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4.239. Paco Frijones. O la pasión por el verso

Fue un personaje muy popular en El Puerto de Santa María de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Se llamaba Francisco Durán Borrego, aunque todos lo conocían como Paco Frijones y marqués de Casa Frisol, “título” que según él mismo decía le otorgaron sus amigos en reconocimiento a sus méritos. Su dedicación casi exclusiva en la vida fue la literatura y escribir versos. 

Supe de su existencia por un artículo que un periodista madrileño, Joaquín Manini, hijo, con el título de Un portuense, publicó en El Norte de Madrid el 2 de julio de 1893 y que la Revista Portuense, a título de curiosidad, reprodujo a los cinco días. Texto que me ha permitido hilvanar estas líneas.

| Joaquín Manini, hijo, caricaturizado en la revista Madrid cómico, 2 de mayo de 1891.

Nada que ver Paco Frijones, aunque fueron coetáneos, con el célebre cantaor jerezano Curro Frijones (Me llamo Curro Frijones / y no me caso con La Farota / pa’ no echarme obligaciones), ni con otro Frijones de aquel Puerto finisecular de nombre Manuel Serrano Portilla, del que sólo sé que salió en las páginas de la Revista Portuense por haberle propinado a una mujer –el muy bestia- un ladrillazo. 

Nuestro Paco Frijones, que tenía 47 primaveras cuando lo conoció Manini, debió de ser un tipo peculiar, bohemio, extravagante, venido de los tiempos de Maricastaña, con ciertas ínfulas y algo ido de la realidad, pero también muy apreciado y conocido por todos, afable y bonachón. Manini lo describió así: “Es un tipo original; todo el mundo lo conoce, le quiere y sin embargo, ‘le toma el pelo’ que es un primor. Es un buen hombre, un infeliz. Tiene el carácter de un chiquillo de 12. La bondad de su carácter y sus muchas extravagancias, le han hecho captarse el aprecio entre sus paisanos y la popularidad de que goza en toda la comarca gaditana. 

Las facciones de su rostro –como un frijón (del caló) o habichuela- las conocemos por una caricatura que el periódico local El Puerto cómico puso en la portada de su primer número, el 15 de otubre de 1893, tres meses después del artículo de Manini. (Sobre esta efímera publicación humorística, de la que en el Archivo Municipal se conservan algunos ejemplares, Mario Fleming publicó en Gente del Puerto una reseña en la nótula 3.183.)  

 

Manini lo retrató con estas palabras: “Es bajito de cuerpo, panzudo, piernas cortas, mofletes rellenos, nariz en forma de patata y ojos coquetones. Su rostro, en general, es simpático y risueño, si bien, según los anteriores detalles, no se distingue por su belleza.” Quizá por esto su héroe era, según le confesó al periodista madrileño, Sancho Panza. Y de eterna indumentaria, una raída levita y un viejo sombrero de copa, diana y objeto de deseo de los traviesos chavales: “Tiene ya tal fama en el Puerto, que a veces los muchachos que juegan en la calle le arrojan piedras al sombrero, por cuyo motivo tiene que refugiarse en la barbería de algún amigo o en casa de algún conocido. 

Sí, Paco Frijones era feo como Picio, pero tenía la gracia de componer versos, aunque, al decir de Manini, “fusilables unos, aceptables otros, si bien la mayoría pertenecen al grupo de los primeros”. Mal poeta, también, pero le ponía unas ganas... Cuando conoció al periodista recién llegado de la Villa y Corte, Paco Frijones le endilgó su arsenal de versos: “Se empeñó en que yo juzgara cerca de 500 poesías, que ha escrito en sus ratos de ocio, que son muchos, puesto que no tiene nunca nada que hacer. 

Ciertamente, no tuvo ocupación profesional conocida. Cuando lo conoció Manini, Frijones era viudo. Con su esposa tuvo seis hijos, pero todos fallecieron tras los partos por alguna enfermedad congénita. Tanta desdicha acumulada debió marcarle profundamente, y seguramente de ahí devino su obsesivo refugio en la literatura. De hecho, cuando el madrileño le preguntó por el estado de su espíritu, le espetó: Indiferente a todo. 

De dónde ganaba el dinero para sobrevivir, lo desconozco, pero parece ser que pasó la vida sin grandes aprietos. Tal vez contara con algún inmueble heredado cuyo alquiler le rentara las ganancias precisas para ir tirando. Hasta se pudo permitir el lujo de tener en su casa una criada. O criadas, porque no le duraban más de dos meses. Y es que Paco Frijones era muy enamoradizo y su otra dedicación preferida era, según decía, “enamorar a todas las damas y damiselas”; pero cometía con las empleadas algunos deslices de los que una y otra vez se arrepentía.

Y en su casa, el bufete, su sancta sanctorum, tal como el de Alonso Quijano, del que Manini escribió: “Me invitó a que viera su despacho, que él considera como un recinto artístico. El mueblaje consiste en una mesa de cedro, un tanto vieja, un sillón de la época de Felipe II, un estante con libros y miles de papelotes, todos ellos periódicos con composiciones de sus amigos, y muchas de ellas dedicadas a él por sus íntimos. Todo el mundo le dice que está loco, a lo que él contesta las siguientes palabras: -Eso mismo decían de Cervantes en vida, y sin embargo, hoy todo el mundo le considera como la ‘Perla de la Literatura española’.FOTO 3

| Gabinete de trabajo del doctor Federico Rubio y Galy, hacia 1898.

Pues sí, Paco Frijones consagró su vida a la literatura, de la que fue un amante ferventísimo y pasó la vida leyendo a Cervantes, a Calderón y a Tirso, sus autores favoritos. Su sueño dorado era que a su muerte le erigieran una estatua junto a las de Cervantes y Calderón, en la que habrían de grabar esta redondilla de su cosecha e inspiración: Aunque indigno, aquí heme puesto,/ entre dos, que me iluminan / con sus glorias, que me inclinan / a imitar lo que han compuesto. 

Reconocía que su principal defecto era leer sus composiciones a todo el mundo. Manini tuvo la ocasión de sufrirlo cuando compartió con él una tarde en la hacienda El Ave María, donde obsequió a los presentes con varios discursos y algunas de sus perlas poéticas, “que si llega por allí Zorrilla lo estrangula”, sentenció Manini, hijo; que, por cierto, tampoco ha pasado a la historia de la literatura ni del periodismo: Tuvo la afición de la escena como actor y libretista, de segunda fila, siguiendo los pasos de su padre; él sí un reconocido actor y cantante de óperas y zarzuelas del mismo nombre. 

Ya ven que en algunas expresiones de Manini se entrevé un desdén propio de los enteraillos de la capital, el mismo que empleó con él en una excursión: “Un día, fuimos con él a coger mariscos a la desembocadura del río Guadalete, y cuando iba más alegre nuestro Don Paco, con su raída levita y su viejo sombrero de copa, le tiramos al agua, causando la hilaridad de todos y a él el susto consiguiente.  

En fin…, este fue Paco Frijones, un popular portuense hijo de su tiempo y de sus circunstancias vitales que nació en 1846 y vivió como pudo y quiso entre los siglos XIX y XX. Tan célebre como lo fueron entonces ‘Gorrilla el Barquillero’, ‘Lelé’ (a quien los puñeteros niños también acostumbraban a tirar piedras) o ‘La Farfolla’ (madre de Dolores Herrera ‘la Farfolla’, que algunos recordarán, la lotera siempre con el pitillo en la boca). Personajes populares como años después lo serían, entre otros santos inocentes, ‘Alemania’, Gabriel ‘el Mulo’, ‘Julo-Julo’, ‘Antoñito el Tonto’, Luis ‘Agacha’, ‘La Tula’, ‘El Baba’, ‘Romualdo’…, también referentes de una ciudad por la que pasaron sin hacer daño alguno; y en verdad, algunos más listos que el hambre, los mal llamados ‘tontos del pueblo’. 

Eso sí, como siempre hubo clases y clase, Paco Frijones fue el intelectual entre ellos y, por méritos propios, marqués de Casa Frisol, el personaje inventado por don Francisco Durán Borrego, a quien Dios tenga en su gloria. Texto: Enrique Pérez Fernández.   

 

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