2.746. Manolo Botella. Un marino en su tierra.

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Cuando nacemos tenemos una Hoja de Ruta, como se suele decir ahora, que comienza a partir del momento en que asomamos la cabeza al mundo que nos rodea. Depende donde esto suceda, para que tu recorrido vital sea de uno u otro signo. Normalmente la vida se inicia por lugares cómodos y continúa por planicies, llanos, colinas, valles y así, hasta que llegan las montañas y los dientes de sierra que te acechan.

Manolo Botella López hizo el recorrido inverso. El plan de ruta que recibió estaba invertido, pero él lo asumió y, en lugar de tierra adentro, se vio impelido a hacerlo mar adentro y así tuvo la oportunidad de enfrentarse a mares en calma chicha o llana, rizada o de marejadilla, gruesa o arbolada, montañosa y, a veces, enorme o confusa.

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Pesquero ‘Cristo del Sudor’, primera embarcación en la que navegó en 1959, cuyo armador y patrón era Miguel Femenía Carratalá.

Su vida fue una lucha contra la sentencia senequista de que “No hay viento favorable para el marino que no sabe adónde ir”. Él sí sabía donde quería ir y, en función de su conocimiento, marcaba sus singladuras sin importarle lo bonancible o proceloso de la mar.

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Libreta de inscripción marítima de la Marina Mercante Española, correspondiente a Manuel Botella.

Hasta que un día, de tanto enfrentarse a la naturaleza, ésta le envió un “Abnormal Wave” (Ola anormal), ola de más de 20 metros de altura, que se lo tragó y lo retuvo más de siete años en sus entrañas, cuando él esperaba que, como Jonás, sería vomitado a los tres días.

Luchó contra ella con todas sus fuerzas, a pesar de que varios tiburones le apresaban su garganta. Se rindió. Su arboladura desmantelada sucumbió ante las ineluctables fuerzas de la naturaleza. En lugar de seguir enfrentado a ellas, se amoldó, (si no puedes con tu enemigo, alíate con él) y un día vio la Luz, con mayúscula, y no tardó mucho en ver la luz del sol y comenzó a navegar hacia tierra firme y a remansarse en los médanos, pero sin quedar derrelicto y a abandonar sierras y cortados y a pasear por las praderas de la mano de Galileo, de Platón, de Sócrates y de Aristóteles.

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Pesquero ‘Castillo de Santa Catalina’. Fue el primero de los tres naufragios a los que sobrevivió. Año 1964. En 1985 sufre quemaduras de consideración en el pesquero ‘Lloret Aveño’, que acaba naufragando. Su última experiencia traumática de estas características, en 1997, en el pesquero ‘Draguso’ en Larache (Marruecos).

Comenzó a emprender su crecimiento interior y a emocionarse con la lectura, a llorar con la poesía y a volver a ser persona y, también, a enriquecer su espíritu nutriéndose de ese huerto donde se siembran ideas, historias, comportamientos y donde, de vez en cuando, aparecen mariposas, que distraen su atención con fintas que, en su seguimiento, le acompaña la inspiración y es capaz de interpretar la maravillosa naturaleza a través de tres versos, 5-7-5, en forma de haiku, y lograr que se emocionen sus cientos de seguidoras embelesadas por la sensibilidad que consigue transmitir.

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Manolo Botella en el ‘Eslibanfina’, el tercer barco de su propiedad. Año 1978. El primero fue el pesquero ‘Pedro Sena’, que cambió a Diego Pérez ‘Batete’, por el pesquero ‘Hermanos Carrillo’.

No se olvida de lo que fue. Conserva una prodigiosa memoria de lo que pudo ser y no alcanzó. Ahora, al amparo de una modesta pensión, vuelve a ser feliz en su jaula de papel, esta vez voluntaria, que representan su ordenador y sus amigos de Facebook. Y en este apacible anhelo es donde se refugia hoy mi amigo Manolo Botella. /Texto: Alberto Boutellier Caparrós.

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