
| Texto: Enrique Pérez Fernández / Imágenes generadas con IA
Desde El Puerto de Santa María partió en mayo de 1403 la histórica expedición que el rey de Castilla Enrique III organizó para entablar relaciones diplomáticas con el emir turco-mongol Tamorlán (Timur Lang, Timur el Cojo), cabeza del imperio timúrida que desde su capital en la legendaria Samarcanda [hoy en Uzbekistán] dominaba los actuales territorios de Afganistán, Irán, Irak, Cáucaso, parte de Turquía y Asia Central.
La misión diplomática resultó fallida, pero de aquel extraordinario viaje nació una joya histórica y literaria que dejó escrita el embajador real Ruy González de Clavijo para que no caiga en olvido. Su título, Vida y hazañas del gran Tamorlán con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, en la historiografía abreviado en Embajada a Tamorlán. La obra fue editada por primera vez en 1582, en Sevilla.

Es un espléndido libro de viajes que recoge con amenidad y rigor cuanto vivieron los embajadores y su séquito durante la larga travesía marítima y terrestre, los paisajes, pueblos y ciudades que recorrieron, las costumbres, la fauna, la flora…; un colorido mosaico de aventuras y desventuras que no le va a la zaga al viaje que un siglo antes emprendió el veneciano Marco Polo por aquellas exóticas tierras de la Ruta de la Seda.
Enrique III (abuelo de Isabel la Católica) encomendó la misión a su hombre de confianza y camarero real, el noble madrileño Ruy González de Clavijo, y al fraile dominico Alonso Páez de Santa María, que oficiaría de intérprete. Y con ellos, el Guardia real Gómez de Salazar y otros once expedicionarios entre séquito y marineros.
El cortejo partió de Madrid. Dado el destino a alcanzar al otro confín del Mediterráneo, el puerto más indicado para embarcar habría sido el de Cartagena, pero el elegido fue el Puerto de Santa María. Determinante fue la antigua y estrecha relación que la monarquía castellana mantenía con el señorío portuense, entonces en manos de Gastón de Bearne y de la Cerda, II conde de Medinaceli, cuya madre, Isabel de la Cerda, era nieta de Alfonso X.
Y también concurrió que en aguas de la Bahía de Cádiz se encontraba el barco contratado para la travesía, una carraca genovesa al mando de Julián Centurio, miembro de una poderosa familia de mercaderes genoveses. También venía de antiguo los vínculos de El Puerto con la república italiana. Genovés fue el primer señor de El Puerto, micer Benedetto Zaccaria (1284-1295), y en los primeros años del s. XIV micer Bonavía de Vivaldo fue alcaide del Castillo de San Marcos y terrateniente en la campiña portuense.

Antes de rememorar la expedición, es preciso apuntar los antecedentes que la motivaron. El año anterior, en 1402, había llegado una primera embajada al Oriente Medio representando a Enrique III, encabezada por Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos. Que me conste, las fuentes documentales no precisan si su punto de partida también fue El Puerto de Santa María. En cualquier caso, el rey mandó una primera embajada al otro extremo del Mediterráneo, donde se disputaban el dominio de la región dos imperios: el turco-otomano del sultán Bayaceto (Beyacid) -azote del decadente y menguado imperio bizantino con capital en Constantinopla- y el del emir turco-mongol Tamorlán.
La llegada de los embajadores coincidió con la decisiva batalla de Angora o Ankara (20 de julio de 1402) de la que salió derrotado y prisionero Bayaceto, que al poco murió. En consecuencia, la cristiana Bizancio, de momento, se libró de la amenaza expansionista otomana. Y los embajadores castellanos se reunieron con Tamorlán, que decidió, a su vez, enviar un embajador a la corte de Enrique III acompañando a los castellanos en su regreso a España, que desembarcaron en Sevilla en septiembre de 1402.
La respuesta de Enrique III fue enviar la segunda expedición, la que partió de El Puerto el 22 de mayo de 1403. Así lo contó González de Clavijo al comenzar su Embajada a Tamorlán…
“E por ende en el nombre de Dios, en cuyo poder son todas las cosas, y a honor de la Virgen Santa María su madre, comencé a escribir desde el día que los Embajadores llegaron al puerto de Santa María cerca de Cádiz, para entrar en una carraca en que habían de ir, y con ellos el dicho Embajador [Mohamad al Qazl] que el dicho Tamerlán envió al dicho señor Rey.
Lunes, que fueron 21 días del mes de mayo del año del Señor de 1403 llegaron los dichos Embajadores al puerto de Santa María, y este día hicieron llevar alguna vitualla que allí tenían a la carraca en que habían de ir, además de otra que habían hecho llevar de Sevilla y de Xerez, y algunos de sus hombres con ella.
Luego otro día martes siguiente, que fueron 22 del dicho mes, partieron de aquí en una barca, y con ellos Micer Julián Centurio, patrón de la carraca en que habían de ir, y llegaron al puerto de las Muelas, que es en par de Cádiz, donde la dicha carraca estaba. El miércoles siguiente partió de aquí la dicha carraca, y hacía buen tiempo, y en anocheciendo llegaron en par del cabo que se llama Espartel.”
Así pues, fue el 21 de mayo de 1403 cuando los embajadores, Ruy González de Clavijo, fray Alonso Páez de Santa María y el Guardia del rey Gómez de Salazar llegaron de Madrid al Puerto de Santa María, al tiempo que se llevaron las provisiones --en parte traídas de Sevilla y Jerez-- a la carraca de la expedición, surta en la Bahía, frente a Cádiz. Al día siguiente los expedicionarios, con el patrón de la carraca fueron en barca a Cádiz, probablemente en un falucho de los que cubrían el servicio de pasajeros entre ambas poblaciones, ya existentes en tiempos de Alfonso X.

Y en aguas de la Bahía, frente al gaditano puerto de las Muelas, que debía de ser un pequeño embarcadero frontero a la actual plaza de San Juan de Dios, la comitiva embarcó en la carraca; que era el gran buque de la época empleado en las largas travesías, con casco redondeado, castillos en proa y popa, tres mástiles con velas cuadradas y latinas; el directo antecedente de las naos descubridoras de América.
Y embarcaron los regalos que Enrique III ofreció a Tamorlán: halcones gerifaltes --los predilectos de los reyes y nobles europeos y asiáticos--, objetos de plata, vasos, copas, bandejas, y paños de lana escarlata, el color de los gobernantes.
El 22 de mayo de 1403 la expedición partió de la Bahía rumbo a lo incierto; tras una larga travesía marítima, a los desiertos y montañas más allá del Mediterráneo, con destino en la deslumbrante Samarcanda. Toda una odisea que rememoraremos en una próxima entrega. (continuará)
