Traemos este nótula del historiador Enrique Pérez Fernández al estar de actualidad el país venezolano a causa de la intervención militar de EEUU; la pasada Nochebuena efectuó el primer ataque por tierra contra el país caribeño y por haber sido El Puerto de Santa María de donde partió la expedición que descubrió Venezuela y dio nombre a aquel territorio suramericano.

| Texto: Enrique Pérez Fernández
Desde la playa portuense de Santa Catalina zarpó en mayo de 1499 la expedición que al mando de Alonso de Ojeda y la participación de Juan de la Cosa y Américo Vespucio exploró las costas y tierras que entonces llamaron Venezuela. Fue la cuarta expedición al Nuevo Mundo tras el tercer viaje de Colón.
El proyecto nació y llegó a buen fin por la suma de tres voluntades que convergieron: la de Juan Rodríguez de Fonseca representando a los Reyes Católicos, la del I duque de Medinaceli Luis de la Cerda como señor del Puerto de Santa María y la de Alonso de Ojeda, que lideró la expedición.

Ojeda había participado en el segundo viaje de Colón, el que partió de Cádiz en septiembre de 1493 y que a Cádiz regresó en junio de 1496 tras descubrir en el mar Caribe las islas de las Antillas Menores, Puerto Rico y Jamaica. Allí encabezó, por orden de Colón, enfrentamientos contra algunas belicosas tribus indígenas, demostrando su valentía y temple militar.
Ese viaje lo organizó el eclesiástico y político Juan Rodríguez de Fonseca, al tiempo que comenzó, por designio de los Reyes Católicos, a gestionar todo lo concerniente a la colonización de las Indias. Y ya conocía, por vínculos familiares, al joven hidalgo Alonso de Ojeda, quien, por su recomendación, embarcó en la expedición colombina.
Ojeda, nacido en Torrejoncillo del Rey (Cuenca) en 1466, en su primera juventud sirvió al duque de Medinaceli don Luis como paje y en su nombre intervino en la guerra de Granada contra el reino nazarí, donde forjó su fama de aguerrido militar.

Don Luis de la Cerda debía de tener una espina clavada pues entre mayo de 1490 y comienzos de 1492 acogió a Cristóbal Colón en su residencia del Castillo de San Marcos, que intentó convencer al duque para que patrocinara el viaje, pero finalmente fue la reina Isabel quien decidió, en abril de 1492, sufragar la imprevisible travesía. Las inmensas posibilidades de obtener riquezas que generó el Descubrimiento motivó al duque a ser partícipe y valedor de la nueva expedición organizada en su villa porteña.

Así nació el cuarto viaje al Nuevo Mundo, el primero de los llamados “viajes andaluces” o “viajes menores” en los que las iniciativas y financiación privadas, con el respaldo del reino, fueron su motor.
El Puerto de Santa María se convirtió en el lugar donde se preparó, se avitualló y partió la histórica expedición. Nada se conoce de los preparativos ni de la acogida de marineros de las poblaciones del entorno --también del litoral onubense-- para embarcar en las cuatro carabelas armadas para la ocasión. No se conoce cuántos fueron, pero se estima que rondarían el centenar. Del avituallamiento de los barcos solo puede apuntarse que el alimento básico consumido en las largas travesías -el bizcocho-, se elaboraría en los hornos que existían en el barrio de los marineros, en las inmediaciones de la plaza de la Herrería, como fue hasta que el sucesor del duque, su hijo Juan de la Cerda, los trasladó al fallecer su padre en 1501 junto al Castillo de San Marcos, donde está la plaza o plazuela aún llamada de los Bizcocheros.

Bizcochos que nada tenían que ver con los actuales; bien al contrario, era un pan de harina grosera medio fermentado en forma de torta y cocido dos veces. Se remojaba en agua para reblandecerlo; pero ni así.
Mientras se preparaba la expedición en El Puerto, continuaba el tercer viaje de Colón, que partió de Sanlúcar el 30 de mayo de 1498 y regresaría a Cádiz el 25 de noviembre de 1500, cuando el almirante fue detenido a causa de su mal gobierno y ambición. El objetivo de la expedición portuense fue continuar la exploración de la costa venezolana que Colón acababa de emprender.

La ría del Guadalete habría sido el lugar natural de partida de la expedición, pero la presencia de bajos en la boca del Guadalete lo desaconsejó, evitándose el riesgo de que algún barco encallara o naufragara dando al traste con el viaje. De hecho, se conoce que entonces, en los años iniciales del siglo XVI, un barco italiano se fue a pique en la barra, episodio que en otra ocasión rememoramos a propósito del tesorillo de monedas de oro que una draga esparció en la banda del Coto de la Isleta (nótula 6.377). Para evitar el problema, al paso de unos años, en febrero de 1525, el duque don Juan de la Cerda ordenó que se dragara el río desde su embocadura hasta el término de Jerez. Tal mejora posibilitó que en 1540 El Puerto fuera designado invernadero de las galeras reales de España.
Pero en 1499 la situación era otra. La alternativa para que los barcos fondearan y zarparan era el litoral inmediato a la población. Y se acordó que fuera la playa lindera a la Punta de Santa Catalina, el enclave más avanzado al mar y más próximo a Cádiz, donde en 1472 el clérigo Diego del Puerto había fundado la ermita de Santa Catalina.

La Punta de Santa Catalina era un lugar peligroso para la navegación, lleno de escollos rocosos donde los barcos podían naufragar con cierta facilidad habiendo temporales del suroeste. Aún hoy, quienes están vinculados al mar la llaman Punta Brava. Por ello fue tradicional que, una vez que los faluchos pesqueros y los dedicados al transporte de pasajeros a Cádiz pasaban frente a la ermita, se ofreciera una oración encomendándose a la santa, como también rezaban tras salvar la barra del Guadalete. Esta costumbre se perdió a fines del siglo XVII, por lo que es probable que se remontara a siglos atrás. Al respecto, un anónimo viajero francés escribió en mayo de 1670: “El sitio donde va a juntarse el agua de su canal [del Guadalete] con el mar es muy peligroso. Se llama Santa Catalina. Hay allí una capilla donde los marinos se ponen en oración en ese paso y advierten a los que conducen que se pongan también; porque allí naufragan a menudo los barcos.”

Hay testimonios de naufragios en estas aguas. El más antiguo es el cañón portugués que se halló en 1985 en un fondo rocoso cuando se construía Puerto Sherry, datado en los años iniciales del siglo XVI, coetáneo a la expedición de Ojeda y al referido tesorillo de monedas que en 1933 extrajo la draga. O el hundimiento el 23 de octubre de 1805 en Santa Catalina, arrastrados por un temporal del suroeste, de los navíos Neptuno y San Francisco de Asís que dos días antes habían participado en la Batalla de Trafalgar. O en marzo de 1810, durante la Guerra de la Independencia. Lo contó Pérez Galdós en el relato Cádiz de sus Episodios Nacionales: “Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de Poniente; y en el placer [bajo o banco de piedra] de Rota, la Puntilla y las rocas donde se cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres y los despojos de los cascos rotos, así como de las jarcias y árboles deshechos.”

Así podía ser cuando los temporales golpeaban fuerte, pero con el mar en bonanza Santa Catalina, abierta a la Bahía de Cádiz, era un buen fondeadero. No tengo la certeza de qué lado de la Punta de Santa Catalina partió la expedición, si de la playa de La Calita o de La Muralla, sobre las que perduran, pese a los estragos del tiempo y del abandono, las ruinas del fuerte de Santa Catalina desde que se construyó a fines del siglo XVII. Ambas playas vecinas podían llevar el nombre de Santa Catalina a fines del siglo XV. Para mí tengo que la histórica expedición de Ojeda partió de La Muralla, la más resguardada y próxima a la población. (Continuará el viernes día 2 de enero)
