Las contradicciones de Alberti en la primera crítica portuense

| Texto: José María Morillo.
Rafael Alberti recibió la primera reseña o crítica de Marinero en tierra en su propia ciudad el 7 de febrero de 1926, cuando Mariano López Muñoz le dedicó en la portada de Revista Portuense un extenso artículo, que el pasado sábado día 7 de febrero cumplía cien años.
López Muñoz escribe para una burguesía local, la de una ciudad de provincias como El Puerto de Santa María —que apenas superaba los 20.000 habitantes—, más habituada al costumbrismo y a la crónica de sucesos que a la crítica de vanguardia. En ese contexto, dedicar algo más una página entera a un poeta joven y aún en construcción como Rafael Alberti supone un gesto poco habitual: un pequeño acontecimiento cultural en clave de provincias que, además, deja constancia del primer reconocimiento público de Marinero en tierra tras la concesión del Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía, apenas unos meses antes.
El crítico introduce el libro con estrofas del ‘poema de la Ciudad’, subrayando que en sus versos laten el río, el muelle, los marineros, las “playitas humildes” y las huertas escondidas tras los jardines. De este modo enlaza la novedad estética del poemario con una identidad portuense muy marcada, que el lector local podía reconocer en cada imagen y en cada canción marinera.

Contradicciones del espíritu albertiano
Uno de los aspectos más sugerentes del artículo de López Muñoz es la lectura en clave de “contradicciones”: Alberti es a la vez pintor de vanguardia y heredero de la vieja escuela, capaz de invocar los preceptos clásicos “para tener el placer de no respetarlos”. El periodista detecta en los sonetos iniciales un pórtico “casi arquitectónico” que desemboca luego en un “modo pictórico abocetado, impresionista”, metáfora que traslada al terreno poético el gesto del pintor que se pasa al verso.
La propia ciudad aparece descrita con iguales tensiones: “Esta contradicción que se produce en el espíritu del poeta es la misma que singulariza el alma de la Ciudad:” –escribe el bueno de Mariano—“entusiasta a veces, deprimida en ocasiones, aristocrática y gitana; curiosa e indiferente, soñadora y burlona, suntuosamente religiosa con mezcla de excepticismo voluble, intantil y severa, graciosa y grave, orgía de luz los días serenos y borracha de sombras cuando las nubes encapotan el cielo y se desatan y quiebran en diluvios y el Atlántico ruge sus fieras amenazas.” Ese catálogo de oposiciones sirve a López Muñoz para explicar la energía interna de Marinero en tierra, donde lo popular y lo culto, lo clásico y lo nuevo, lo andaluz y lo universal conviven sin anularse.

Lo que añade José Luis Tejada
Décadas después, José Luis Tejada, poeta del medio siglo y atento lector de Alberti, rescata la reseña portuense en su Estudio de “Marinero en tierra”. Tejada subraya que López Muñoz acierta al ver en el volumen un “libro de contradicciones”, donde la tradición española más pura se mezcla con sencillas imágenes cordiales y con giros distintos de la vieja retórica.
Para Tejada, la crítica de 1926 es una reseña “entusiasta y lúcida” que no se limita a la benevolencia local, sino que penetra en la esencia del paisaje y en el tono emocionado del joven Alberti. El poeta-ensayista destaca la precisión con que el crítico percibe la musicalidad del libro, su ritmo interior, “como requiebro del enamorado ausente a su lejana ciudad de los contrastes”.

Un hito temprano de la Generación del 27
Leída desde el centenario, aquella página de la Revista Portuense permite asistir casi en directo a la entrada en escena de uno de los futuros nombres mayores de la Generación del 27. Todavía no existe el canon del grupo, ni la fotografía del Ateneo sevillano de 1927, pero en El Puerto de Santa María un periodista local percibe ya que en Marinero en tierra hay algo más que colorismo andaluz: una revolución métrica y tonal que conecta con las búsquedas de Juan Ramón y el eco lejano de las vanguardias.
El propio Tejada, desde la segunda mitad del siglo, verá en ese gesto crítico de López Muñoz una rara muestra de sensibilidad para lo nuevo en la prensa de provincias, comparable al temprano apoyo que otros escritores andaluces brindaron a las primeras obras de García Lorca o Cernuda. En este sentido, la reseña de 1926 no solo inaugura la recepción crítica de Marinero en tierra, sino que inscribe a El Puerto en la cartografía temprana de la poesía del 27.
El eco para el lector de hoy
Cien años después, el texto conserva una frescura inesperada: quien se acerque hoy a la hemeroteca del Archivo Municipal --o la consulte a través de internet-- encontrará, tras la tipografía algo ajada de la Revista Portuense, una lectura que sigue describiendo con precisión el libro inaugural de Alberti. Las “recias contradicciones” que López Muñoz encontraba en el poeta —entre el clasicismo gongorino y la inmediatez popular, entre la nostalgia y la celebración— son las mismas que continúan seduciendo a los lectores contemporáneos.

Tal vez por ello, el centenario de aquella reseña invita a releer Marinero en tierra desde la orilla del Guadalete, como hizo el propio Alberti, y a reconocer que uno de los primeros en entender la novedad de su voz fue un periodista de su misma Ciudad, --depurado 10 años más tarde por el nuevo orden impuesto por el régimen franquista-- atento al rumor de las calles Luna y Larga, al sonido de los vientos de Levante y Poniente y al temblor de una poesía que empezaba a cambiar la literatura española del siglo XX.
| Con mi agradecimiento a José Ignacio Buhigas Cabrera.
