371. CUERPO A TIERRA.

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Derribo a piqueta del Palacio de Cumbre Hermosa, en la esquina de las calles Valdés y Avda. de la Bajamar. En la actualidad existen unos cascos de bodegas  de Gutiérrerz Colosía.

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Casa del Marqués del Castillo de San Felipe, donde se derogó la Consittución de 1812. En la actulidad, dicho edificio contiene un centro comercial que, parece maldito, sus negocios no levantan cabeza. ¡Acaso la derogación de la Consittución por Fernando VII trajo aquella maldición!

Yo, muchas veces, me pregunto por qué causas se derribaron los Baños Termales o el Palacio del Marqués del Castillo de San Felipe (Larga, 74) donde Fernando VII derogó la Constitución de 1812 y donde en su huida vivió Espartero; los palacios que rodeaban la plaza del Polvorista; el Palacio del Marqués de Cumbre Hermosa y el del Marqués de la Cañada; por qué causas se derribó la que se creía Capitanía General de la Mar Océana, en la plaza de la Herrería; por qué causas se derribaron tantos palacios de cargadores a Indias; por qué se permitió el expolio y derribo del Palacio del Marqués de Purullena (ahora ¿rehabilitado?);

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Interior amueblado del expoliado Palacio de Villareall de Purullena.

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Edificio de la que se creía Capitanía General de la Mar Océana, derribado a piqueta, hoy sede central de Romerijo y viviendas.

Por qué se permite que el Hospitalito no se acabe; porqué las Cruces de la Sierra fueron robadas y no se han repuesto; por qué la fuente que estuvo en la plaza de la Pescadería y hoy en el Parque de Calderón ha sido maltratada; por qué las estatuas de la Victoria se ha ido partiendo a trozos; por qué las gárgolas góticas de la Iglesia Mayor Prioral están colmatadas de higueras y muchas se han desprendido y perdido para siempre; por qué se cayó, sin oficio ni beneficio, el artesonado de la Ermita de Santa Clara; por qué se permite un andadamiaje durante siete años delante del Palacio de Winthuyssen, en plena calle Larga; por qué se permitió el derribo, porque estaba entero del molino de la calle Jesús Cautivo;

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Antiguo Hospital Municipal, en semiruina, comido por las termitas.

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A la derecha, a mitad de la fotografía, el relativamente reciente derribado Palacio de las Cadenas, en su parte trasera, donde vivieron en 1729 y 1730 los Reyes de España.

Por qué el Hospital de San Juan de Dios está cerrado y se va a caer solo y sin que nadie haga nada; por qué el casco histórico es una pura ruina, sin habitantes... Todo esto es anterior a esta Corporación Municipal, que ha heredado una ciudad degradada e irreconocible, que era hermosa y envidiable. A ella yo le pregunto: ¿por qué no se utiliza la Ley de Patrimonio con los propietarios del Palacio de las Cadenas -con lo que queda-y se les obliga, como es de ley, a su restauración meticulosa? Porque el que compra un BIC, sabe lo que compra y a lo que se expone y, si lo que espera es que se caiga, apaga y vámonos. Que la propiedad se deje de coñas, de apuntalamientos y de monsergas, que ya se autorizó impunemente por la anterior Corporación el derribo de la parte del Palacio que daba a la Bajamar. Menos mal, digo yo, que ahora está el PP en el Ayuntamiento. No tenga yo que decir, como otros: "¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!" . (Texto: Luis Suárez Ávila).

9 comentarios en “371. CUERPO A TIERRA.

  1. P.H.

    No se si has leido el artículo, desgraciadamente ¿a que te recuerda ?.

    DESOLACIÓN DE VOLVER

    Desde una esquina en la zona de sombra en la que me he apoyado para leer el periódico miro la plaza que he recordado e imaginado tantas veces, la que está igual de arraigada en mi memoria infantil que en los mundos de ficción que he ido inventando a lo largo de mi vida, hasta el punto de que a veces ni yo mismo sé distinguir en qué medida estoy invocando un recuerdo verdadero o proyectando sobre el pasado un episodio de novela. Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío. Íbamos a verlo y estaba detrás de su ventanilla con barrotes dorados, y a mí me impresionaba lo blancas que eran sus manos, por contraste con las de mi padre, y la velocidad asombrosa a la que contaba los billetes.

    En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse

    En la zona central de la plaza se levanta sobre una base de figuras alegóricas talladas en piedra la estatua en bronce del general Saro, picoteada de agujeros de disparos. En los primeros años veinte el general Saro dirigió no sé qué campaña victoriosa en la guerra de Marruecos; en el verano de 1936 un pelotón anarquista lo fusiló en efigie, dado que ya estaba muerto. Durante años, con motivo de alguna de las muchas reformas que la plaza ha padecido, la estatua desapareció, porque algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista. Me cuentan que se pensó sustituirla por una escultura más acorde con los nuevos tiempos de reglamentaria cultura andaluza, un monumento al penitente. El general Saro sobrevivió, dramático y sereno, con sus agujeros negros de disparos en la cabeza y en el pecho y su mirada hacia el sur, pero a su alrededor la plaza que desde hace mucho ya no lleva su nombre fue sometida a una de esas modernizaciones que gustan tanto a las autoridades locales: de los jardines, de los bancos, de las acacias y los aligustres sobre cuyas copas sobresalía la cabeza del general no quedó ni rastro, si bien en su lugar se pusieron unos coquetos maceteros de hierro forjado con la "U" de Úbeda artísticamente inscrita en cada uno de ellos, y se coronó todo con la boca enorme de un aparcamiento subterráneo y con la torre del ascensor correspondiente.

    La primera vez que vi lo que habían hecho con esa plaza que era el corazón de mi ciudad se me puso en la garganta un nudo de congoja. Ahora vuelvo y la miro y la costumbre no mitiga el escándalo. Con la lógica peculiar de la renovación urbana, se ha considerado que en una ciudad donde hay varios meses de calores saharianos su plaza central no necesita árboles, salvo un par de naranjos escuálidos que difícilmente pueden prosperar en los inviernos mesetarios. A mediodía, desde mi esquina a la sombra, alzando los ojos del periódico, veo a la gente que se atreve a cruzar la plaza arriesgándose a un síncope, buscando a toda prisa el alivio de los soportales. Aparte de sus ventajas estéticas, el aparcamiento tiene la virtud práctica de atraer más tráfico hacia el centro de la ciudad, atascando las calles estrechas que llevan a él, algunas de las cuales están además levantadas gracias a la misma catástrofe de obras en gran medida innecesarias que azota al país entero. Algunos de los coches que hacen cola para entrar en el aparcamiento llevan las ventanillas abiertas y emiten a volumen sísmico una música de discoteca al parecer muy del agrado de los policías municipales que pastorean el tráfico.

    En las noches calurosas, con los balcones abiertos, la música de los coches, los rugidos de las motos y la algarabía alcohólica del botellón animan las plazuelas y los callejones de mi barrio de San Lorenzo, que de otro modo estarían sumidas en un anticuado silencio. Iglesias y palacios se van hundiendo literalmente en el abandono mientras se tiran ríos de dinero cambiando sin ninguna necesidad antiguos pavimentos enlosados o empedrados por groseros baldosones de terrazo. Vuelvo a la hermosa plaza de Santa María y no puedo cruzar su limpia perspectiva porque está entera convertida en una zanja. Un amigo que vive en la ciudad me cuenta que los trabajadores, como no disponen de instalaciones con aseos, usan como urinario la fachada de la iglesia del Salvador.

    En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse. Lo que se está robando a quienes vengan detrás no es una memoria sentimental y un paisaje urbano que fue único, sino también una forma de disfrute de la vida y de prosperidad. Donde hubo perspectivas de huertas y de casas blancas que llamaban desde los caminos lejanos ahora hay bloques horrendos que se amontonan los unos sobre los otros para mayor beneficio de los constructores. Viajando por Europa uno descubre con envidia cómo en pueblos pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja práctica de hacer la vida más gustosa y crear una duradera riqueza: en España se empieza por arrasarlo todo. Cuanto más se alimentaban los orgullos locales y las lealtades vernáculas a lo largo de los últimos treinta años más impunemente se han destruido los paisajes. El orgullo local separado de la conciencia cívica es paletería, igual que el patriotismo sin ciudadanía es fanatismo. Se inventan pasados y se alimentan nostalgias rústicas al mismo tiempo que se impone la ignorancia y se borran las huellas del pasado verdadero, el que habría sido tan fértil para mejorar el porvenir.

    Hace treinta años, en una de tantas idas y venidas, volví a mi ciudad para votar por primera vez en mi vida en unas elecciones municipales. Pensábamos que la democracia iba a traer a las ciudades un aire limpio de ilustración y racionalidad, espacios públicos rescatados del abandono y la roña franquista de los especuladores. Me paseo por Úbeda, entre zanjas y mugre, entre el deterioro de lo abandonado y la ostentación palurda de lo que no había necesidad de cambiar, me adhiero a una pared para que no me atropelle un coche con la música a todo volumen en una calle estrecha. Ya sé que en todas partes sucede lo mismo, que el gobierno de las ciudades españolas es un grosero catálogo de venalidad e incompetencia: pero sólo en ésta el escándalo político se me convierte en íntima desolación.

    El País, 05/09/2009 | artículo de ANTONIO MUÑOZ MOLINA

  2. pepa

    muchas gracias,lo de que es propiedad municipal ya lo sabia,lo que yo desconozco, es si habia realmente esos dos supuesto impedimentos, que debia ser ó bien residencia de ancianos ó bien hospital,ahi está mi duda,y eso si que explicaria lo del abandono que esta sufriendo por parte del ayuntamiento,conviene más que venga el constructor de turno y de el pelotazo,haciendo lo que le venga en ganas,un saludo y muchas gracias de nuevo.

  3. Puertomenesteo

    Pepa, vamos a ver si nos aclaramos con el Hospital Municipal. Es un error que ha circulado durante mucho tiempo. El edificio del hospital es de propiedad municipal, desde el siglo XIX (creo), Micaela Aramburu sólo costeó parte de las obras en 1916 para remodelar dicho hospital, y en la actualidad sigue siendo de propiedad municipal.

  4. pepa

    respecto al hospital de san juan de dios,tengo entendido que fué micaela aramburu quien donó al puerto dicho palacio,pero con la condición que que fuese para fines sociales, tales como un hospital ó residencia de ancianos,no se le puede dar otro uso,de ahi su dejadez y su abandono por parte de nuestro ayuntamiento y otros estamentos,con la falta que haria algo asi para nuestros mayores,si alguien conoce mejor si historia me gustaria me lo aclarara,un saludo.

  5. ana

    Seguro que en el Puerto más de uno sabe el "porqué" de tantas barbaridades, pero ¿estaran callados por no perder privilegios?...lo cierto es que al Puerto le hace falta una buena colección de amantes que la defiendan de tanto politicucho, en su mayoría de poca cultura y mucho carnet.

  6. Teresa Marroquin Nieto

    Me gusta lo que ha escrito Javier, para mi el derribo de estos palacios es como ir a la bibliotequa y quemar todo los libros de historia, es totalmente una verguenza, es indigno lo que han hecho y lo que haran. Desde luego parece que los dirigente de nuestra ciudad son descapacitados mentales, pero vamos parece ser que siempre han estado asi, ya que para mi parece que los que han estado y estan en el cargo han hecho estas atrocidades con las cabezas metida en el trasero. Ni una pizca de respeto, parece ser que le han vendido el alma al diablo. Es para hablar con boca prestada. Cuando vaya por alli no voy a reconocer mi querido Puerto, verguenza da, me he quedado muy indignada al leer esta notula. Por favor cuidar de mi Puerto, y respetarlo, la ciudad de los cien palacios. La ciudad, que cuando hablo de ella aqui se quedan con la boca abierta, hay que cuidar de nuestra historia para que mis nietos y los hijos de mis nietos la puedan disfrutar, no recordarla en libros de texto.

  7. Mar

    Si antes estaba enamorada de mi ciudad, de El Gran Puerto de Santa Maria, ahora lo estoy mas. Que edificios y que fisonomia tan especialmente particular. Gracias a todos aquellos que trabajais para que nosotros, los jovenes, podamos enamorarnos del Puerto de hoy, y el de ayer. Muchas gracias

  8. Javier Thuillier

    Cuerpo a tierra y no levanten ni las cabezas, todos pegaditos al suelo que las balas vuelan bajo, por si acaso y ya se sabe "las armas las carga el hombre y las dispara el diablo".

  9. Puertomenesteo

    Casa del Marqués del Castillo de San Felipe, hasta 1950 yo viví frente a ella junto a la Confitería de San José, cuando se inauguró el centro comercial a finales de los 80, del siglo pasado, a cuyo acto asistí y vi las escaleras que había para acceder a la cafetería, comenté que tendría muy poca vida. Yo no había visto cosa más incomoda. Después como se dice en el articulo parece ser que el local estaba maldito, no ha habido un comercio que durara mucho tiempo, hasta TelePuerto creo que le queda muy poca vida.

    Del hospital más vale no hablar. A quien pertenece? Cuanto de nuestros hijos han nacido allí asistidos en los partos por Rosarito, Pura y el Dr. Viseras? ¡Que triste es ver perderse cosas de nuestro Puerto. No se le podría hacer un contrato a alguna persona o empresa para montar un hotel, por ejemplo, durante una cierta cantidad de años?

    De la casa donde vivío el Capitan General, todavía me acuerdo ver salir de ella nuestra querida paisana La Guachi con su resplandeciente traje blanco y su canasto de mariscos colgado al brazo.

    En fin como de todo lo reflejado en las fotos de esta nótula, no tiene arreglo a ver si por lo menos se puede salvar el hospital, que es único que que en pie.

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