En agosto de 1996 era primer ministro de Portugal

| Texto: José María Morillo
El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Manuel de Oliveira Guterres, en agosto de 1996, era primer ministro de Portugal. Y, lejos de los focos, decidió pasar unos días en El Puerto de Santa María, como lo haría cualquier veraneante: en chanclas, sin protocolo y con amigos.
A primeros de aquel mes, Guterres, acompañado por su esposa Luísa Amélia y sus hijos Pedro y Mariana llegaron de visita privada para reencontrarse con conocidos residentes en la Ciudad. Sin agendas oficiales ni comitivas: paseos discretos, playas portuenses y buena gastronomía porteña. El político luso, queno hacía un año que había tomado el relevo de Cavaco Silva, hizo gala de una sencillez que no pasó desapercibida. Se movió por El Puerto sin apenas escolta, camuflado entre turistas, disfrutando del ambiente veraniego con naturalidad.
Durante aquella primera estancia relámpago hubo tiempo para saborear la cocina local —y también para seguir por televisión los Juegos Olímpicos—. Portugal no tuvo entonces su mejor balance en el medallero, apenas dos metales, lo que dejó cierto sabor agridulce. Eso sí, con sus amigos celebró el oro en los 10.000 metros femeninos y sufrió, como un aficionado más, la contundente derrota de la selección portuguesa de fútbol.

Acompañado por su familia, el primer ministro pasó tres días alojado en una vivienda adosada de Las Redes —la gestión inmobiliaria la hizo Guillermo Macpherson— antes de poner rumbo a Grecia, donde le esperaba una villa tranquila para disfrutar del grueso de sus vacaciones.
Segunda y accidentada nueva visita a la Ciudad
Dos semanas después, ya de regreso hacia Lisboa, Guterres volvió a hacer escala en El Puerto. Esta vez se alojó con su mujer y sus dos hijos en el chalé de unos amigos en la calle Gupeque, en Vistahermosa. Pero la segunda visita vino cargada de sobresaltos.
El primero lo protagonizó su esposa, la psiquiatra Luísa Amélia Guimarães e Melo, que tropezó accidentalmente en el salón de la vivienda. El golpe en la rodilla derecha provocó una inflamación considerable y, al aparecer un hematoma de importancia, la familia decidió acudir al Hospital Santa María del Puerto. Allí fue atendida por el director del centro, Carmelo Delfín López. Por suerte, todo quedó en un susto.

Al día siguiente, cuando Guterres tenía previsto atender a los medios locales, fue su hija Mariana quien sufrió un percance más aparatoso en la piscina del Club El Buzo. Tras desmayarse mientras tomaba el sol, cayó al agua y tragó bastante cantidad. Miembros de Cruz Roja la reanimaron y, ante la lenta recuperación, la trasladaron al hospital, del que salió poco después sin consecuencias.
No todo fueron momentos de tensión. En ambas estancias, la familia Guterres pudo conocer a fondo la gastronomía portuense, sentándose en algunos de los restaurantes más reconocidos de la ciudad: El Faro de El Puerto, Los Portales, los desaparecidos establecimientos Casa Flores y El Patio e incluso la Venta Durango.
Como despedida, el entonces primer ministro se llevó una última postal de la bahía de Cádiz: navegando por sus aguas en una embarcación, junto a los amigos que lo habían acogido y acompañado por patrones socorristas de Protección Civil. Un final tranquilo para unas vacaciones discretas que, casi treinta años después, siguen formando parte de la pequeña intrahistoria veraniega de El Puerto.
Este año finaliza su segundo mandato como secretario general de la ONU, en un momento en el que la institución no goza de un buen momento ante las andanadas que recibe la institución, como no, del presidente de un país que tiene la su tez de color zanahoria.
