
| Texto: José María Morillo
En el verano de 1997, cuando el circo español buscaba aire nuevo sin renunciar a su memoria, Emilio Aragón Bermúdez, Miliki para siempre, hizo una parada discreta pero muy simbólica en El Puerto de Santa María. No venía a actuar ni a montar carpa: venía a saludar. A estrechar manos. A agradecer, con ese gesto antiguo del cómico ambulante que nunca olvida las plazas que lo acogen.
Recibido por el entonces alcalde Hernán Díaz Cortés, Miliki acudió acompañado de su esposa, Rita Gimbernat, siempre fuera del foco, pero pieza clave en la trastienda familiar de una de las grandes sagas del circo y el entretenimiento en España. Venían a un encuentro institucional que tuvo mucho de ceremonia civil y bastante de ritual circense. Hubo regalos oficiales —el escudo de la ciudad, un llavero de plata— y también cultura: un libro de Rafael Alberti y unas láminas conmemorativas del V Centenario del Descubrimiento de América, obra del artista portuense Rafael Tardío.
Miliki, por su parte, correspondió con algo más que agradecimientos: entregó al alcalde varios regalos con el emblema del Circo del Arte, la aventura escénica que por entonces tenía su carpa instalada en Cádiz. No era un circo cualquiera.
Junto a su hijo Emilio —Milikito para el gran público—, Miliki estaba empeñado en una misión poco común en el mundo del espectáculo: modernizar el circo sin traicionarlo. Volver a la Comedia del Arte, a los mimos, al vestuario histórico, a los relieves y a la poética del gesto, pero incorporando iluminación avanzada, recursos audiovisuales y una puesta en escena pensada para el espectador contemporáneo. Un circo con memoria larga y mirada corta, justo hasta el presente.
No se trataba solo de estética. Los Aragón estudiaron con lupa qué alejaba al público adulto de las carpas: el calor sofocante, los olores, la incomodidad. Y respondieron con soluciones prácticas y revolucionarias para la época: aire acondicionado, asientos numerados, confort. El circo como espacio digno, no como sacrificio.
En aquella conversación con el alcalde, Miliki recordó que no era su primera vez en El Puerto. Andalucía le resultaba familiar —su familia lo era— y evocó con cariño aquellas tertulias taurinas en torno a la Plaza de Toros.
Aquella visita de 1997 no fue una actuación, pero sí una declaración de intenciones. Miliki no solo hacía reír: pensaba el circo. Y en ese pensar, El Puerto fue testigo de una despedida suave y de un proyecto que quiso demostrar que la risa también puede ser patrimonio sentimental de todos.
