedro a base de un lecho de piedras y estacadas, intervención que conllevó que desde entonces y hasta nuestros días se convirtiera en un brazo de mar sólo alimentado por las mareas. El 14 de noviembre de 1722 comenzaron a correr las aguas del nuevo curso del Guadalete, el que ha llegado a nuestros días. El que parece que siempre ha estado ahí.

Gran y relevante obra la de la 'calle larga', que posibilitó, entre otros beneficios, que el Guadalete a su paso por El Puerto, imposibilitada la navegación por la madre vieja, continuara siendo un río y no se convirtiera en un corto brazo de mar; a costa, eso sí, del San Pedro. Pero la pregunta inicial sigue vigente. ¿Que a dónde se va por este río? A ningún lugar, señor Cambó. | Texto: Enrique Pérez Fernández

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