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Juan Muñoz Clavijo, ‘Juanini’. El hombre detrás de las banderillas #6.696

Una vida entre banderillas y afectos en la Plaza Real

| Texto: José María Morillo

Juan Muñoz Clavijo, Juanini, trabajó entre bastidores más de treinta años en la Plaza Real de El Puerto de Santa María, pendiente de las banderillas, del ruedo y de esos pormenores que permiten que una corrida de toros siga su curso. El V Ciclo de Reconocimientos del Espacio Cultural Taurino De Sal y Oro quiso poner en primer plano esa dedicación con un emotivo homenaje celebrado en las Bodegas Obregón, en la calle de la Zarza.

Álvaro González Rodríguez, maestro de ceremonias y encargado de glosar su figura, trazó el retrato de un hombre discreto, constante y profundamente aficionado. Pero también habló desde el recuerdo personal: el del niño que encontraba en Juanini a alguien dispuesto a explicar, enseñar y compartir lo que sabía.

1946

Juanini nació el 22 de abril de 1946. Era alcalde de El Puerto de Santa María, Ignacio Osborne Vázquez. La población rondaba los 28.300 habitantes. Nacía también ese año José Cortés Jiménez, ‘Pansequito de El Puerto’. Abría sus puertas como tal el Bar Casa Paco Ceballos, donde se degustan las famosas merluzas rebozadas. El jesuita Jorge Loring, conocido por su libro de la Sábana Santa de Turín, finalizaba su noviciado en El Puerto, al que regresaría en 2008. Se celebró una procesión extraordinaria en la Semana Santa Portuense: el Santo Entierro Magno.

Rafael Alberti publicaba ‘El Trébol Florido’. Se estrenaba en Madrid la obra de Muñoz Seca ‘El Crimen de Pepe Conde’, de la que luego se harían sendas películas. Nos dejaba el artesano Ángel Martínez, fabricante de figuras de nacimiento que se introdujeron en toda Andalucía en la primera mitad del siglo XX. La revista ‘Arte Comercial’ le dedicaba al escultor Manolo Prieto varias de sus páginas.

Volvemos a nuestro protagonista. Juanini sintió muy pronto la llamada del toreo. A los catorce años se lanzó de espontáneo al ruedo de la Plaza Real. Para intentar torear se sirvió de lo que tenía a mano: una muleta abierta a modo de capote. Fue una temprana muestra de aquella afición que acabaría acompañándolo toda la vida.

Después llegaron las capeas y los viajes por pueblos de Extremadura y Castilla. Cáceres y Salamanca fueron escenarios de una búsqueda compartida con otros jóvenes que aspiraban a vestir de luces, coincidiendo con el novillero portuense Luis Rojas, Rojita. También buscó una oportunidad en Sanlúcar de Barrameda y participó, vestido de corto, en el certamen La Oportunidad, celebrado durante el verano de 1964 en la plaza madrileña de Vista Alegre.

| Plaza de Toros de Vista Alegre, 'La Chata', en Madrid

Al casarse, con veinte años, dejó atrás la aspiración de convertirse en torero. La afición, sin embargo, siguió intacta. En 1980 comenzó su vinculación profesional con la Plaza Real como chulo de banderillas, un cometido que desempeñó hasta su jubilación en 2011.

Durante esas tres décadas recibió, organizó y preparó los rehiletes que entregaba a los banderilleros cuando llegaba el momento. Su trabajo incluía también tareas de acondicionamiento del ruedo y, hasta 1985, la confección artesanal de las banderillas. Una labor poco visible para el público, pero necesaria para el funcionamiento de la plaza.

Álvaro González destacó precisamente esa atención a lo que suele quedar fuera del foco: tenerlo todo dispuesto, recoger las banderillas después de la lidia, retirar los arpones y contribuir a dejar el ruedo preparado. Juanini conocía el valor de cada tarea y cumplía la suya con la constancia de quien se siente parte de algo que quiere.

| Juanini, junto a Álvaro González. La esposa del homenajeado se encuentra junto al Delegado de la Plaza de Toros, Carmelo Navarro, entre otros asistentes al acto.

El homenaje adquirió una dimensión especialmente cercana cuando el presentador recordó cómo lo había conocido siendo niño. Juanini respondía a sus preguntas con paciencia, explicaba los detalles de la lidia y nunca hacía sentir al pequeño aficionado que estaba preguntando una necedad.

También regalaba banderillas. Álvaro encontró en ese gesto una manera de transmitir su pasión: poner en otras manos un pequeño recuerdo del mundo al que había dedicado tantas horas. Más que un objeto, entregaba una invitación a compartir su afición.

Esa disposición se prolongó en su colaboración continuada con las clases prácticas de la Escuela Taurina La Gallosina, donde conoció a los aprendices de torero que pasaron por ella. Su relación con la plaza fue también una relación con quienes empezaban, con sus preguntas y sus ilusiones.

“La Plaza Real también tiene una pequeña deuda con Juanini”, señaló Álvaro González. El reconocimiento de De Sal y Oro vino a recordar que la historia de una plaza se construye también con el trabajo de quienes nunca figuran en sus carteles. Juanini ocupa su lugar en esa historia reciente: por las banderillas que tuvo siempre a punto y por el afecto que supo ganarse entre los aficionados. Disfrutando de sus 80 años.

| Nuestro agradecimiento a Álvaro González Rodríguez.

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