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La viñeta de Alberto Castrelo. Instrucciones de uso: apagar antes de enchufar #6.458

| Viñeta y texto: Alberto Castrelo

En la demarcación de El Puerto, ciertos acontecimientos que los gacetilleros despachan como noticia no son más que constataciones de lo cochambroso. A estas alturas de la historia contemporánea porteña, son ya tradiciones de una solidez granítica. Como la polinización entre jóvenes fiesteros, los embotellamientos estivales de gentes con bañador o ese fenómeno físico-químico por el cual, en cuanto se mienta un apellido de los de toda la vida, la palabra «triquiñuela» [*] comparece en el aire y la misma conversación. No es un improperio, válgame el cielo y me perdone Su Señoría; estoy haciendo una descripción de la biosfera local. Un equilibrio biológico de una armonía pasmosa, como el que mantienen el hongo y la humedad en los sótanos mal ventilados.

 

Precisamente por tales motivos, cuando en los prolegómenos de un pleno municipal asoma una maniobra de ingeniería trapacera, el respetable no se escandaliza. A lo sumo, se frotan las manos con la parsimonia del que asiste a una función mil veces ensayada. No hay indignación, solo costumbre. Es el gesto del paisano que oye un trueno en noviembre y asiente con la cabeza, rumiando un: «--Ajú, ya está aquí el agüita».

En esta bendita Ciudad, los entuertos y follones los clasificamos en dos estamentos: lo grave, que dura un rato, y lo de siempre, que dura generaciones.

Lo de siempre no produce bilis. Se comenta con la espalda bien pegada al azulejo del bar, mirando el techo con una resignación de cartujo jerezano.

En ese escalafón de lo inamovible encaja el dime y te diré(te) de la que departían nuestras próceres a escasa distancia de un micrófono mal silenciado, ese aparato traidor que se empeñó en radiar lo que debía quedar en el limbo de lo inconfesable.

Lo peor es la venta de la información como noticia, cuando es confirmación, pero, bueno… lo de siempre.

Lo de siempre es esa gotera doméstica a la que uno acaba por cogerle cariño (o no), un evento en el hogar que no estorba, aunque su humedad invisible vaya royendo los cimientos con una eficacia silenciosa.

La triquiñuela vive expuesta al público con la desvergüenza de un santo en su hornacina: con sus velas de sebo, sus estampitas y su horario de visitas. No aspira a la gloria si no a la permanencia decorativa. A formar parte del mobiliario urbano. Que un foráneo pregunte «--¿Y esa barbaridad?» y cualquier ciudadano resignado responda mientras se encoge de hombros: «--Eso lleva ahí desde que Menesteo sacó el mechero de pedernal».

Y no ocurre absolutamente nada. Hemos desarrollado una pericia técnica para convivir con la anomalía hasta que esta se vuelve invisible. Convertimos el desmán en rutina y la rutina en paisaje. Como esa grieta espantosa en el gotelé que uno aprovecha, por puro pragmatismo, para colgar el calendario de la imprenta Bollullo.

No me malinterpreten, no es una crítica acerada. Es costumbrismo del bueno. Antropología de lo rancio, esa que no figura en los folletos de la Oficina de Turismo, pero que sostiene el andamiaje de lo cotidiano, formando parte del patrimonio local a base de costumbre, silencio entrenado y de enchufes estratégicamente colocados

¡Ahorren disgustos! ¡Al menos hagan el favor de apagar bien los micrófonos!

[*] Caraballo y las "triquiñuelas" en la gestión del personal municipal

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