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A mediados de los años sesenta conocí a Luís Rincón Noya en casa de Jaime San Narciso Altamirano y Tina Aguinaco Ibarra, gran médico y, si cabe, mejor persona y una gran compañera, donde acudía y se reunían con Esteban Caamaño Bernal, Isidoro Gálvez García, María de los Ángeles Fernández Cortabarría y el padre Ramón González Montaño, a quién yo acompañaba en algunas ocasiones y me quedaba en la sala de espera del consultorio, mientras charlaban y buscaban soluciones y mejoras sociales para los trabajadores. De aquellas reuniones en casa de (don) Jaime y Tina, tildadas de clandestinas por la dictadura, se beneficiaron cientos de trabajadores de los distintos sectores productivos de El Puerto, pues encontraron respuestas a sus reivindicaciones.

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