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A nadie se le hubiera ocurrido meter ahora en la actual Casa de las Cadenas a Felipe V. Pero hace dos siglos si ocurrió. El monarca pasaba un verano en la ciudad y se decidió que el llamado Palacio de Vizarrón era el sitio que se merecía un rey. Lustroso, grande, limpio, armonioso en sus formas, cómodo... Era un lugar para presumir y sacar pecho. Ahora, no. Tanto es así que hasta entrar cuesta. Decenas de puntales se cruzan en una casapuerta oscura, sin luz y donde un paso en falso puede ser peligroso. /En la imagen, Antonio Rodal Barros, 'el Gallego', uno de los pocos inquilinos que quedan en la finca.

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