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Alfredo, Corazón de León #6.572

El superhéroe portuense que obligó al ayuntamiento de Jerez reconocer que Valdelagrana es de El Puerto

 | Texto: Medina Benítez

En el universo Marvel hay tipos capaces de parar trenes, levantar martillos imposibles o salvar galaxias enteras. Pero en El Puerto de Santa María tuvimos uno más nuestro, más de barra de bar, más de Vino Fino y más de retranca porteña: Alfredo Bootello Reyes, el único hombre conocido capaz de entrar en el Ayuntamiento de Jerez para arrancarle, a voz en grito, una confesión histórica sobre la soberanía sentimental de Valdelagrana.

Aquello más allá de una pretendida gestión administrativa, fue una misión patriótica, de patria chica. Una operación encubierta. Casi una incursión de comandos, pero con chaqueta amarilla, forro verde y más valor que cuando se ponía delante de una vaquilla.

Porque —afirmaba haber nacido el 25 de abril de 1939 “trayendo la Paz” tras la Guerra Civil, aunque el carné le colocara estratégicamente el 1 de mayo para coincidir con la Fiesta del Trabajo y no tener que trabajar— no era un hombre corriente. Era un personaje irrepetible. De esos que ya no fabrica el tiempo porque las directivas europeas, seguramente, los prohibirían por exceso de personalidad.

Vecino del Edificio Bellavista, en Micaela Aramburu, hijo de médico portuense, memoria prodigiosa, conversador de barra fija en La Perdiz o en La Galera, Alfredo practicaba una forma de portuensismo entre épico y tabernario. Un patriotismo local hecho de Vino Fino frío, ironía doble ancho y una obsesión casi mística: que nadie, absolutamente nadie, volviera a decir que Valdelagrana era “la playa de Jerez”.

Aquello le corroía por dentro. Pero, nuestro super héroe, un día decidió actuar.

Más allá de escribir Cartas al Director o protestar en tertulias que mantenía con Lucky Rivas en La Galera, Alfredo se plantó un buen día en el Ayuntamiento de Jerez como quien entra en Mordor llevando el Anillo Único. Solo y sin escolta ¿Quién dijo miedo? Probablemente armado únicamente con una instancia, varias pólizas del Estado y una cantidad indecente de santos cojones.

Pasillos atiborrados y estrechos. Funcionarios inclinados sobre expedientes. El eco burocrático del sello de caucho. Y entonces aparece él, avanzando como un vengador portuense con los colores amarillo y verde desplegados casi como capa de superhéroe.

—“¿Dónde hay que pedir permiso para poner un kiosko en Valdelagrana?”
El ordenanza, inocente criatura, le indicó el negociado correspondiente. Alfredo avanzó hasta el funcionario competente. El momento decisivo había llegado.
—“Mire usted, vengo a solicitar licencia para montar un kiosko en la playa de Valdelagrana.”
El funcionario, sin sospechar que estaba entrando involuntariamente en la historia grande del localismo provincial, respondió con naturalidad administrativa:
—“Se ha equivocado de Ayuntamiento. Esa playa pertenece a El Puerto de Santa María.”

 Y entonces sucedió.

Alfredo Bootello se irguió como si le hubieran inyectado suero de portuensismo supersónico. Giró lentamente sobre sí mismo, dejó que la frase flotara en el aire y, con voz atronadora, de las que hacían temblar los vasos en La Galera, proclamó para toda la sala:

—“¡¡Eso es lo que yo quería escucharlos decir a ustedes: que Valdelagrana es de El Puerto!! Debió de hacerse un silencio de procesión de Martes Santo.

Algún funcionario levantaría la vista. Otro escondería la sonrisa. Quizá un administrativo dejó de escribir a máquina durante tres segundos eternos. Porque, en mitad de la burocracia jerezana, un portuense acababa de conquistar una pequeña victoria diplomática sin disparar un tiro, sin recurrir a abogados y sin más arma que el ingenio, mucho antes de que se resolviera el pleito con las lindes fronterizas con Jerez por la Sierra de San Cristóbal, en tiempos de Hernán Díaz como alcalde.

Después se marchó. No pidió más papeles. No montó kiosko alguno. La misión estaba cumplida. Ante quienes presumen de hazañas militares Alfredo Bootello consiguió algo mucho más difícil en esta tierra: que desde dentro del Ayuntamiento de Jerez se oyera, alto y claro, que Valdelagrana pertenece a El Puerto de Santa María.

Y volvió a casa, socarrón, con la honra amarilla y verde intacta, como un Capitán América del fino, un Daredevil de las barras portuenses o un superhéroe de tebeo gaditano cuya única kryptonita quizá fuera que le sirvieran vino de fuera del Marco.

Hay personajes que después de muertos se convierten en leyenda, en anécdota eterna de sobremesa o copichuela, en patrimonio oral de esta muy noble y muy leal Ciudad, como nuestro Alfredo. El Puerto siempre ha tenido una cosa maravillosa: sabe fabricar héroes sin necesidad de capa. Aunque, visto lo visto, a Alfredo la capa amarilla y verde le quedaba estupendamente.

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