1 comentario en “La viñeta de Alberto Castrelo. Penitencia, claro que sí #6.536”
Alfonso Delgado
Reflexión de una ciudad: La verdadera penitencia, que nos invita con la caricatura de Alberto Castrelo
Hoy, mientras vivimos con el corazón encogido la Pasión del Hijo de Dios y su agonía, esta viñeta nos invita a parar un momento y pensar.
En El Puerto la Semana Santa pasa rápido. Durante esos días vemos a los políticos con sus varas de plata, sonrientes, posando para las fotos y medalla al pecho, buscando el aplauso de las cofradías y el bonito titular. Se les ve devotos, cercanos, casi uno más entre el incienso y las flores a María.
Pero cuando se apagan los cirios y se guardan los tronos, la realidad nos cae encima como un jarro de agua fría. Entonces empieza la verdadera penitencia del portuense: la de los 365 días del año.
Es la penitencia de salir a la calle y ver que la ciudad se cae a pedazos mientras se gastan energías y dinero en cabalgatas y festejos. Es sentir que nos quitan lo esencial (el pan, los servicios, el cuidado de lo básico) para dárselo a los de siempre. Es cargar, día tras día, con la indignación y el cansancio de vivir en una ciudad que parece olvidada en cuanto termina la procesión.
Aquí la procesión de la desidia no va por la calle con saetas y palmas. Va por dentro. Y esa cruz, amigo, esa sí que la llevamos todos los días, sin relevo y sin aplausos.
Esa es, tristemente, nuestra verdadera Semana Santa. Y cambiará la música...
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Reflexión de una ciudad: La verdadera penitencia, que nos invita con la caricatura de Alberto Castrelo
Hoy, mientras vivimos con el corazón encogido la Pasión del Hijo de Dios y su agonía, esta viñeta nos invita a parar un momento y pensar.
En El Puerto la Semana Santa pasa rápido. Durante esos días vemos a los políticos con sus varas de plata, sonrientes, posando para las fotos y medalla al pecho, buscando el aplauso de las cofradías y el bonito titular. Se les ve devotos, cercanos, casi uno más entre el incienso y las flores a María.
Pero cuando se apagan los cirios y se guardan los tronos, la realidad nos cae encima como un jarro de agua fría. Entonces empieza la verdadera penitencia del portuense: la de los 365 días del año.
Es la penitencia de salir a la calle y ver que la ciudad se cae a pedazos mientras se gastan energías y dinero en cabalgatas y festejos. Es sentir que nos quitan lo esencial (el pan, los servicios, el cuidado de lo básico) para dárselo a los de siempre. Es cargar, día tras día, con la indignación y el cansancio de vivir en una ciudad que parece olvidada en cuanto termina la procesión.
Aquí la procesión de la desidia no va por la calle con saetas y palmas. Va por dentro. Y esa cruz, amigo, esa sí que la llevamos todos los días, sin relevo y sin aplausos.
Esa es, tristemente, nuestra verdadera Semana Santa. Y cambiará la música...