El temple del oro bajo el costal de madera

| Texto: Verbigracia García L.
Hay hombres que llevan la ciudad cosida al alma, no solo por los triunfos que figuran en su palmarés, sino por los silencios que guardan en las naves de una iglesia. José Luis Galloso (1953), medalla de oro de la Ciudad, es bien conocido por su mando en el ruedo, pero existe una faena más íntima, una que no buscaba el aplauso de la grada, sino el alivio de la fe: su paso como costalero de la Hermandad del Nazareno.
Resulta fascinante imaginar esa transición de mundos. Un diestro que ha sentido el aliento del toro en los medios, de repente se ajusta el costal, busca el palo y se funde en el anonimato de una cuadrilla. Dicen los que compartieron maderas con él que bajo el paso del Señor no había figura del toreo, solo un portuense más, apretando los dientes y sumando el riñón cuando la chicotá se hacía eterna.
Ejercía una devoción sin artificios. En las fotos que se conservan, se le ve con la cara empapada en sudor y la faja bien ceñida. No había cámaras buscando la pose; era el compromiso de un hombre con sus raíces. Cuando el capataz mandaba aquel '¡Al Cielo con Él!', Galloso empujaba con la misma verdad con la que citaba de largo en la Plaza Real. Como hicieron otros toreros, que también se metieron debajo del paso, Paquirri, Eduardo Dávila Miura o Emilio Muñoz, entre otros.
Aunque hoy los carteles ya no luzcan el nombre de Galloso en letras grandes, su figura sigue presente en las tertulias taurinas y en los pasillos de la Plaza de Toros que tanto le debe o colaborando con otros aspectos de lo taurino. José Luis no solo fue un torero de época; fue, y es, un vecino que entendió que para ser grande arriba, hay que saber arrimar el hombro abajo.
