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Alberti y toros en Belgrado: un experimento cultural y político #6.545

| Texto: José María Morillo

Dos días de octubre de 1971 bastaron para que Belgrado se convirtiera, por sorpresa, en una plaza de toros. No fue en cualquier europeo, sino en la Yugoslavia de Tito, donde la lidia se explicó por megafonía a un público que la descubría por primera vez. Pero lo verdaderamente singular no estuvo solo en el ruedo improvisado, sino en el papel: el cartel lo firmaba Rafael Alberti. Y eso, más que un detalle, convierte el episodio en una historia cultural más de la internacionalización de Alberti, cuando el mundo estaba dividido en bloques.

El 2 y 3 de octubre de 1971, el estadio TAS de Belgrado acogió dos festejos taurinos inéditos en la Europa del Este. Allí, ante un público ajeno a la tradición, cada lance debía explicarse como si se tratara de una clase de tauromaquia en directo.

Por los altavoces se desgranaban términos y gestos: qué era una chicuelina, cómo se citaba al toro, por qué se cuadraba el diestro antes de la estocada. Más que una corrida, aquello fue una representación didáctica, casi teatral. En el cartel, nombres de peso: Luis Miguel Dominguín, Roberto Piles y Alfredo Conde, con toros de Carlos Núñez el primer día y de Guardiola al siguiente.

Pero si algo eleva este episodio por encima de la anécdota es la autoría del cartel. No lo firmó un ilustrador cualquiera, sino Rafael Alberti. Exiliado durante años y profundamente vinculado a la cultura europea, Alberti aportó una mirada artística y simbólica a un evento que, en el fondo, tenía mucho de operación cultural. Su trazo —entre lo popular y lo vanguardista— convertía la corrida en algo más que espectáculo: en imagen, en discurso, en puente entre mundos. El cartel, además de toros, anunciaba España, desde el otro lado de hemisferio político.

En plena Guerra Fría, la Yugoslavia de Josip Broz Tito jugaba a no alinearse del todo, abriendo la puerta a intercambios culturales insólitos. Y ahí entraron los toros. No como tradición arraigada sino como símbolo exportable. Como espectáculo nacional capaz de viajar incluso a un país donde nadie sabía distinguir un capote de una muleta.

Aquellas corridas no tuvieron continuidad. No crearon afición ni escuela. Fueron, sencillamente, un episodio único: un experimento cultural en el que la tauromaquia se explicó, se mostró y se fue. Pero quedó este rastro. Y, sobre todo, quedó ese cartel de Alberti.

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