El destierro según la tradición bodeguera

| Texto: José María Morillo
El otro día, entre conversación lenta y copa apoyada en la bota, salió a relucir una de esas palabras que ya casi no se oyen, pero que en las bodegas siguen teniendo eco propio: la conchinchina. Aquí no hablamos de mapas ni de guerras lejanas, sino de un artilugio humilde, casi poético, que parecía más una caseta de feria en miniatura que un instrumento de trabajo. Una caja de madera, pequeña, con su techo a dos aguas y una abertura frontal donde se encendía una vela, con una chimeneíta por donde salía el humo producido. Nada más y nada menos que eso… y, sin embargo, cuánto decía.
Allí se metía la copa, justo delante de la llama, y en ese teatro mínimo se revelaba el vino: su limpidez, su color, su vida interior. Era una ceremonia callada, que luego se musitaba en la sacristía bodeguera. Por eso la conchinchina se colocaba siempre en el rincón más oscuro y más apartado de la bodega, lejos del trajín, de las voces y del sol. Cuanto más aislada, mejor cumplía su función. Y así, sin proponérselo, aquel mueble acabó heredando un nombre que sonaba a distancia infinita.

Porque la Cochinchina, la de verdad, la del mundo ancho, fue durante mucho tiempo un lugar remoto, casi mítico. Un nombre que llegó aquí de oídas, de libros, de soldados y de franceses con mapas bajo el brazo. Era el sur de Vietnam, aquello que luego se llamó Indochina cuando los imperios reorganizaron el tablero. España anduvo por allí a trompicones en el siglo XIX, y el nombre quedó flotando en el idioma como quedan los recuerdos borrosos: sin fecha exacta, pero con intención.
Y ya se sabe cómo funciona el ingenio popular por estas latitudes: todo lo lejano, lo oscuro y lo apartado acaba teniendo nombre propio. Así, aquel cacharro para mirar vinos pasó a llamarse conchinchina, con una ene de más, como mandan la costumbre y el acento. Y de ahí, sin esfuerzo alguno, nació la expresión. Mandar a alguien a la Cochinchina no era enviarlo a Asia, sino apartarlo del foco, sacarlo del centro, llevarlo al rincón donde sólo se oye el goteo del tiempo.
Aquí, cuando alguien cae en desgracia, se le manda a la Cochinchina. Al fondo, a la penumbra, al sitio donde el vino duerme y las moscas hacen guardia. Algo muy parecido al destierro griego, pero con botas, solera y olor a madera vieja. Porque así es la vida pública —y la privada—: hoy estás en la parte noble de la bodega y mañana te toca vigilar la vela desde lejos. Y, mirándolo bien, no siempre es mala cosa. A veces, en la conchinchina, se ve todo mucho más claro.
