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4.173. Ángel Mendoza. La bala que no mató a Alberti

El más universal de los escritores gaditanos falleció casi centenario el último año del milenio pasado, rodeado de los suyos, reconocido internacionalmente y al arrullo del mar de su Bahía milenaria al que tanto cantara; pero pudo haber dicho adiós a la vida brutalmente asesinado mucho tiempo antes, en los tensos días de la Transición Española que vieron su regreso tras un dilatado exilio. 

Es la especulación central que articula ‘El año del poeta’, la última novela de Ángel Mendoza, publicada por el sello El Boletín y con sugerente portada del artista gaditano Paco Mármol. Será presentada mañana viernes 29 a las 20.00 horas en la Fundación Alberti por el abogado y escritor García de Romeu, y contará con la presencia de un testigo de excepción de aquel histórico retorno: Rafael Gómez Ojeda, veterano militante comunista que llegaría a primer edil de la casa consistorial porteña.

La historia transcurre en El Puerto de Santa María durante la primavera de 1977, cuando se rumoreaba que el autor de ‘Marinero en tierra’ pisaría la Ciudad que lo vio nacer una vez asentado en Madrid con su primera esposa, María Teresa León, donde había aterrizado desde su exilio romano poco después de la inesperada legalización del Partido Comunista. 

Su vuelta fue un empeño personal del rey Juan Carlos I para apuntalar la necesaria imagen de reconciliación de la flamante democracia que celebraría sus primeras elecciones generales el 15 de junio. Pero no todo fue normalidad y consenso en aquel tiempo de ebullición política. Contra el relato fundacional pacífico de la Transición hay estudios que tasan en más de setecientas las muertes provocadas por acciones violentas, tanto de una extrema derecha que se negaba a asumir un cambio de régimen como de la extrema izquierda que veía insuficiente la reforma política hacia una monarquía parlamentaria. Sólo tres meses antes de la bienvenida a los Alberti fueron abatidos a balazos cinco abogados laboralistas en la calle Atocha de Madrid.

Disturbios, manifestaciones, secuestros, asesinatos... fue la España que se encontró quien dijo haberse marchado “con el puño cerrado, porque era tiempo de guerra, para volver con la mano abierta de fraternidad”. 

Terminar con la vida del más célebre y mediático de los exiliados habría amputado la dorada vejez de quien ya era uno de los autores más importantes de la literatura en castellano del siglo veinte. Imposibles, en ese caso, los viajes por España difundiendo su obra junto a Paco Ibáñez, Paco Rabal o Nuria Espert y consumando su vocación de “poeta en la calle”; inexistente el Premio Cervantes de 1983 que recibió de manos del rey que un día le pidió poner fin al exilio; tampoco se habría publicado su obra de madurez, con títulos imprescindibles en su producción como Versos sueltos de cada día o la segunda y tercera parte de La arboleda perdida; no habría recibido el Premio Nacional de Teatro ni habría asistido a cómo los estudiosos de su obra se daban cita anual en la Fundación que lleva su nombre. 

Pero hay una pregunta que trasciende la propia biografía del poeta para elevarse al plano de la historia colectiva: cuál habría sido el destino de la joven democracia española si alguien hubiera detenido el corazón recién llegado de Rafael Alberti.

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