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No. No me refiero a esa mirada húmeda de las beatas, ni a ese velo que se les pega en la cara como tan magníficamente las describe en el juicio a la guerra en ‘Juego de espejos’ el dramaturgo, historiador del teatro y crítico literario español Francisco Ruíz Ramón. Además de lo dicho, en El Puerto y alrededores se llamaba 'hacer la beata' cuando se deslumbraba a alguien y se le molestaba con el reflejo del sol, de la luz dirigida a través de un espejo. Mandar un reflejo también era una forma de comunicarse en las grandes distancias.
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