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Subiendo por la calle San Juan desde la Iglesia Mayor Prioral, empezaba (o terminaba, según los números de las casas) mi calle Zarza, o mejor dicho por aquellos finales de los sesenta, la calle del Cardenal Almaraz, todavía con el suelo de chinos, baches y tierra, que según el sitio y la época del año, se jugaba al boli, al salto múa, al clavo, al trompo, a la pared, al elastiquillo las niñas y a los toros los niños o a doblarse los tobillos jugando al fútbol, juegos que solo interrumpía algún coche que pasaba despacito de vez en cuando.

Lo que si pasaba por aquella calle en ruina sin ninguna casa en ruina (todo lo contrario que ahora) era un trajín de gente cada uno a lo suyo y a lo de los demás, pues más que una calle era un gran patio de vecinos, un parque infantil o mercado que cada casa tenía enfrente de sus casapuertas.

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