3.166. Noches de Feria

Las noches de Feria  son larguísimas, chapotean entre farolillos, sudor alegre y se te produce un hormigueo en la nariz del sol naciente y un regusto a resaca feliz en el paladar mientras compartes la última copa. Los días de Feria  abren una rendija por la que se asoma el verano, aunque muchos, a estas alturas, están hartos de playa. /En la imagen de izquierda a derecha, el vendedor de mariscos, médico desconocido, Luis Soriano, Nono, Castro y Pepito Comandante. Velada de la Victoria. 1960. Foto: Colección VGL.

Noches de Velada en el Paseo de la Victoria, en la entrada principal a dicho parque.

El tostadero matinal de Las Banderas deja un morenillo agromán de paseos feriantes, entre raspaduras de coco y humo de adobo. El vapor estercolado de los caballos aroma característicamente, mientras se achicharra el cogote en el encuentro con aquel compañero de mili del que no supiste nada hasta que se casó con una de tu barriada.

Los días de Feria son un experimento de agosto, y sus noches son sabrosas, tendentes al amor, al ruido y a encontrar la sorpresa de tu vida. Las noches de Feria  también tiene un lado angosto, corto y repentino.
Botellones y bullas aparte, una buena noche de Feria  coloreada en El Colorado vale para desterrar los malos momentos del resto del año. El alma se amodorra de un cosquilleo risueño que se confunde con el cansancio. La ducha del anochecer te hace saltar al terreno de juego con las ganas de zambullirte entre las bombillas y el eco de coplas que nunca supiste bailar. Las noches de Feria  son tuyas, rebozadas en risas y abrazos en sabroso cóctel con un fino que te hace saber beber. La Feria  levanta la alambrada de los sinsabores, te empuja al buen tiempo.
Te empuja a vivir, a dejarte llevar, a acurrucarte en el presente y a investigar hasta dónde eres capaz de aguantar de pie sin darte cuenta. La Feria  es una ONU de los sentimientos, donde cabe el más sincero de los abrazos y la sonrisa más cruel.
Todo gira, ¿cómo los carruseles?, no peor, como los diabólicos cacharritos de última generación. En ese reino del infierno la epiglotis se te puede fundir con los higadillos y el cuerpo forma parte de un gigantesca Turmix donde acabas hecho papilla anónima. Pero, insisto, eres feliz.
La Feria  es la alegría al alcance de la mano, esa felicidad en calderilla, y que se convierte en una breve realidad, mientras se rifa el mejor de los momentos en las tómbolas del encuentro. La Feria  es la puerta del sol, la antesala del calor veraniego, la salita de espera de las vacaciones mientras te inventas un mundo nuevo sólo para ti. Ya vendrán las malas ocasiones, los abismos al borde del desencanto.
Hoy es Feria  y vamos a disfrutar, como ayer, como pasado mañana, mezclando química mutua y una alameda para esperar. Un beso a la medianoche, una sevillana eterna y un brindis al salir ese sol de la puerta. /Texto: Francisco Andrés Gallardo.

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