474. EL LORO DE LA CALLE ALQUILADORES.

loro_alquiladores_puertosantamariaHubo un humilde personaje en El Puerto de la segunda mitad de los cincuenta del siglo XX que por humilde, ni siquiera era personaje, pero sí un ser entrañable para los niños de entonces, como yo: el Loro de la calle Alquiladores.

En aquellas frías e interminables tardes de esos años, a la salida de los colegios nunca faltaba a su cita con los chavales que pasábamos bajo su balcón. Se entablaba rápidamente un fluido coloquio entre los de la calle y el del balcón, en el cual se trataban variados temas, como las preferencias sexuales de unos y otro, menciones apasionadas siempre relacionadas con funciones fisiológicas, sobre los difuntos próximos de los de abajo, cuestionándose indefectiblemente, por parte del plumífero, la honorabilidad de las señoras madres de los de abajo.

El Loro (sí, con mayúsculas) demostraba con su diestro manejo del lenguaje,  adecuado a la ocasión, que disfrutaba de un entregado pedagogo que, a "full time", debía vivir dedicado a la puesta al dia del vocabulario de su aventajado pupilo.

Cuando voy a mi Puerto y paso por la calle Alquiladores, mis ojos a través de sus gafas de vista cansada, siempre se dirigen a ese balcón hoy vacío y si bién no una oración, sí que le dedico al Loro de la calle Alquiladores una sonrisa. Y sigo mi camino esperando oir tras de mí una voz aguda y chillona que me diga: ¡¡Hijo de p**a!! 

Veamos que nos cuenta Luis Suárez Ávila: "azulejo_loroLos animales se parecen a sus dueños. Eso es cosa que siempre se ha dicho, yo no sé si con fundamento o sin él. Pero, sea como fuere, me vienen a la memoria una serie de ejemplos y verbi gratias que me llaman la atención sobre el particular. Del  mundo de las aves, los loros,  son animales de los que en este Gran Puerto ha habido unos buenísimos ejemplares, más que nada por su carácter cosmopolita y por el comercio con la Indias. En cualquier casa había un loro, una cotorra o un guacamayo que un embarcado había traído de regalo. Sin embargo, siempre estuvieron sometidos a la disciplina y enseñanzas domésticas y nunca disfrutaron de libertad plena, como ahora que se han escapado, o los han echado a la calle, por perversos, y han poblado en colonias numerosísimas todas las palmeras de la entrada de Vista Hermosa y se han extendido a todos los Pagos del término municipal. Son loros salvajes y cotorras montunas, sin formación específica que, abandonados por sus dueños, se han multiplicado sin tasa en un medio que no les es el propio y ya van por la décima generación, por lo menos. En cierto modo son como los cocodrilos que aparecieron en un pantano madrileño, las tortugas americanas que pueblan nuestros ríos, o los patos malvasía foráneos que han abandonado sus dueños, con peligro y detrimento de bastardear la especie autóctona en los humedales de Doñana.

En este Gran Puerto, han abundado los loros famosos.
La prueba de que esta Ciudad es una de las más relevantes cunas del flamenco es lo que cuenta  Don Nicolás de la Cruz Bahamonde, Conde de Maule, en su “Viaje de España, Francia e Italia, en 14 volúmenes, publicado en Cádiz, a comienzos del siglo XIX. En el volumen XII, página 502, refiere que en El Puerto de Santa María vio en una casa un loro de treinta y nueve años de edad, del cual dice: “Su condición es montés e idiomática a pesar de sus treinta y seis años que lleva de encierro en esta casa; pero es muy alegre y gitano; le gusta la música, principalmente los palillos o castañuelas, pues en oyéndolos tocar en los tonos de zapateado, fandango, boleras u otros, por este orden, se alegra, grita y baila llevando el compás de la música con sus patitas...”

De ello se deduce la longevidad de los loros, la facilidad para los idiomas  --este es idiomático--, es melómano, y aficionado al flamenco –es muy alegre y gitano--, jaleador de los cantes  y bailaor.  Pero lo que no nos dice el conde de Maule es quién era el dueño de la casa, que seguramente sería igual, igualito en aficiones y condición, que el loro.
En la calle Alquiladores, cuando yo era chico, había un loro en un balcón, al que los niños y los mayores, le decían tacos, picardías y palabrotas. Pues el loro, no bien veía alguien pasar por la calle, prorrumpía en una sarta de insultos, que eran contestados por el viandante, con lo que el loro aprendía vocablos nuevos de esa jerga. Yo no sé quien era el dueño, ni si era persona educada, pero, con no haber cogido al loro y haberlo metido en un correccional, ya estaba retratado, por permitirle esa fea conducta y versación.

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En la calle Luna, desde 1927, hasta hace poco, estuvo abierta la tienda de tejidos y confecciones de Lolita Serafina --Dolores García de Quirós, casada con Vicente Acal--, cuya tienda frecuentaban las señoras al salir de misa en la Prioral. Pues bien, como Lolita era muy religiosa y su clientela también, el loro que tenía lo era igualmente. Y es que el loro cantaba con gran entonación eso de “Corazón Santo, tú reinarás...”, lo que era una delicia para las edificantes señoras que frecuentaban el establecimiento.

Otro loro famoso era el que tenía Rafael Alberti en su casa de El Puerto. En cuanto llegaba un camarada de visita le endilgaba “La Internacional”, con  revolucionario espíritu enardecido. Y es que cada dueño tiene y ha tenido el loro que le corresponde y cada dueño, en mala comparación, pero con toda propiedad, se parece a su loro. Eso es cosa del mimetismo ilustrado o cosa parecida, digo yo." (Texto: Luis Suárez Ávila).

5 comentarios en “474. EL LORO DE LA CALLE ALQUILADORES.

  1. Pastora Lopez Doello

    pues no se porq año andaria ese loro cantando, yo estuve en san agustin, q uno de los laterales da a esa calle y no ma cuerdooo

  2. Juan Luis Cordero

    El loro que estáis mencionando de la calle Alquiladores, pertenecía a unos señores canarios que vinieron al Puerto: él se llamaba Marcelo, fueron los que montaron
    la residencia La Orotava, y se conocía en la calle como el Canario. espero que esta información sirva de algo.

  3. TRR

    Tambien habria que mencionar otro loro no menos famoso que sobre los años 65 del pasado siglo, habia en un balcon de la calle Santo Domingo, tramo entre calle Neveria y Larga, que, entre otras frases, la mas repetitiva era la de "lorito maricón". Yo vivia en esa zona y lo escuchaba constantemente, así como otros vecinos conocidos como eran Marchena, hijo de Pastora, el que fue presidente del Racing, Lobo el carpintero, Soledad la borracha que desde su balcón ponia vestido de limpio a medio Puerto (incluido al loro), Manolo Sastre, que vivia en el mismo edificio de la borracha, Fausto (el que fue futbolista), un camarero del Resbaladero que salia todas las mañana camino del trabajo con su chaqueta blanca doblada y colgada de su antebrazo, Castañeira desde su almacen esquina con Neveria, el gordo Pedregal (personaje que merece una nótula) junto con todos sus clientes,
    clandestinos de la taberna, Matias el practicante que tenia otra entrada a su casa por esta calle y era donde guardaba su famoso mosquito, y tambien Luky el de la Galera que iba todos los dias a esperar que saliera su novia (hija de Lobo) a la puerta de su casa,
    Todos los mencionados y algunos que no he citado podrian dar fe de las delicadezas del dichoso loro.

  4. LSA

    JOSEPA, cuando yo iba o volvía del colegio de San Estanislao, vulgo "La Pesacadería", también pasaba por la calle Alquiladores (Teniente de Navío Quesada Piury). A la mediación, entre la calle Larga y Misericordia, a la derecha hay una casa, hoy deshabitada, donde en un balcón estaba el loro que nos ocupa. Efectivamente decía "Hijo de ...", pero además tenía un repertorio más amplio de improperios que iba aprendiendo de los viandantes y que le soltaba a todo el mundo. A la entrada al trabajo de los impresores, tipógrafos, litógrafos etc que estaban en "Gráficas Andaluzas" (Alquiladores, esquina y vuelta a Misericordia, en la acera de enfrente) éstos se sentaban, mientras no llegaba la hora de entrar en los escalones de las casapuertas de las casas y mientras tanto, le decían cosas al loro para que las aprendiera. Es un loro de mi niñez . Otro es el muy devoto de Lolita Serafina.

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