Cuando el periodista soñó El Puerto por la radio, desde bodegas Osborne
| Texto: José María Morillo
Entre 1994 y 2001, el magazine radiofónico Protagonistas trasladó durante varios veranos su estudio a las bodegas Osborne de El Puerto de Santa María, convirtiendo el patio de la bodega de Mora en un gran plató radiofónico en directo bajo la batuta de Luis del Olmo, un viejo conocido de la Ciudad. En ese contexto, el veterano periodista gallego Fernando Ónega, colaborador habitual del programa con su sección epistolar, dedicó una emotiva carta–oda a la ciudad, un texto trenzado de piropos, evocaciones marineras y referencias literarias que retrataba a El Puerto de Santa María como territorio de vino, mar y poesía. Hoy, leído de nuevo con la perspectiva del tiempo y tras el reciente fallecimiento de Ónega a los 78 años, aquel texto suena a declaración de amor radiofónica a una ciudad y a su gente, y resume como pocos el vínculo que el programa y su equipo establecieron con El Puerto en aquellos años.
Buenos días, Puerto, Puerto de Santa María. ¿Cómo te lo digo? Yo, el escribidor de cartas, soy de muy lejos, de la otra punta del mapa. Nos separan leguas y acento y creo, Puerto, que nos une el mar. El mar y el vino y tu nombre de leyenda, y me arrastra el color de tus bodegas, y a veces en las horas de soledad y distancia cojo mi tren de palabras y le digo al revisor que no me despierte hasta El Puerto. No me despierte, señor, que quiero despertar con su luz y quiero que mis primeros ojos se vistan de amanecer de la estación a los toros y suban a aquel balcón que está preñado de flores…
Y después, ¿sabéis? Me bajo. Ya me bajo, revisor, me bajo de mi tren de palabras y fantasías y me subo en el vaporcito y busco, Rafael, ¿dónde estará la Arboleda Perdida? Y nunca la encuentro, Alberti, pero aprendí a soñar con ella, lo aprendí con tus palabras al regreso del exilio, con Agustín Merello, caminando de vuelta de tanta pena, con tus versos de saludo rebotando en mi torpe prosa.

Portuenses, coquineros, después de 40 años me maravillo de veros. Y ahí al frente, el antiguo penal de El Puerto, nombre de novela de salteadores y fusiles, de inocentes presidiarios, de hazaña de Eleuterio que huye, de trabajos forzados, de guardia civil caminera, y el pórtico de la iglesia descubierto que me habla: dígale usted, periodista, dígalo, que me restauren. Portuenses, coquineros, me maravillo de veros.
Y tú, Parque de la Victoria, donde huelen las adelfas y me empiezan a embriagar los aromas de bodega. Camino de la Plaza del Peral, con tus casitas antiguas, testigo de tanta historia, con tus balcones abiertos, donde las flores revientan, con tu color marinero y tu sabor marinero y tu alma marinera, donde todo me parecen versos y son los versos de Alberti; donde todo me parecen cuadros y son cuadros de Juan Lara.
Y escucho, ¿lo oís conmigo?, una voz. Es la voz de un pregonero que me anuncia las acedías más frescas, recién pescadas, y su voz me sabe a mar, portuense, coquinera, quién atraparla pudiera. Y su voz me sabe a memoria del marinero vestido de tragedias e incidentes en las costas de Marruecos, me sabe a mujer que espera, a viuda que sigue esperando, a generaciones de poetas que supieron enamorar los mares.
A los mismos que, hace nada, ayer mismo, sacabais a vuestra Virgen del Carmen sobre el agua, qué bonita, allí donde el Guadalete se hace ambición de océano. Puerto mío, Puerto, Puerto, Puerto Bodega, Puerto Vino, Puerto gente, Puerto de Santa María, Plaza del Polvorista, y allá tu Plaza de Toros con el piropo del Gallo: quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es una tarde de toros.
Decidme, ¿sigue por ahí Antonia la Tuerta? Le tengo que pedir que me mande los cupones de la ONCE. Me han dicho que fue maestra antes que el martirio en adornarse la cabeza con extravagancias de flores.
Contadme, ¿sigue Pepe el del Vapor, aquel que vivo cantaron los poetas y las comparsas? Es el hombre que más veces unió a Cádiz con El Puerto, curtido de vientos y soles y mares de la bahía. ¿Sigue abierto el Bar Er Beti? ¿Bullen como siempre los cocederos de la Ribera del Marisco? Si me decís que sí, ahora que compruebo que están ahí las bodegas y que sigue oliendo a vino, es que estás vivo, Puerto, mi Puerto de Santa María.
El resto lo sigue poniendo el poeta, como la placa del Gallo, como el verso del retorno. Portuenses, coquineros, después de mi largo viaje, qué maravilla de veros.
