
Texto: Enrique Pérez Fernández / Imágenes generadas con IA
(Continuación desde la PARTE I) Rumbo al lejano imperio de Tamorlán, los expedicionarios partieron de la bahía de Cádiz el 22 de mayo de 1403 hacia el Estrecho de Gibraltar y se adentraron en el Mediterráneo haciendo escalas en los puertos de Málaga, Ibiza, Gaeta en el reino de Nápoles (con visita a Roma), Messina en Sicilia, las islas griegas de Rodas y Quíos y la cabeza del decadente imperio bizantino, Constantinopla, a la que arribaron a fines de octubre. De la travesía dio detallada cuenta González de Clavijo con un lenguaje preciso y eficaz, relatando las incidencias que vivieron y describiendo con fluidez las poblaciones y paisajes que conocieron.
En este mapa marcamos la ruta que los embajadores de Enrique III siguieron hasta Constantinopla.

De las incidencias que vivieron por una adversa meteorología, mencionaré que antes de llegar la carraca al Estrecho de Messina, frente a la isla-volcán Estrómboli y envueltos en una fuerte tormenta eléctrica, tuvieron la ocasión de presenciar -el 18 de julio- el Fuego de San Telmo (patrón de los marineros), una descarga luminiscente que se formó en la punta de los mástiles de la carraca y que González Clavijo interpretó, como era tradición entre los marineros, como un buen augurio para la misión diplomática. Augurio que no se cumplió.

El 30 de agosto llegaron al bastión cristiano de la isla de Rodas, donde permanecieron unos días descansando y abasteciéndose. Y los embajadores, Ruy González de Clavijo y fray Alonso Páez de Santa María, se reunieron con los gobernadores de la isla, los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén para que les informaran de la situación geopolítica de la región y el paradero de Tamerlán tras la derrota que infringió a los otomanos de Bayaceto en julio de 1402.
Sin información precisa, los embajadores fueron a Constantinopla. Remontando el mar Egeo, hicieron escala en la isla de Quíos y el 24 de octubre arribaron a la capital bizantina.

Fueron recibidos por el emperador Manuel II, que les facilitó un barco para cruzar el mar Negro hasta el puerto cristiano de Trebisonda, donde el séquito diplomático debía comenzar la marcha terrestre en busca de Tamerlán. Pero una fuerte tempestad lanzó al barco contra la costa y naufragó. Todos los expedicionarios salieron ilesos, pero el duro invierno que se avecinaba aconsejó que los embajadores esperaran en Constantinopla la llegada de la primavera.
Tras la larga espera y retomada la frustrada travesía por el mar Negro, la expedición llegó a Trebisonda (nº11 en los mapas de esta nótula, actual Trabzon) el 11 de abril de 1404, casi un año después de la partida desde El Puerto de Santa María. Allí les informaron que Tamorlán, tras la victoria a los otomanos en la batalla de Angora o Ankara, decidió regresar a su capital, Samarcanda.

La travesía terrestre
Comenzó entonces una durísima travesía a lomos de caballos que se prolongó durante cinco meses, sufriendo los expedicionarios temperaturas extremas a su paso por los desiertos y montañas del Kurdistán turco, Irak, Irán y Uzbekistán, un camino solo aliviado en los oasis. Muy peligrosos fueron los primeros tramos que recorrieron, una tierra de nadie entre los imperios otomano y del Tamerlán devastada en la guerra y dominada por señores de la guerra y salteadores que no se iban de vacío al paso de las caravanas.

Cuenta González de Clavijo en su Embajada a Tamerlán que por esas tierras, en la frontera turco-armenia, divisó el monte Ararat, en cuya cima, según el relato bíblico, encalló el Arca de Noé, y a sus pies los embajadores pernoctaron en un fortín militar.

Salvada la peligrosa región, el séquito se internó por territorio ya controlado por Tamorlán, las mesetas persas. Y llegaron a la ciudad iraní de Tabriz (nº12 en el mapa de más arriba) en junio de 1404, ya protegidos con la autoridad del embajador de Tamerlán --Muhammad al-Kazi-- que desde El Puerto de Santa María acompañaba a la expedición.
Muy cerca, en Khoy, se habían encontrado con una embajada del sultán de Egipto que también iba a Samarcanda y le llevaba a Tamerlán como presente, junto a seis avestruces, una jirafa, que causó una fuerte impresión a Clavijo y la describió minuciosamente como quien describe, por visión insólita, a un dragón.

"…encima de un alto árbol alcanzaba a comer las hojas de él, que las comía mucho. Así que hombre que nunca la hubiese visto le parecía maravilla de ver", escribió Clavijo.
No menos sorprendidos debieron quedar cuando al entrar en territorio de Tamerlán los nativos ofrecieron a la comitiva como banquete un caballo asado completo cabeza incluida; eso sí, con las vísceras cocidas aparte. Y de bebida, kumis, leche de yegua fermentada.
La siguiente parada importante fue en Teherán, donde murió, exhausto, el Guardia real Gómez de Salazar, a la vez que parte de la expedición cayó enferma y allí quedó mientras que González de Clavijo y la reducida comitiva continuó la travesía a Samarcanda.

Por fin, el 8 de septiembre (señalada fecha para El Puerto de Santa María) de 1404 los embajadores llegaron a la capital del imperio timúrida, la joya y el centro de los caminos de la milenaria Ruta de la Seda. González de Clavijo y Páez de Santa María fueron recibidos por Tamerlán, llevados a su presencia, como marcaba el protocolo, avanzando de rodillas y sostenidos por los brazos por oficiales de la corte. Y le entregaron los regalos que le ofrecía Enrique III, los halcones gerifaltes, la vajilla de plata y las telas escarlatas.

Quedó pendiente una nueva recepción para tratar de la alianza del reino de Castilla con el imperio timúrida contra los turcos otomanos, entonces derrotados por Tamerlán pero que, como el tiempo demostró, continuaría siendo un peligro para la cristiandad. Dos meses estuvieron los embajadores en Samarcanda esperando, pero el encuentro no llegó a producirse. Por dos motivos: andaba Tamerlán enfrascado en el proyecto de conquistar territorios chinos, y su salud, la de un anciano de 68 años, casi ciego, empeoró y perdió el habla. Así las cosas, los embajadores fueron invitados a regresar a España, como tuvieron que hacer, frustrados por no cumplir la misión diplomática encomendada por Enrique III. Sí tuvo Tamorlán la consideración de llamar Madrid, la población natal de Clavijo, a un barrio que entonces se construía en Samarcanda, que aún conserva el nombre.
El regreso
El viaje de regreso a casa aún fue más complicado y largo que el de ida. Por el camino supieron que Tamerlán había fallecido el 17 de febrero de 1405, sumiéndose el imperio timúrida en el caos ante la fratricida lucha por su sucesión, y de inmediato se desintegró. En Teherán los embajadores recogieron, ya curados, a los miembros de la comitiva que allí quedaron enfermos. Y juntos prosiguieron el camino al mar Negro, a Trebisonda, donde embarcaron rumbo a Constantinopla. Dado que la carraca de la expedición solo la emplearon en el viaje de ida, la vuelta a España la hicieron en mercantes comerciales que siguieron un derrotero muy parecido al de ida.

Finalmente arribaron al sanluqueño puerto de Bonanza el 1 de marzo de 1406, casi tres años después de la partida de El Puerto de Santa María. Los embajadores marcharon a Alcalá de Henares, donde el día 24 le contaron lo ocurrido durante la larga travesía al rey Enrique III ‘el Doliente’, que fallecería al paso de unos meses, el 25 de diciembre, a la temprana edad de 27 años. Ruy González de Clavijo murió en abril de 1412, en su Madrid natal. Hoy su recuerdo perdura en Samarcanda dando nombre a la calle que enlaza el mausoleo de Tamorlán con la avenida principal de la legendaria ciudad. En Uzbekistán su figura es muy conocida y admirada. En España no. Pero nos queda una joya histórica y literaria que nos legó, su Embajada a Tamerlán, la que partió a orilla del Guadalete en la primavera de 1403. Toda una odisea que como tal reconocería el propio Homero.
