2.783. Zoltan Tóth. De la Hungría roja al Caballo Blanco.

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Desaparecido. En agosto de 1979 se pierde en El Puerto el rastro de una joven promesa del fútbol del Este: Zoltan Tóth. Estados Unidos le concedió asilo político tan solo dos meses más tarde. Una semana antes se la jugaron en la Plaza Real Galloso, Ruiz Miguel y (redoble de tambores) Curro Romero, con astados del Marqués de Ruchena. Justo un mes antes el cielo se asfixió por culpa del incendio que abrasaría Cartonsa, la prometedora fábrica de cartones que acabó en papel mojado o, desgraciadamente, quemado. Pero para ese 25 de agosto de 1979 no estaba previsto que ocurriese en El Puerto nada del otro mundo. Y ocurrió -así se escribe la historia- que el despiste voluntario de un guardameta de apenas veintitrés primaveras nos metió, ahí es nada, en plena Guerra Fría: se vino a escapar el muchacho de su Hungría roja, y ya es tener puntería, desde la única ciudad de la Bahía con alcalde comunista.

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El del setenta y nueve iba a ser un Trofeo de los trofeos muy especial. El Carranza, que ya fardaba de ser la competición estival más señera del país, soplaría sus bodas de plata con cartel de oro: el Barcelona de Krankl y de aquel danés con traza de enano de Andersen y de apellido Simonsen; el Cádiz de los ascensos y descensos con Mané, Luque, y dos obreros de la casa con apellidos de dibujante, Ibáñez y Escobar. La salsa la pondría el Flamengo de Zico, mítico medio centro que igual la clavaba con la puntera que la empalmaba de tacón. Y completando el cuadrilátero, una joya del bloque del Este, el campeón de la liga húngara Ujspest Dosza, con Fazekas, Sartas y un portero lampiño que, pese a haberse perdido el último Mundial por lesión, iba camino de convertirse en el dueño de la meta internacional del combinado magiar para unos cuantos lustros. Eso lo tenían claro todos los sabios deportivos de allí. Y todos los aficionados que habían elogiado su inusitada madurez. Zoltan Toth, el portero en cuestión, era el único que no apostaba por un futuro de hacerse viejo bajo una portería con sello del Estado y de brillar humildemente en un régimen donde a lo máximo que podías aspirar como celebridad social era a tener doble ración de chocolate o a zafarte del Servicio Militar.

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Jardines del Hotel Caballo Blanco.

La mañana de ese viernes, 25 de agosto, todos los futbolistas húngaros abandonan el Hotel Caballo Blanco -donde se alojaron durante años los grandes equipos de cuando el Cádiz fue grande de verdad- en busca de llenar sus ojos, y sus maletas, de todos esos productos que el capitalismo exponía y convertía en razón de ser de las vacías existencias de los ciudadanos-consumidores de más acá del muro berlinés. Tan entusiasmados iban todos que hasta cuatro horas y media después no repararon en que faltaba uno, el portero titular, para colmo, ese que debía defender imbatida aquella misma tarde la honra húngara ante el conjunto local. Entonces saltaron las alarmas, porque se trataba seguramente de otra de las muchas fugas de un país del Este en busca de asilo en un Estado no comunista, sólo que esta vez sin cruzar más valla que la cancela de un hotel coqueto en la Costa de la Luz. Le faltó tiempo a la Inteligencia húngara para interrogar a los camaradas futbolistas, entre ellos a su hermano Josef. Dejaron bien claro que no sabían nada y que estaban en estado de shock por lo ocurrido. La prensa de la época especuló con casi todo, pero las opciones quedaban reducidas a no más de dos: petición de acogida en España, o eso mismo, pero en Estados Unidos desde aquí. "Solo sabemos lo que hemos leído en los periódicos", declaró para ABC un portavoz de la Embajada norteamericana. El Ministerio del Interior español tampoco tenía constancia de solicitud alguna por parte del arquero. El diario deportivo Marca fue más chirigotero y especuló con "la presumible amistad con una gaditana"

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Alineación de Ujpesti Dozsa: Erdelyl; Toroosiok, Dunal, Sartas, J. Toth; Kolar, A. Toth, Kiss, Fazekas, Fekete, Nagy. Año 1979.

Así que nos imaginamos al huido caminando hacia El Puerto por la Nacional Cuarta, seguramente haciendo tiempo antes de tomar el TALGO para Madrid. Vemos como sus ojos se le van hacia la majestuosa visera del José del Cuvillo, que entonces era un flamante y moderno estadio. ¿Cruzaría el ruinoso Puente de San Alejandro, que aquel mes aún atravesaron los chavales que fueron a ver el Ciudad del Puerto? Se admiraría, seguramente, del verde bamboleante de las palmeras del Parque Calderón, plantas impropias de geografías como la suya, y, si asomó la cabeza por el Club Taurino, descubriría con algo de asombro las testas disecadas de esos toros que en su país le habrían explicado que eran símbolo de España, nación de cigarreras y picadores.

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Zoltan, con su padre.

Puede que pidiera algo de vino en La Colmena, por probarlo más que nada. Y que picara algo en un freidor; señalando el producto, claro, porque decir cazón en adobo debe de resultar empresa lingüísticamente compleja para un húngaro. Si se paró ante las carteleras del Macario o del Central Cinema, vería los afiches de Kramer contra Kramer o de Los Energéticos; si proyectaban aquel fin de semana alguna película clasificada S, lo deslumbrarían -¡veintitrés añitos!- las estrellas que estratégicamente se colocaban delante de según que zonas de la anatomía femenina.

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Zoltan en la actualidad, con su hijo Cris, que también se dedica al Soccer.

Más cosas habría hecho, pero quién sabe si se miró el reloj antes de enfilar, con paso de atleta, la calle Larga camino de la estación, donde lo esperaba el tren camino de esa otra vida que imaginó tantas veces mientras defendía como un Titán la gloria comunista del Ujpest Dosza. Sabemos que el 19 de octubre de ese 1979, Estados Unidos concedió asilo político a Zolltan Toth después de que jurara ante un juez de Filadelfia sus nuevos derechos y obligaciones. Sabemos que triunfó en el soccer norteamericano, que tuvo una familia y una vida plena. Sabemos que sigue allí. Desconocemos si alguna vez habrá vuelto a soñar con un Hotel Caballo Blanco y un Puerto del que zarpó el verano que Jimmy Carter y Leonidas Brézhnev firmaron el primer acuerdo para la reducción de sus arsenales nucleares. /Texto: Ángel Mendoza.

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