El curso en que aprendimos que la cultura era hermana de la libertad

Los recuerdos del Preuniversitario de 1968-1969 en San Luis Gonzaga dibujan una generación que encontró en las aulas, el periodismo y las desaparecidas asociaciones culturales Memphis y Medusa una forma de entender el mundo. Un recuerdo compartdoa en el que ocupan un lugar destacado los profesores del colegio jesuita, el poeta José Luis Tejada y Rafael Esteban Poullet, el recordado Faelo.
| Texto: Diego Utrera, Pepe Buhigas, Miguel León y Toni Castillo
El 3 de octubre de 1968, un grupo de alumnos asistía a la misa del Espíritu Santo en la iglesia de San Francisco, con motivo de la apertura del curso en el colegio San Luis Gonzaga. Al día siguiente comenzaron las clases de Preuniversitario, el recordado PREU. Les aguardaba un año de estudio, amistad y descubrimientos culturales, mientras el mundo vivía acontecimientos que también iban a marcar su manera de pensar.
Formaban aquella promoción Jesús Barba, Pepe Buhigas, Rafael Camacho, Toni Castillo, Rafael Ceñal, Manolo Conde, Javier Díaz, Fernando Domecq, Emilio Flor, José María González de la Higuera, Alfonso Leiva, Miguel León, Ignacio Merello, Javier Merello, Tomás Rodríguez Rendón, José Ramón Romero, Jorge Thuillier, Diego Utrera y Ramiro Villar.

En los meses anteriores habían seguido, impresionados, noticias como la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, el genocidio de Biafra, la publicación de la encíclica Humanae Vitae, de Pablo VI, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, los primeros asesinatos de ETA y la agitación estudiantil del Mayo del 68 francés. En torno al comienzo del curso se sucedieron la matanza de la plaza de las Tres Culturas, los Juegos Olímpicos de México y la independencia de Guinea Ecuatorial. En diciembre llegó la misión del Apolo 8. El año siguiente comenzó con el estado de excepción en España y, poco después, la elección de Yasir Arafat al frente de la Organización para la Liberación de Palestina.
El PREU de Letras y las inquietudes de Memphis
Pepe Buhigas, Toni Castillo, Javier Díaz, Emilio Flor, Jorge Thuillier, Diego Utrera y Ramiro Villar integraban el PREU de Letras y vivieron el hecho singular de tener como profesor de Latín y Griego al padre Francisco Torres Martín, el rector del colegio, tenido hasta entonces como un ser beatífico inaccesible, al que sólo se le veía en la proclamación de dignidades.

Pepe, Javier Díaz y Diego con otros de los que empezaban el curso: Miguel León, Javier Merello, Tomás Rodríguez Rendón, José Ramón Romero acababan de celebrar el segundo aniversario de un grupo cultural juvenil, Memphis, creado a imitación de la asociación Medusa y en la que quedaron integrados posteriormente. Habían llevado a cabo actividades como concursos de artículos y de pinturas, un certamen de «Cesta y puntos» en San Luis, excursiones, la publicación de una revista (mecanografiada y a multicopista) mensual con colaboraciones de casi todos ellos, una biblioteca y la caseta de feria que comenzó en 1967, en apoyo al viaje fin de curso de alumnas de las Carmelitas: Inés Monguió, María del Carmen Lloret, María Luisa Mesa.
En el aniversario de 1968 llegaron a organizar un festival de la canción juvenil portuense (no exento de polémica por la eliminación de dos de las tres canciones que presentó Inés y que se celebró en los jardines de La Ponderosa) y la proyección de la película Petit Chéri, de Faelo Poullet., que en mayo había sido finalista en el festival de cine amateur Giraldillo.
Una ventana al mundo desde Cruzados

Diego Utrera y Pepe Buhigas, con Agustín Merello como mentor, llevaban ya más de dos años conformando la redacción de Cruzados y esos acontecimientos ocurridos durante el año habían impulsado editoriales como «Precio y premio de la paz», dedicado a Martin Luther King.

Artículos firmados por Diego como “¿Dónde estás, Señor?”, sobre Bob Kennedy o el especial --el 24 de agosto-- de la sección «Nosotros, el mundo», iniciada por Pepe en julio, sobre la invasión de Checoslovaquia…

Juntos hicieron una amplísima encuesta sobre la encíclica Humanae Vitae, un reportaje sobre los Cursos de Estudios Sociales que celebraba en El Puerto la Universidad de Sevilla, entrevistaron a Merche Macaria, integrante del coro de Massiel, cuando ganó Eurovisión con “La, la, la” y a María Dolores Pradera, a Antonio Gades y a Raphael en la gala de la Cruz Roja.
La voz de los alumnos
A principios de diciembre, fueron esas convicciones religiosas, éticas y ya entonces políticas y la solidez de los planteamientos filosóficos, sociales y morales los que hicieron posible que, en el solemne acto de la proclamación de Dignidades de aquel curso, fueran las palabras de los alumnos las que se escucharon ante los máximos responsables de la institución educativa de la Compañía de Jesús y ante la más destacada sociedad portuense.

La conferencia había ido tomando cuerpo en las reuniones que mantenían en casa de Pepe Buhigas, por las tardes, después del colegio, para hacer las traducciones de Latín y Griego y estudiar. Y los fines de semana en casa de Miguel León, donde entre canciones como Sinner man, de Nuestro Pequeño Mundo, o La respuesta está en el viento, de Bob Dylan, Hey Jude, de Los Beatles, o Himno a la alegría, de Miguel Ríos, nos llevaban a la Novena Sinfonía de Beethoven, y a Vivaldi, o Tchaikovski, donde se iban perfilando las ideas que Diego y Miguel expusieron aquella tarde:

“Ante todo, queremos hacer notar que este tema no va a ser la conferencia frívola que remite a una mera consulta y preparación. Lo nuestro es algo más. Por dos razones: de una parte, es fruto de una maravillosa experiencia que nos ha tocado vivir en un progresivo desarrollo espiritual. De otra parte, esa inquietud de expandir la cultura, ese deseo de que cada vez seamos más, es lo que nos lleva a expresarnos como obligación interior de encontrarnos a nosotros mismos y de tener a los demás en nuestra alma” (1. discurso completo en el enlace, más abajo).
Defendieron el valor de las experiencias humanas, especialmente las artísticas, y no sólo el estudio memorístico para una formación que descubre la convivencia, con respeto, con amistad, con amor, con necesidad de comunicación y de despertar los valores del espíritu saliendo de lo superficial, acercándonos al conocimiento de la Divinidad y llegando a la realización personal de cada uno, según su vocación, como un compromiso práctico social que la cultura nos hace ver y pregonar. Cerraba la intervención una cita de El retorno de los brujos, de Jacques Bergier y Louis Pauwels: «Cuanto más comprendo más amo porque todo lo comprendido es bueno».
Libros, amistades y una Navidad compartida
El retorno de los brujos, donde se reflejaba el pensamiento del paleontólogo jesuita Teilhard de Chardin. estaba en aquellas incipientes bibliotecas como otros que casi ritualmente nos regalábamos en los cumpleaños firmados por todos con una dedicatoria en los cumpleaños de cada uno de nosotros …

Ya por entonces, además de Inés Monguió, comenzaron a venir Inmaculada Muñoz-Repiso, Aurora Arredondo, Carlota Nuchera, Lola Varela, Mercedes Ballesteros, a veces también Lucía Ferrer, Mari G. Forte, Dori Tejada y ya en las vacaciones se unían también otros amigos que estaban fuera: Antonio Artola, Luis Márquez, José Manuel Pérez Sánchez, Agustín Fernádez, Jaime Renedo, Javier Esteban Poullet, al que por entonces le llegó el cariñoso apelativo de Bini… Y aquella Navidad, cantamos la Misa del Gallo en la iglesia del colegio… adaptamos Cuando los ángeles vienen marchando… E Inés estremeció a toda la iglesia con el Noche de Paz a capela.
En muchas ocasiones después de las traducciones y el estudio terminábamos con una «vaquita» para comprar refrescos, cerveza y pescaíto frito, aceitunas y patatas fritas del freidor de Apolo o merengas, borrachos y juanillos de la confitería de Ntra. Sra. de los Ángeles [en la calle Luna, donde estuvo el Bar Nuevo Portuense] y otras veces nos bajábamos al Bar Central [en el crucero de las calle Luna y Larga, ocupado luego por varias entidades bancarias].
José Luis Tejada: despertar el interés por la cultura

Si en el colegio nos tenía deslumbrados el Padre Aldama con sus clases de Historia y de Arte, y también a los de Ciencias, con una sabiduría --se le conocía en la orden con el sobrenombre de ‘el sabio’-- que recordaba a los hombres del Renacimiento, al ir integrándonos en la desaparecida Asociación Cultural Portuense Medusa, conocimos la extraordinaria amabilidad de personas como José Luis Tejada Peluffo y Rafael Esteban Poullet.

José Luis no dejaba de motivarnos, ya desde la maestría de sus poemas y el estudio de la vida y la obra de Alberti, ya incluso jugando el ping pong cuando terminábamos muchas veces en su propia casa. Decía que lo que pretendíamos.
Cuanto más ignorante es un pueblo menos interés tiene en dejar de serlo"
«No puede ser al mismo tiempo una tarea más desinteresada ni más ambiciosa. Porque la mayor necesidad, la más grave y urgente, es la que ni siquiera se advierte como tal necesidad: cuanto más ignorante es un pueblo menos interés tiene en dejar de serlo. Y Memphis [la rama juvenil de Medusa], como su hermana mayor, Medusa, se ha propuesto despertar ese interés, al menos, en los sectores jóvenes de una masa que se resiste a interesarse».

Veinte años después sería a propuesta de Diego Utrera, entonces concejal andalucista, cuando el Pleno del Ayuntamiento aprobó que el instituto que se inauguraba llevase el nombre de José Luis Tejada para orgullo de nuestra generación
(continuará)
Enlace completo al discurso de proclamación de Dignidades, pulsando LEER MÁS
Ante todo, queremos hacer notar que este tema no va a ser la conferencia frívola que remite a una mera consulta y preparación. Lo nuestro es algo más. Por dos razones: de una parte, es fruto de una maravillosa experiencia que nos ha tocado vivir en un progresivo desarrollo espiritual.
De otra parte, esa inquietud de expandir la cultura, ese deseo de que cada vez seamos más, es lo que nos lleva a expresarnos como obligación interior de encontrarnos a nosotros mismos y de tener a los demás en nuestra alma.
Queramos o no, hemos de admitir que el estudio es un privilegio. Son muy pocos los que estudian y menos aún los que adquieren unos estudios superiores. Es un privilegio tanto para los que estudian obligados, o por rutina, y los que lo hacen por vocación. En el primer caso se encuentran la mayoría. Aquellos que, desde pequeños, se abrigaron a la mano de los padres para asistir al colegio. Pasaron los años y aún el chico, a pocos años vista de la Universidad, aún no es capaz de sincerarse consigo mismo y ver cual es su verdadera vocación. Evitar preocupaciones en este ámbito hace ver que tampoco existen para otras cosas. Los ideales se encuentran en un “cómodo” letargo.
Pero existe el segundo caso. Hay quienes estudian por auténtico amor a la sabiduría. También fueron llevados de la mano de sus padres, pero supieron darse cuenta de que había algo más. Algo que no depende de un libro, sino de sí mismo. De la realización personal. De no creer algo porque se lo digan, sino por convicción.
Estudiar no significa adquirir una cultura. Si penetramos en el alma de estos que han adquirido los estudios superiores la encontramos generalmente vacía. Son una ínfima cantidad aquellos que han adquirido una verdadera cultura. Porque la cultura no es haberse aprendido de memoria una serie de libros de texto y después, como magnetofones, repetirlos sin saber qué se dice; no es información, sino formación. La cultura es aquello que nosotros sacamos de los libros de texto y lo adaptamos a nosotros mismos. Cultura no es estudiar para un examen. Es: instrucción, ilustración, sabiduría resultante de haber cultivado los conocimientos humanos. (( Es el desarrollo de las facultades físicas, intelectuales y morales del hombre)).
Quizás donde más se vea la cultura de un hombre sea en el ARTE. ¿hay algo más que llene el espíritu que el Arte? ¿Hay algo más maravilloso que la poesía o la pintura, que la música o el cine? No; porque en cualquiera de estas facetas hay algo más que una forma más o menos bella, hay un fondo en el que se encuentra el espíritu del autor, el estado de ánimo que le ha llevado a expresarse, a desbordar su espiritualidad y plasmarla en una obra de arte. Y ver ese fondo. Sentir con el autor esas palabras, esos colores, esas escenas o esas notas. Hacernos copartícipes de esos estados anímicos y llevarlos a nosotros es lo que realmente vale.
Pero nosotros no podríamos afirmar esto si no fuera porque ha sido algo nuestro, una parte o toda nuestra vida, nuestra alma. Experiencias que han contribuido a hacer fructificar aquella simiente que libros y profesores sembraron en nosotros.
Ahora hemos hecho un examen de conciencia. Hemos mirado en nuestro interior para ver si esas experiencias fueron buenas o malas, si han tenido algo de valor para nuestro futuro o si solamente fueron unos hechos que pasaron y no dejaron señal en nuestra alma. Unas fueron tristes; otras, alegres. Nacía la aurora de una esperanza, de una ilusión pero el horizonte, en el ocaso, se encargaba de tirarlas por tierra y allí mancharlas de barro y suciedad, mancharlas de soledad. Había alegría y pena.
Al examinar estas experiencias las hemos dividido en tres etapas: filosófica, humana y espiritual.
Etimológicamente, filosofía significa amor a la sabiduría. Evidentemente la cultura se mezcla con ella. Cultura es también amor a la sabiduría, es un cultivo del espíritu. El hombre, por ser racional, tiene un alma. Un alma con unos valores maravillosos, pero que necesita de algo que la haga abrirse y mostrar esos valores. Está como dormida y necesita de la melodiosa canción de la cultura para nacer a la luz. Una canción que al principio se escucha muy lejana pero que, poco a poco, se nos va acercando hasta ser nuestra.
Pero hay también quien no quiere enfrentarse con la realidad. No quiere verse a sí mismo. Prefiere que su espíritu siga en el letargo, en el podrido regazo del ocio, para que la cultura no le exija el compromiso práctico-social que ella nos hace ver y pregonar.
Y este compromiso es el que nos produce el insaciable afán de conocer cada día más y más que ayer. Esa ansia parecería ambiciosa y egoísta si no fuera por la nobleza de una dinámica. No somos solos. Existe una proyección hacia los demás, un poder creador de algo que rasga la rutina en la que el mundo se desenvuelve: la rutina del vivir de cada día.
Nuestra experiencia filosófica nos ha hecho ver que esto no ha sucedido en vano. Gozamos por ella de un dominio personal en su dimensión cuerpo-alma. Como hombre, tenemos una tendencia sexual por educar. La cultura no solo se queda en el espíritu como tal, sino que emerge también en las demás actividades humanas.
El espíritu se manifiesta en convivencia. En ella, el individuo desborda su riqueza. Ve en los demás personas como él. Nace el respeto. Nace la amistad. Nace el amor. El darse proporcionando a los demás lo mismo que querríamos para nosotros, entregándonos sin esperar nada. Desde entonces nace en nosotros el auténtico amor. Sentir a los demás en nuestra alma.
Este sentir nos impulsa a responsabilizarnos. Individualmente, hemos logrado un equilibrio. Pensamos en los demás. Pensamos en el sacrificio de un padre por que su hijo sea más que él, porque encuentre menos sacrificios que los que él halló para sacarle adelante. Y todos tenemos el deber de ayudar a que un chico así no se quede en sí mismo; debemos aspirar a que logre un sentimiento por los demás por medio de la cultura, de la sabiduría, de la Verdad por antonomasia.
Antes dijimos que la cultura no solo se refería a los libros. Se encuentran una serie de actividades humanas, inmediata consecuencia de este culto al espíritu. Surge en el individuo, entonces, la necesidad de comunicarse; de salir de su yo, cultivado hasta ahora, para nacer a un Nosotros; a un mundo desconocido que, poco a poco, abre sus puertas. Pero estas puertas no se abren solas; somos nosotros quienes tenemos la necesidad interior de abrirlas. Nace el darse y, con ello, la formación de grupos, asociaciones, algo que produzca el interés por salir de lo superficial; superar personalmente o en conjunto la indispensabilidad de una diversión vacía, como un baile dominguero, si en él desdeñamos la convivencia pensando sólo en mi diversión particular.
En el II aniversario de la fundación del grupo juvenil de Medusa, MEMPHIS, José Luis Tejada escribía: “Cuanto más ignorante es un pueblo, menos interés tiene en dejar de serlo”. Este es el gran peligro con que podemos enfrentarnos. Fuimos testigos en una sala de cine de cómo el público abucheaba una película de Passolini. Pensemos también en esa mayoría de gente que sólo lee en un periódico la página de deportes, pasando por alto tan graves problemas como el hambre de Biafra, el racismo estadounidense, el problema de Vietnam.
Y no es que demos una solución personal a ello, pero es obligación interior de cada uno reflexionar nuestra posible culpa y tener un sentimiento de solidaridad con aquellos que sufren por una causa justa.
Ante este panorama, ante la falta de colaboración, no es extraño que adoptemos posiciones, aunque sean justificadas; sino que debemos superar continuos desengaños que día a día nos formaremos ante el proceder de la gente contrario a nuestro deseo de expandir la cultura.
Como último resultado de esta experiencia humana surge el ver la verdadera vocación de uno mismo; en contrarse a sí mismo en los demás, darse en un servicio a la sociedad. Nace así el dilema de la elección de carrera, el tema del ¿QUÉ SERÉ? Será la realización personal del individuo en los demás.
La experiencia humana que nos ha servido la cultura nos muestra una luz superior, verdadera y eterna. El conocimiento de Dios. Es así como nos adentramos en nuestro tercer estrato de la vida. Lo espiritual. Conocer, vivir a Dios. Pero es la vivencia última y sincera la que nos lleva a superar –que no es despreciar—la teoría que nos dieron de un Dios majestuoso y castigador de los malos.
Hemos conocido a Dios. Podemos decir que lo amamos. Ahora comprendemos de veras que así, por un Dios, vale la pena entregarse plenamente a nuestro ideal. Se da así la realización personal de cada uno, según su vocación, como compromiso práctico-social; como entrega de todas nuestras facultades por un mayor servicio, por un mayor amor.
Es ésta la auténtica humildad del amante a la cultura. Amar y comprender lo aprendido para servir y darse. Porque, como decía Louis Pauwels en su genial obra escrita en colaboración con Jacques Bergier, “El retorno de los brujos”: “Cuanto más comprendo, más amo; porque todo lo comprendido es bueno”.
