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4.320. La viñeta de @elDescosido. Mucho ruido y muchos intereses

Cuando trabajaba en el aeropuerto de –antiguamente-- llamado- Barajas, tuve la inmensa suerte de cruzarme con un tipo –de entre los miles que van como pollo sin cabeza corriendo por las terminales-- que, en apenas veinte minutos de charla, tuvo la capacidad de poner mis arribas abajo. Me habló de la importancia de la implicación y del entusiasmo. Venía de ayudar en un colegio de un país subdesarrollado a niños desfavorecidos sin opción a la educación. Sin más opción que la que les brindaba el corazón de unos cuantos altruistas económicos independientes que dedicaban su tiempo al futuro de esos niños. El altruismo era económico porque en la transacción sentimental, lo que recibían era infinitamente superior a lo que entregaban. Por casualidad, meses después, leí el prólogo de Virginie Despentes para un libro de Paul B. Preciado. En el prólogo, Virginie, hacía mención a la importancia, precisamente, del entusiasmo; de la importancia de hacer política con entusiasmo.

Cuando el entusiasmo, la pasión y el altruismo se dan la mano sale una emoción bastante interesante en la que no hay cabida para la hostilidad, el desprecio o el sentimiento de amenaza. Porque estás enfocado en tu tarea, en lo importante; y eso se contagia.

Si esto lo extrapolamos a la política que llevamos viendo todos estos años y que se está coronando en estos meses, yo diría que de alguna de estas variables andan cojos los que nos gobiernan. Y cuando digo nos gobiernan, me refiero al gobierno español y a su oposición. Las actitudes políticas que estamos viendo deberían ser de todo menos contagiosas, porque hay un lodazal de gestos, medidas, mentiras y despropósitos que provoca un espectáculo bastante grotesco de cara, ya no al ciudadano confinado, sino a las víctimas de esta sin razón.

Para colmo, los medios de información --comprados por parte y parte-- tienen un argumento para cada invención y un problema para cada solución. Así no hay quién se aclare. Por eso todos los prismas están turbios y no hay manera de enfocar los objetivos.

A diario todos creemos que hablamos de política, pero en realidad no es así. Nos creemos que sí; que somos capaces de tirar del hilo, de analizar correctamente, de filtrar y todas esas cosas, pero al final nos la dan. Y cuando contestamos u opinamos sobre política, en realidad lo estamos haciendo sobre la publicación que alguien ha compartido de sabe quién desde qué medio y con qué propósito lo publicó. Y ahí nos enredamos en un debate sin fin sobre algo que nos supera, porque al final resulta que todo es un engaño, que todo es mentira. Como el Sistema.

Y en el mare magnum de cruce de acusaciones entre oposición y gobierno, gobierno y oposición -con nosotros jaleando- se nos van las cosas importantes que, como suele ocurrir en todos estos casos, siempre es nuestra gente; el pueblo. En el amplio espectro de la palabra. Desgraciadamente eso es lo único real en todo esto: las víctimas. Y cuando hablo de realidad en lo que a las víctimas se refiere hablo en términos humanos de sentimiento y pérdida, no de cifras. Hasta en eso cuesta ponerse de acuerdo, porque las cifras siempre tienen un baile intencionado, macabro y vergonzante cuando estas tragedias ocurren.

Yo no tengo muy claro a qué espera el Gobierno para decretar el luto nacional, entre otras cosas. Ellos que tienen la palabra pueblo en la boca cada día, pero es de ser poco inteligente -políticamente hablando- no haberlo decretado aún. Y si la inteligencia política no está presente, debería de estarlo, siempre en primer lugar, la humanidad y la empatía.

Las mismas que también le falta a la derecha para dejar de estar al acecho del gazapo para cazarlo de una forma oportunista. Nos va la vida en el voto porque nuestros políticos son muy generosos con lo ajeno.

Todos hablan de remar, pero lo promulgan desde sus atriles en diferentes idiomas y, claro, estas corrientes no entienden de lenguas.
Lo dramático de este país es que, ante un problema común, las injusticias o los errores, siempre ocurre lo mismo: unos lo defienden, otros lo denuncian y casi nadie los admiten.

No sé si la política es el espejo donde se mira la sociedad o la sociedad el espejo donde se mira la política; lo que está claro es que ese espejo, del lado que caiga reflejo y reflejado, se parece mucho a los espejos cóncavos del callejón del gato, dónde el conjunto de lo que debería ser ´´nosotros´´ cada vez aparece más deformado.

Quizás la premisa es errónea y no podremos reformar el ideal de ese ‘’nosotros’’ hasta que no nos atrevamos a romper el espejo para salga caminando nuestro yo, nuestro yo individual.
Ese que, hablando, puede que mueva gente, pero haciendo y dando ejemplo, arrasa.

De todas maneras, no me hagan mucho caso a mí tampoco, porque vaya usted a saber qué influencias tengo yo, de qué medio y con qué propósito para redactar todo esto. | Viñeta y texto: Alberto Castrelo.

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