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Aquel PREU del 68 (y II) #6.711

Allí descubrimos que formarse era aprender a convivir y encontrar una voz propia

(continuación)

La casa de Faelo Poullet y las aulas de San Luis Gonzaga fueron escenarios de aprendizaje y libertad para los alumnos del curso de Preuniversitario de 1968/69. Los autores evocan en esta segunda entrega una juventud marcada por el arte, la amistad y las inquietudes culturales. Entre conciertos, lecturas y un viaje de Fin de Estudios, descubrieron el valor de convivir y pensar por sí mismos. Su testimonio reivindica el legado de quienes les ayudaron a encontrar una voz propia.

| Texto: Diego Utrera, Pepe Buhigas, Miguel León y Toni Castillo.

| El desaparecido patio de la casa de Faelo Poullet, en el número 13 de la calle Larga

Faelo: una casa abierta al arte y a la libertad

Y Rafael Esteban Poullet, Faelo, que nos abrió el reducto más privado de su intimidad, haciéndonos descubrir un mundo de recogimiento y serenidad donde cada cuadro, cada libro, cada pieza arqueológica estaba colocada con esmero y fluía la conversación casi en susurro, recorriendo poemas de Lorca, de Antonio Machado, de Miguel Hernádez o brotaba la música… Bach, Chopin, Rachmaninoff, Mahler, al tiempo que nos adentrábamos en su producción de películas de 8 milímetros.

Faelo ejercía, en cierto modo como enlace entre de Medusa y Memphis. Su tarea consistía en velar por la buena marcha de nuestras iniciativas sociales y culturales. Ejerció su responsabilidad con creces, sumo cuidado y respeto, ofreciendo su casa, su jardín y su vino, --el «barrilito».-- para la organización de happenings y actos como el montaje audio-visual sobre la obra A la pintura, de Alberti realizado por Pepe Buhigas o teatro leído, como Fando y Lis de Fernando Arrabal, justo antes de su fuga a París.

| Faelo Poullet, en una instantánea tomada en su casa en 2008.

El olor a jazmín del jardín competía con el de la dama de noche de casas aledañas y el del azahar de la calle Larga hasta su casa. Hoy la calle Larga queda muy muy lejos. Y es que en aquel otoño del 68, el de las nuevas ideas y ansias de libertad como evocaba Diego en sus «Recorrido de olores del Puerto», publicado en las nótulas 1.577 y 1.578. El colegio de los Jesuitas y la casa de Faelo, eran puntos opuestos en la distancia y tal vez en la mente de los curas, pero genialmente complementarios para comprender que la cultura es hermana de la libertad.

La biblioteca municipal lleva hoy el nombre de Rafael Esteban Poullet, pero ¿cuántos estudiantes, lectores o visitantes de exposiciones, saben quién era realmente? ¿Conocen su pensamiento, su obra? Los que creamos, vivimos y suscribimos esta historia sentimos el apremio de lo ya vivido y, por tanto, la urgencia de reclamar, de un lado, que un referente local, en nombre del Ayuntamiento, coordine la recuperación de la obra cultural de Faelo y, por otro lado, realice una semblanza que sea incluida en las actividades de los centros educativos de Secundaria.

Un piano en San Luis Gonzaga

En febrero, Medusa organizó en el colegio un concierto del pianista Leopoldo Querol. La crónica de Antonio Pérez Ruiz, publicada en Cruzados el 12 de marzo, celebraba la respuesta del público:

«Grande fue la deuda moral que Medusa adquirió en este memorable concierto, pero más inmensa fue la satisfacción de ver que El Puerto respondió a la llamada del arte. Un numeroso auditorio, compuesto en la mayor parte de jóvenes de ambos sexos, aplaudió con entusiasmo la sonata de Mozart, las polonesas de Chopin y la española música de Albéniz. Una juventud que dejó sus bailes pops, sus sicodélicos lugares y el partido de la tele, para evocar por unas horas la música que nunca muere porque son precisamente ellos —los jóvenes— los que no la dejarán morir».

La crónica concluía con otra imagen que enlazaba la memoria del colegio con la literatura portuense:

«Cuando abandonábamos los fríos corredores del Colegio de San Luis Gonzaga después de aquella velada musical, sentimos como si la juventud de Juan Ramón, de Alberti y de Muñoz Seca nos murmurara al oído la joven poesía de José Luis Tejada: “no olvidemos que el mundo está incendiado, y no de amor totalmente es esta hoguera”».

Aquel viaje para despedir una etapa

Durante el curso pasamos unos días de ejercicios espirituales en La Inmaculada, en la antigua casa hoy derribada. Nos acompañaba el lema que figuraba en el altar de la capilla: «Se apareció Jesús junto al mar».

| Antigua Casa de Ejercicios de la Inmaculada, en el acantilado de la Costa Oeste

En las pantallas de El Puerto podían verse entonces películas como La noche de los generales, Un hombre para la eternidad y Doctor Zhivago. En el teatro, El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo, formaba parte de aquel horizonte cultural.

También llegó el momento de organizar el viaje de estudios. Para financiarlo preparamos varias jornadas festivas en el colegio. Firmada por Diego y por el padre Espiritual Manuel Rodríguez Corvo S.I. --el padre Corvo-- se envió una carta a los padres de los alumnos…

«Queridos padres: El Curso Preuniversitario, como despedida de todos los compañeros en este último curso, proyecta un viaje de estudios.

Por una parte, intentamos así reforzar los vínculos de todos los miembros. Trabajar en la organización, viajar juntos en una ruta cultural hace que lleguemos a entendernos más en este último año que convivimos, ya que la vida nos hace separarnos ante la elección de carrera.

Por necesidades económicas y, ¿por qué no?, por ambiente tradicional, con la ayuda del P. Espiritual, vamos a montar una tómbola en el colegio, además de bar, animación, etc. Cosa que nos reporta algunos beneficios, a la vez que le brindamos nuestra más cordial acogida si nos visita.

| Durante el Viaje de Estudios, en Granada, de izquierda a derecha Emilio Flor, el chófer del autobús, José Ramón Romero, Diego Utrera, Miguel León y José Ma. G. De la Higuera | Foto: Diego Utrera Sánchez.

Este tipo de fiesta será como un homenaje del curso Preuniversitario al colegio en su totalidad. Será un homenaje a sacerdotes y profesores que, año tras año, fueron abriéndonos el camino de la cultura, que es el de la vida, a fin de cuentas.

Por otra parte, les quedaríamos muy agradecidos por su colaboración. Sabemos que las cosas que se hacen con cariño no pesan. Por eso, confiando en su generosidad, esperamos algún presente, regalo, juguete; algo que esté al alcance de su mano, o algo usado. Nos será de mucho provecho su colaboración.

Sus hijos también, un día, llegarán a nuestro curso y proyectarán su viaje de hermandad. Siéntannos como tales.

Les esperamos para pasar una grata jornada de convivencia los próximos 5, 6, 7, 8 y 9 de marzo. Altamente agradecidos».

La iniciativa trascendió a la opinión pública. El 5 de marzo de 1969, Cruzados publicó un artículo titulado «Fin» (pulsar aquí para leer el artículo completo), que animaba a allanar las dificultades económicas para que ninguno de los alumnos quedara fuera del viaje. El objetivo se consiguió: pudimos compartir aquella despedida entre la Semana Santa de Málaga y Sierra Nevada.

| Equipo de baloncesto de PREU

Las fiestas permitieron, además, que las familias participaran de otra manera en la vida del colegio. Compartían con sus hijos momentos de diversión y contribuían a un proyecto común. Frente a la presencia más protocolaria de los padres en la proclamación de Dignidades, aquella experiencia, podríamos decir, hizo que alumbráramos, por vez primera, el concepto de comunidad educativa.

Aprender a pensar

Todos los meses hacíamos exámenes de Latín y de Griego que eran traducciones y análisis de fragmentos de la Eneida, de la Ilíada y de la Odisea. En octubre, en Filosofía ya estudiamos a Heráclito y Parménides; en noviembre a Platón, Aristóteles y San Agustín. En diciembre, Kant y el imperativo categórico y tuvimos una prueba en Religión que debíamos resumir una conferencia sobre «El trabajo a la luz de la encíclica Populorum Progressio» de Pablo VI; e hicimos un examen sobre el Marxismo. En enero, en Literatura, el Romanticismo, el Realismo y el Modernismo, y en febrero, la Generación del 98.

| El viaje de fin de curso consistió en una visita a Málaga y Granada. En esta foto vemos a Miguel León, José Ramón Romero y dos compañeros que venían de la Base de Rota en el Patio de los Leones de la Alhambra de Granada. | Foto: Diego Utrera Sánchez

Testimonio de aquel espíritu bien puede ser un hecho como el que ocurrió un sábado, entones día lectivo y teníamos clase y el padre Aldama eligió ese día para el examen final de Historia de la Filosofía, a las 12 de la mañana, con una duración prevista de una hora como el resto de los exámenes. Aldama dictó el enunciado del tema del examen: “Alternancia de las corrientes idealista y realista desde los filósofos presocráticos hasta Kant”. El simple hecho de la densidad del título debería habernos puesto sobre la pista de que algo no era normal en esta historia, una hora de examen para tanto tema…

Finalmente, el padre Aldama desveló el misterio: —Me lo traéis el lunes. Inaudito, llevarse un examen para hacer en casa no formaba parte de nuestros esquemas, pero algo invadió nuestra mente. Al padre Aldama no le interesaba lo que sabemos, sino lo que pensamos sobre el tema, después de todo bien sabido era que la Filosofía enseña a pensar.

Allí descubrimos que formarse era aprender a convivir y encontrar una voz propia

Pasado el primer momento de desconcierto, las reacciones fueron variadas: el empollón contaría de memoria lo que ya había estudiado, algún otro se las prometía felices pensando en copiar, y finalmente otros pensamos que tocaba ponerse manos a la obra intuyendo que esa libertad tenía un precio. En efecto, la cuestión no era --que también-- saber o saberse qué pensaban Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás o Kant, sino qué pensábamos nosotros del pensamiento de cada uno de ellos. Cuál o cuáles de ellos suscitaban más simpatía o adhesión sin olvidar que no se trataba de individualidades, sino representantes de las corrientes descritas. Este ejercicio de adhesión forja la libertad y la coherencia. El Padre Aldama con ello nos decía adiós, se despedía con esta invitación a pensar y a tomar partido. Fuera del Colegio, como en la alegoría de la Caverna de Platón, nos quedaba por aprender que la realidad no está siempre en lo que vemos, sino en las ideas…

Y así, en lo académico fuimos adictos al Cuadro de Honor, característico premio de los jesuitas a las mejores notas de cada quincena, desbancando a quienes lo tenían copado, sin dejar atrás las matrículas de honor, que se llevaron Diego, Toni y Pepe en Filosofía, Latín y Literatura respectivamente.

| Los autores del texto y sus cónyuges, muchos años después en el Bar Vicente Los Pepes | Foto: Diego Utrera Sánchez

A nuestra manera, dábamos sentido a aquellas máximas latinas que presidían las grandes puertas junto a la escalera de entrada y vinculaban la sabiduría con Dios y la gratitud: «Initium sapientiae timor domini»  y  «Danti mihi sapientiae dabo gloriam»  (El principio de la sabiduría es el temor de Dios y Me has dado sabiduría, te daré gloria).

Pero el aprendizaje también había ocurrido fuera de las aulas: en una redacción, en los libros compartidos, en la casa de un poeta y en el jardín de Faelo. Allí descubrimos que formarse era aprender a convivir y encontrar una voz propia.

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