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4.307. El Cristo del Amor. Una historia de varias casualidades

Casualidades. Sincronicidades. Física cuántica. Inconsciente colectivo. Cierre de círculo... El catedrático de psicopatología de la Universidad de Sevilla, Pedro José Mesa Cid, ofreció el pasado 7 de marzo una conferencia en el convento de las Capuchinas, en el pago de la Caridad: “Historia de un Cristo con coincidencias significativas” (Penal del Puerto – Sevilla – Convento de las Capuchinas)

En su intervención compartió una historia extraordinaria de una familia, su familia, con la réplica del Cristo del Amor que data de 1938, y como se relaciona una serie de coincidencias significativas o sincronicidades hasta la actualidad. Reproducimos las palabras del catedrático, por gentileza de los miembros del grupo de oración radicado en la capilla del citado convento. 

«Somos como islas en el mar,
separadas en la superficie, 
pero conectadas en la profundidad»
William James 1842-1910
Filósofo y Psicólogo en Harvard y fundador de la Psicología Funcional

Nuestra vida es un libro que vamos escribiendo día a día porque, en cada momento, acontecen casualidades estupendas y otras que, como sabemos, no resultan tan positivas.

Ahora bien, resulta curioso cómo, desde las primeras décadas del siglo XX, algunos científicos, especialmente muchos físicos, en lugar de llamar casualidades a ciertos acontecimientos aparentemente casuales, prefieren llamarlos coincidencias. Porque, de hecho, vivimos ciertas situaciones con coincidencias significativas que para nosotros no parecen tener significado, seguramente porque no somos conscientes de que cada cosa que nos encontramos, vemos y sentimos son resultado directo de cada una de nuestras decisiones.

 Aunque nos hayan pasado desapercibidas, existen casualidades que van más allá del mero azar y de lo que la probabilidad estadística puede explicarnos, más frecuentes de lo que pensamos. Si se analiza la Historia se verá fácilmente que está llena de estas casualidades extraordinarias y, hay tantas, en ámbitos tan distintos y en épocas tan diferentes, que un simple listado daría para llenar más de un libro.

| El actor Anthony Hopkins

La casualidad de Anthony Hopkins
Una de las más conocidas, por la relevancia del personaje, tiene al gran actor británico Anthony Hopkins como protagonista. Antes de que comenzara el rodaje de la película "La chica de Petrovka", buscó por todas las librerías de Londres la novela de George Feifer en la que se basaba el guión, pero no consiguió encontrarla. Un día, en la estación de metro de Leicester Square encontró precisamente ese libro que alguien había olvidado en un banco. Un par de años más tardes, durante el rodaje de la película, Hopkins tuvo ocasión de conocer al propio Feifer y le refirió la anécdota. La sorpresa del escritor fue mayúscula porque el había perdido un ejemplar de su novela exactamente por las mismas fechas. No fue difícil deducir que se trataba del mismo ejemplar, ya que Feifer había llenado el libro de anotaciones en los márgenes.

Para nuestra mente racional, los hechos relatados en esta historia, a título de ejemplo, no serían más que simples casualidades, pero ¿y si no es así?, ¿y si hubiera otra explicación científicamente plausible para tal cúmulo de casualidades, pero cuyas causas no han podido ser explicadas aún por la ciencia?

| Carl Gustav Jung, padre de la psicología y figura clave en los comienzos del psicoanálisis. Casualidad vs sincronicidades.

La Teoría de la Sincronicidad
En 1952 -sólo tres años antes de que yo naciera en Sevilla en uno de los días más calurosos del año 1955-, uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, el médico y psicólogo suizo Carl Gustav Jung, en un clima mucho más fresco, desarrolló una teoría basada en el concepto de sincronicidad, para definir la simultaneidad de dos o más sucesos en el tiempo, pero de manera aparentemente acausal, es decir, sucesos que guardan una relación significativa entre sí, pero que no son causa uno del otro, sino que su relación es de contenido. 

Por tanto, para Jung hay eventos que no son simples casualidades producto del azar, sino sincronicidades.

Lo novedoso de la teoría de la sincronicidad consistió en ser propuesta por un psicólogo en colaboración con un premio Nobel de física y uno de los padres de la física cuántica, Wolfgang Pauli. El trabajo de Jung, titulado “Sincronicidad como principio de conexiones acausales”, fue publicado en su libro Interpretación de la naturaleza y la psique, junto a una monografía de Pauli titulada “La influencia de las ideas arquetípicas en las teorías científicas de Kepler”.

El encuentro entre el psicoanalista Jung y el físico Pauli: la experiencia psicológica de la sincronicidad

Sincronicidades o coincidencias significativas
Y ésta es la palabra clave: sincronicidades o coincidencias significativas. Porque, como antes dije, todos hemos podido experimentar coincidencias improbables, hasta el punto de resultarnos cuasi mágicas, e incluso reveladoras de algo más profundo que la naturaleza que percibimos a nuestro alrededor, como si existieran lazos invisibles entre personas, sucesos o vivencias que tan sólo podemos explicar como meras casualidades.

Lazos invisibles como los que, por cierto, la física cuántica llama cuerdas, es decir, estados vibracionales que unen invisiblemente electrones, fotones y quarks.

O sea, como escribió Williams James, islas separadas en la superficie, pero conectadas en la profundidad. ¿Recuerdan?

Tras estudiar cientos de casos relacionados con dichas experiencias, Jung acabó convencido de que existe una íntima conexión entre cada individuo y su entorno, que, en determinados momentos, ejerce una atracción que acaba creando circunstancias coincidentes, teniendo un valor específico para las personas que las viven, un significado simbólico o siendo una manifestación externa del subconsciente colectivo. Son ese tipo de eventos los que solemos achacar a la casualidad, al azar, la suerte o incluso a la magia, según nuestras creencias.

Cuando empecé mis estudios en la universidad, yo ni siquiera podía imaginar que Carl Gustav Jung marcaría de algún modo mi vida, pero he aquí que treinta y dos años después de la primera publicación sobre su teoría de la sincronicidad, en 1984, defendí mi tesis doctoral, “casualmente”, sobre dicha teoría enmarcada en la vida y la obra del gran pensador suizo.

¿Casualidad o sincronicidad?, la historia del Cristo del Amor
Por supuesto que aquello podía tratarse de otra simple casualidad, porque no era ni la primera ni la última tesis dedicada a este asunto, pero si Carl Gustav Jung hubiera conocido la historia que voy a contar a continuación, no habría tenido la menor duda en considerarla como un perfecto ejemplo de su teoría de la sincronicidad, porque se trata de una historia preñada de coincidencias significativas, relacionadas con la imagen de un Cristo, que comienza en 1930 en El Puerto de Santa María, continúa en Sevilla y termina 90 años después en El Puerto de Santa María, como cerrando un círculo.

Es la historia de una familia, de la imagen del crucificado conocido como Cristo del Amor y de la réplica que le hizo un preso de la cárcel de Sevilla en 1938. Una historia que afecta a varias personas que han vivido en diferentes coordenadas del espacio y del tiempo, en muchos casos sin conocimiento mutuo, pero manteniendo un nexo entre ellas a modo de una cuerda invisible que pareciera guiar una serie de coincidencias, tan más allá de la probabilidad estadística, que resulta difícil creer que sean producto de meras casualidades.

Una historia tan extraordinaria que, en mi fuero interno, también he llegado a creer que, al menos, puede intuirse que dichas casualidades tienen un significado profundo que desconocemos, como si detrás de ellas se escondiera un mensaje oculto que no alcanzamos a desvelar.

| Entrada a la antigua prisión central en El Puerto de Santa María.

Fue mi abuelo, Máximo Mesa Barrera, Oficial del Cuerpo de Prisiones, el primer eslabón de esa cadena de sincronicidades, al solicitar traslado desde la cárcel de Sanlúcar la Mayor, donde había nacido, al Penal de El Puerto de Santa María.

Encuentro con el Cristo del Amor
Máximo, con mi abuela Rosario y sus tres hijos, María, Pedro (mi padre) y José, se van a vivir, “casualmente”, a una casa en la calle Virgen de los Milagros, que, “casualmente”, se encontraba justo enfrente del Monasterio de San Miguel, Convento de las Reverendas Madres Capuchinas, donde se encontraba expuesta la imagen del Cristo del Amor, también conocido como Cristo Negro. Una talla sobre cuyo autor aún se discute, pero que Francisco González Luque, catedrático de Geografía e Historia del IES Juan Lara, atribuye a Francesco María Maggio, escultor genovés afincado en Cádiz en el siglo XVIII, o a alguno de sus discípulos.

 

| Vista aérea del Convento de las Capuchinas, hoy hotel Monasterio y la vivienda de Pedro en la calle Larga.

Siendo personas muy creyentes, sólo tenían que cruzar la calle para ir a misa y, según palabras de mi abuelo, la primera vez que vio a ese Cristo desgarrado pensó: “le llamarán del Amor, pero he sentido cualquier cosa menos eso, porque es una visión muy desagradable”. Sin embargo, mi abuela desarrolló desde el primer momento una especial devoción por el crucificado, al contrario que mi tía María, que era una niña muy impresionable y que se negó en redondo a volver al convento porque la imagen le resultó terrorífica, hasta el punto de producirle pesadillas durante meses.

Creo que no le faltaba razón, porque el Cristo presenta una extraña paradoja: un rostro sereno sobre un cuerpo politraumatizado, tan lacerado que incluso permite ver perfectamente huesos y tendones a través de las heridas, extrañamente coincidentes, por cierto, en su topografía anatómica con las de la imagen de la Sábana Santa de Turín. Nada que ver con la belleza de los Cristos barrocos de Sevilla, con las heridas y la sangre justas para inspirar más ternura que terror.

Recuerdo que, cuando le mostré algunas fotografías que había hecho mi abuelo a mi amigo el Doctor Antonio Hermosilla Molina, autor del extraordinario libro La pasión de Cristo vista por un médico (Sevilla, Guadalquivir Ediciones, 2000) me dijo: “Qué lástima no haber conocido esta imagen antes de escribir el libro. Me habría ahorrado muchas horas de trabajo, porque muestra la realidad anatómica del martirio mejor que cualquier escáner”.

| Cárcel de La Ranilla.

En 1935, mi abuelo consigue el traslado a la cárcel de Sevilla, conocida como “La Ranilla”. Ahora los hijos ya son cuatro, porque, durante su estancia en El Puerto de Santa María, ha nacido Encarnación, y están encantados con el futuro que les espera. María continuaría sus estudios de piano en el conservatorio, Pedro iría a la universidad para estudiar Filosofía y Letras y José podría hacer realidad su sueño: ser jugador del Real Betis Balompié, concretamente portero, o guardameta, como se decía entonces.

Encontraron una casa típicamente sevillana en la calle Santas Patronas, en el barrio de El Arenal, muy cerca de la plaza de toros de la Real Maestranza y, “casualmente”, también del río Guadalquivir. 

Sólo cuatro meses después de la llegada a Sevilla, mi tío José -Pepito para familiares y amigos- había logrado entrar en los juveniles del Betis con 15 años recién cumplidos y se hablaba de él como de una gran promesa. Mi padre estaba a punto de empezar su carrera, y mi tía María soñaba con triunfar en los escenarios de medio mundo como gran pianista.

Ni un nubarrón en el horizonte…, y precisamente por eso no estaban preparados para la tormenta que se avecinaba.

La tragedia
Un mal día, Pepito, que aprovechaba cualquier ocasión para jugar al fútbol, se acercó con algunos amigos al río, a una zona que hoy es un embarcadero lleno de terrazas y paseos para viandantes, pero que entonces era como un pequeño acantilado sin protección alguna. La cercanía de su casa al río, por supuesto, era casual, pero también podría haber elegido otro sitio para jugar, como el prado de San Sebastián. Pero ¿el destino? así lo quiso.

Nunca se supo con exactitud lo que pasó. Sus amigos contaron que se acercó al agua para limpiarse las heridas de las rodillas, perdió el equilibrio y se cayó.

Él no sabía nadar, ninguno de sus amigos sabía, lo cual era normal en esos años, así que, en un visto y no visto, el Guadalquivir se lo tragó y la Guardia Civil tardó tres días en encontrar su cuerpo cerca de San Juan de Aznalfarache.

De pronto, se acabó la alegría de la familia. Mi abuela Rosario, que si hubiera nacido hombre habría sido sargento de carabineros, menuda de cuerpo, pero con un carácter muy difícil, desarrolló un odio cartaginés contra el mundo y publicó el peor de los edictos de la época: luto indefinido.

El luto, en 1935, era persianas echadas y silencio riguroso. Así que María se despidió de sus clases de piano en el conservatorio, y nada de visitas, nada de salir, nada de fiestas.

Pedro (al que en mi familia siempre llamaron Maximito, cual si fuera una pequeña réplica de mi abuelo, aunque no se le parecía en casi nada), como era hombre, podía llevar medio luto, un brazalete negro en la chaqueta. Encarnación no se enteró de nada, porque era 10 años más pequeña que el difunto.

La Guerra Civil y la cárcel de Sevilla
En medio de aquella tragedia familiar, surgió otra aún peor. Estalló la guerra civil y la cárcel de Sevilla no daba abasto para tanto preso: asesinos, simples carteristas y anarquistas mezclados con intelectuales que aún se estarán preguntando cómo habían acabado allí. Entre ellos, Juan de Mata Carriazo y Arroquia, catedrático de Prehistoria e Historia Antigua y Medieval de la Universidad de Sevilla y descubridor del tesoro tartésico de El Carambolo, que, posteriormente, fue profesor de mi padre en la universidad, con el que mi abuelo, personaje singular que, desde muy joven, tenía inquietudes intelectuales y había escrito un par de libros sobre la historia de Sanlúcar la Mayor, hizo una gran amistad.

| Juan de Mata Carriazo, descubridor del Tesoro del Carambolo | Foto: Universidad de Sevilla

Como subdirector de la prisión, tuvo que repartir disciplina y benevolencia a partes iguales, adquiriendo tal reputación y respeto entre los internos que, al estallar un motín, su despacho fue protegido por uno de los líderes -un conocido militante comunista al que mi abuelo llamaba cariñosamente “puñetero rojillo”- que se colocó en la puerta con una barra de hierro en las manos gritando: “¡Podéis quemar lo que os salga de los cojones, pero el despacho de Don Máximo no se toca!”. Sorprendente, ya que mi abuelo era católico y de derechas, pero, hasta en estas cosas, parece que España es diferente, o, al menos, lo era.

El Cristo del Amor, otra vez
En 1938, tres años después de la muerte de mi tío, desesperado por el severísimo luto impuesto por mi abuela, que no daba su brazo a torcer ante las súplicas del resto de la familia, habló con el capellán de la cárcel buscando auxilio y en la conversación surgieron los recuerdos de su vida en El Puerto, del convento de las Capuchinas y del Cristo del Amor, del que, como ya he dicho, era muy devota mi abuela.

En un momento dado, le confesó que se arrepentía de haber pedido el traslado a Sevilla, porque desde entonces todo les había ido mal y que, si pudiera, traería él mismo aquella imagen crucificada de más de dos metros para ponerla delante de su mujer, a ver si le inspiraba algo de consuelo y capacidad de perdón.

Entonces, el capellán recordó que en la cárcel había un interno que, “casualmente”, era escultor y le propuso a mi abuelo que fuera a verlo para pedirle que hiciera una réplica de ese Cristo. “--Nunca será lo mismo, pero hay que intentarlo, porque ya sabe usted Don Máximo: los caminos del Señor son inescrutables”, sentenció el sacerdote.

| Réplica del Cristo del Amor realizada en Sevilla en 1938.

Y tan inescrutables. El preso, cuyo nombre, por desgracia, he olvidado, aceptó la petición encantado por poder suavizar el aburrimiento de las interminables horas en la cárcel, e hizo una réplica, una pequeña talla, a mi juicio espléndida, a partir de algunas fotografías que le facilitó mi abuelo.

Así que el “hermanito” del Cristo del Amor entró un buen día en el número 36 de la calle Santas Patronas, ocupando un lugar preferente en un antiguo buró de caoba con incrustaciones de madera de naranjo que había hecho con sus propias manos casi un siglo antes, mi bisabuelo, Pedro de Mesa y Cárdenas.

Y ocurrió un milagro, o algo que se le parece mucho, porque mi abuela al fin pudo llorar por primera vez en tres años y descargar su tristeza y su ira. Así que, finalmente, decidió acabar con el luto.

Conviví con esa imagen durante casi 30 años, hasta que acabé mis estudios y me marché de casa. Mientras tanto, mis abuelos murieron y mis tías, ambas solteras, se fueron a vivir a otra casa, llevando con ellas su queridísima imagen del Cristo. A mediados de los años noventa murió mi madre y yo, que por entonces vivía en Jerez de la Frontera, traje a mi padre a casa porque se encontraba solo y delicado de salud, a causa de una enfermedad pulmonar crónica.

Unos meses después, hubo que ingresarlo en el Sanatorio de Santa Rosalía (hoy Hospital San Juan Grande), por una grave recaída que, afortunadamente, superó, y ya en casa me dijo: “Me gustaría ir al convento de las Capuchinas para rezarle al Cristo del Amor, porque estoy seguro de que ha tenido mucho que ver en mi recuperación”.

En aquella primera visita, a la que yo no pude ir, de las varias que haría durante los siguientes años, le acompañó, “casualmente”, mi amigo Atanasio Castro, a quien le cuento parte de esta historia.

| El Cristo del Amor expuesto en posición casi horizontal

Cuando llegaron al convento, su sorpresa fue mayúscula, porque, “casualmente”, las hermanas capuchinas habían descolgado el crucificado, creo que porque estaban haciendo algunas obras en la capilla, manteniéndolo expuesto en posición casi horizontal, de manera que pudieron apreciar todos los detalles de la imagen desde muy cerca.

Por entonces, mis tías habían vuelto a vivir en Sanlúcar la Mayor y, en una de mis visitas, al contarles todo esto, María me pidió que nunca abandonara la imagen del Cristo y que me quedara con ella cuando murieran. Encarnita, más portuense que Romerijo, aunque había vivido en El Puerto muy poco tiempo, me dijo: “--A ti lo que te falta es que vayas a vivir a mi pueblo, porque mejor que allí no vivirás en ningún sitio”.

Tras morir mi padre y mis tías, conozco a Ana, mi mujer, y, como obedeciendo al deseo de mi tía la portuense, nos vinimos a vivir a El Puerto en 2005. En la mudanza, ella se encargó de guardar la mayor parte de las cosas, yo me olvidé de la imagen y en casa nunca se volvió a hablar de aquella historia.

Hasta que, a mediados de 2019, Atanasio Castro me comenta que, “casualmente”, los miembros de una asociación conocida como Grupo de Oración del Cristo del Amor le habían comentado que estaban buscando a alguien que les hiciera una réplica de la imagen, porque las Madres Capuchinas no permitían que la original procesionara bajo ningún concepto.

Él les dijo que, “casualmente”, la réplica ya existía y les contó algunos detalles de esta historia que él ya conocía por mi padre y por mí mismo. Me preguntó si yo aún tenía la imagen y le dije que no había vuelto a verla desde la mudanza, y entonces mi mujer nos dijo: “Debe de estar, pero habrá que buscarla en el sótano”.  

Aparece la réplica
Esa misma tarde, apareció en el salón con un gran envoltorio de plástico anunciando: “¡Creo que lo he encontrado!”. Abrimos el paquete con rapidez, pero mejor no haberlo hecho, porque al ver el contenido nos quedamos desolados.

| Estado en el que se encontraba la réplica del Cristo del Amor.

La cruz estaba intacta, con un pequeño envoltorio pegado a su base donde estaban las potencias originales, pero de ella sólo pendían ambos brazos, sujetos por los clavos originales y con los dedos de las manos muy deteriorados; las piernas estaban bien, perfectamente apoyadas en la base de la cruz, pero cortadas a la altura de las rodillas; el tronco separado de unos y otras, pero también intacto, y los dedos…, los dedos estaban amputados.

Era la visión de una zona de guerra. Los vaivenes de la mudanza y el paso del tiempo habían convertido aquella imagen, que había sobrevivido en mi familia a varias tragedias, que había inspirado una especial devoción a mi abuela y a mi padre, en un perfecto desastre.

Pero Carl Gustav Jung parecía velar por nosotros, y no iba a permitir que desmontáramos tan fácilmente su teoría de la sincronicidad, porque, “casualmente”, la hija pequeña de mi mujer, María José, se había graduado en Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural, así que, “casualmente”, teníamos una restauradora en casa, algo que, como todos sabemos, es muy común en la mayoría de las familias, porque ¿quién no tiene una restauradora en casa para que resucite a un Cristo destrozado de 90 años de antigüedad cuando lo necesitas?

Le pregunté que si podía hacer algo para salvar la imagen y, siendo una persona de pocas palabras, sólo me respondió un escueto: “Lo intentaré”.

Cuando vi la imagen unos días después no daba crédito. El pequeño, pero soberbio, Cristo del Amor estaba de nuevo completo, con cada cosa en su sitio, pero lo que más me impresionó fueron los dedos, que ¡habían rebrotado íntegros, como por arte de magia! Un perfecto y preciso trabajo quirúrgico hecho por una joven y prometedora restauradora.

| La réplica cedida por Pedro J. Mesa Cid a los fieles del Grupo de Oracion del Cristo del Amor, delante de la imagen original.

Tras tantas peripecias, no tuve que pensarlo mucho y decidí ceder la réplica a los fieles del Grupo de Oración, para que pudieran ver cumplido su anhelo de venerarla y procesionar con ella en el claustro del Convento de las Capuchinas.

Creo que así he cumplido con mi destino, o como queramos llamarlo, porque no hay nada como hacer felices a quienes desean serlo con cosas tan sencillas. Y, además, ¿en qué otro lugar podría estar mejor la pequeña imagen que junto a su hermano mayor?

| Miembros del grupo de oración junto a Pedro J. Mesa Cid.

Podría decir “misión cumplida”, porque así acaba este breve relato sobre un Cristo detrás de una cadena de coincidencias significativas. Parece que se ha cerrado el círculo, pero una vocecita interior me dice que quizá no es así y que el futuro aún podría traer algunos giros inesperados a esta historia.

Pedro José Mesa Cid
Pedro Mesa Cid estudió Psicología y Medicina en la Universidad de Sevilla entre 1974 y 1980, obteniendo el Premio Extraordinario de Licenciatura como mejor alumno de su promoción. Tras haber sido alumno interno y haber ganado una Beca para la formación del Personal Investigador del Ministerio de Educación y Ciencia, ingresó en 1981 como Profesor Ayudante en la Universidad de Sevilla.

Obtuvo el título de Doctor en 1984 y, en 1986, el título de Master en Medicina Psico-somática en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Entre 1987 y 1994 fue director de un convenio de colaboración entre la Universidad de Sevilla y el Hospital Infantil Virgen del Rocío de Sevilla, para la investigación de los factores psicológicos que pueden influir tanto en el desarrollo, como en la prevención, de diversas patologías físicas y sus complicaciones, como el cáncer en la infancia.

Desde 1991 es Catedrático de Psicopatología en la Universidad de Sevilla, actividad que sigue desarrollando actualmente y que compagina con la asistencia clínica en su consulta y la formación de alumnos del Máster de Psicología Clínica y Sanitaria en el Hospital Serman de Jerez de la Frontera.

1 comentario en “4.307. El Cristo del Amor. Una historia de varias casualidades

  1. Pablo Bernal Fernández

    Saludos señor Pedro. Me sorprende, y muy positivamente, su artículo y devoción por el Cristo Del Amor. Así como que haya dado una conferencia en el convento de las Madres Capuchinas.
    Espero poder encontrarme algún día con usted y compartir sentimientos y anécdotas sobre nuestro Cristo.

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