2.773. Norberto Juan Ortiz Osborne. Landismo de guapo.

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He conocido a señoritos de mastín en el despacho, como Borbones con ballesta, y a otros de gorrión de manzanilla y velas de mocos como tocino de puchero, tiesos igual que su traje. Los he conocido pijos y toreristas, bodegueros y amazonas, crísticos y puteros, rancios y percherones. Los hay que son como indios de madera con apellido en tabernas de caracoles. Otros se llaman trabajadores porque tienen que vigilar que el sol are sus tierras o abarquille el vino igual que la mucama enciende la chimenea, rozando oro con madera. Hay aún muchos señoritos, simbólicos o multinacionales, de ojal o alberca.

Bertín Osborne [Norberto Juan Ortiz Osborne (Madrid, 7 de diciembre de 1954)] es un señorito como si Lorenzo Lamas fuera señorito, entre rey de la cama y vaquero de vacas femeninas. No es andaluz de nacimiento, sino de sombra, de querencia, de familia, entre Jerez y El Puerto, donde las vides y el viento se cambian los volantes y el «don» quita aún los sombreros hasta a los cerros.

Bertín es un señorito diletante de sí mismo, con el oficio de sus morritos y el negocio de su pechera. Empezó a cantar de joven, por diversión, en discotecas, como si fuera Los Pecos empaquetados, y se hizo crooner de jamonería. Sus canciones han sido siempre horrorosas y quedaban como si un locutor nocturno de vacaciones quisiera enamorar a tu tía soplándole los rizos de la oreja. Pero tenía planta y ojazos, y con eso se puede hacer una carrera como de tenista. Y alimentar una fama de golfete, de picaflor, de calavera, entre la piscina y el establo, entre el polvo de descapotable y el de zahón.

Bertín ha hecho mucho tiempo de su póster chicloso de los 80, ha participado en culebrones y ha presentado cualquier cosa, lo mismo calentones de eskay que concursos de niños, porque se fue convirtiendo en una especie de cachondo de todos los registros, un cachondo universal, el vividor de moflete ancho, alguien que puede pasar de Ronald McDonald a Gambrinus en bolas. Pero siempre ha tenido una gracia poco fina, de segurata, de mili, además de esas ideas que uno le supone a un taxista rancio. Y entre el segurata, el quinto y el taxista, lo que queda es un domingo en una güisquería.

La vida también le dio sopapos y la madurez ha ido llevándolo hacia algo así como un tipo familiar y confortable que pretende trascender en la barbacoa y deja pensamientos de aspersor. Se quiere redimir con un como monacato hogareño del sofá esquinero, de la chaise longue, idea de la que seguramente nació ese programa en el que es capaz de conseguir que el personal atienda a la lavandería de alguien sin interés o, al revés, que gente interesante no diga nada que merezca la pena.

En cualquier caso, que se igualen a él. O a la España gasolinera en la que Bertín Osborne sigue pegado en la pared como icono de un landismo de guapo y de rico. Se muestra como un rey en chancletas, hace de académico de la filosofía paellera y deja que la vulgaridad pasada por el tacto de un albornoz se tome por sentido común, autenticidad y hasta ternura. He conocido bastantes señoritos y el que no dejaba cáscaras en la barra las dejaba en la conversación. Pensar en Bertín Osborne es como pensar en Lorenzo Lamas comiendo altramuces en la cama. /Texto: Luis M. Fuentes. Ilustración: Idígoras & Pachi.

Un comentario en “2.773. Norberto Juan Ortiz Osborne. Landismo de guapo.

  1. García Misa

    Que mala es la envidia. Me gustaría ver el carrerón que tiene el articulista. Machacar a los de nuestra tierra se está convirtiendo en un habito por una parte de los portuenses. No lo entenderé nunca. Seguid tirando piedras sobre nuestro propio tejado que así nos vá.

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