Saltar al contenido

Reconstrucciones con Inteligencia Artificial (IV) #6.456

La ciudad sin nombre de Doña Blanca: poder, comercio y territorio en crecimiento.

| Texto: Juan José López Amador.
Continuamos con las reconstrucciones realizadas mediante Inteligencia Artificial. En esta ocasión queremos mostrar una mirada distinta sobre la ciudad sin nombre de Doña Blanca y sobre algunos aspectos de su influencia en el territorio que la rodeaba, tanto en la franja costera como en la campiña, centrando la atención en el periodo comprendido entre finales del siglo IV y comienzos del siglo III a. C.

La administración de esta ciudad, ya antigua en ese momento, cuidó durante siglos de una compleja red de comunicaciones que fue configurándose progresivamente en el espacio: caminos, puertos, fábricas y talleres, tanto dedicados a las manufacturas pesqueras como a la producción agrícola; canalizaciones que conducían hacia los puertos, así como canales navegables que la conectaban con otras ciudades; y factorías pesqueras y salazoneras autorizadas para instalarse en la costa. Todos estos elementos, entre muchos otros, formaban parte esencial del funcionamiento y la proyección de la ciudad.

Un núcleo urbano de estas dimensiones debía contar con una administración pública igualmente compleja, encargada de regular y coordinar los distintos aspectos de la vida económica y territorial. En este trabajo abordaremos algunos de los espacios que integraban el tejido productivo dependiente de dicha administración, y trataremos de situarlos en una imagen aérea lo más fiel posible, identificando áreas urbanas, industriales y portuarias.

Asimismo, reconstruiremos el perfil de dos terracotas halladas en las excavaciones de la ciudad de Doña Blanca, acercándonos a los rostros que formaron parte de su mundo simbólico. Confiamos en que este recorrido por los espacios y las imágenes vinculadas a esta gran ciudad resulte tan sugerente como revelador.

Comenzamos con imagen aérea, como si lo hubiésemos realizado hace unos 2300 años, donde desarrollamos las seis áreas seleccionadas:

  1. Se corresponde con la ciudad madre, la antigua Doña Blanca, establecida al menos desde el siglo IX antes de Cristo. Su crecimiento económico y urbano, junto a los continuos depósitos de lodo aportados por el río Guadalete, condicionaron su expansión. Cuando la ciudad necesitó crecer, lo hizo en dirección al puerto que había perdido —probablemente el más antiguo—, colmatado durante siglos por los sedimentos del río. Este proceso supuso la pérdida de aquel puerto primigenio, pero, al mismo tiempo, permitió ganar un valioso espacio para la ampliación de la ciudad y la construcción de un nuevo puerto.
  2. Hemos ubicado la ampliación de la ciudad en las investigaciones arqueológicas de La Martela, junto a Doña Blanca, una nueva ciudad amurallada, donde se han situado áreas industriales junto al también nuevo muelle. Esta ampliación fue conocida con el nombre de Puerto de Menesteo.
  3. En este lugar, aparte de hacer el puerto en el interior de la ciudad nueva, se debieron realizar reformas muy importantes para aprovechar parte del puerto Oeste, uno de los dos antiguos de la ciudad de Doña Blanca.
  4. Situamos las bodegas de vino en la parte más elevada de la sierra. Aunque los edificios aparecen ligeramente ampliados en la representación, esta decisión responde a la idea de que ocuparían una extensión mayor de la actualmente excavada, ya que solo se ha intervenido en una parte del conjunto. En este mismo sector, a la derecha, ubicamos también las viñas asociadas a las bodegas. En el perfil de la sierra orientado hacia Jerez se identifican al menos tres terrazas, que abarcan miles de metros cuadrados. En estos espacios situamos las viñas que abastecerían a dichas bodegas, a modo de hipótesis de trabajo.
  5. Este ámbito corresponde al espacio ocupado por la Necrópolis de Doña Blanca, cuyo subsuelo alberga los restos de miles de personas allí enterradas. Como se ha expuesto en trabajos anteriores (nótulas 6.420 y 6.002), en esta necrópolis se documentan tumbas monumentales que se remontan a la Edad del Cobre, con una antigüedad de 5.000 años o más. El conjunto presenta una notable diversidad tipológica: hipogeos de distintas épocas, túmulos comunales, familiares e individuales, tumbas de foso o pozo, cámaras funerarias, cistas, incineraciones en vasijas y otras formas de enterramiento aún no identificadas.
  6. Finalmente, se ha señalado con el número 6 el Arroyo del Carrillo. Desde este cauce se iniciaba y se accedía al canal artificial que conducía al puerto de Asta Regia.

Aprovechando el terreno generado por los depósitos de lodo del río, a los pies de la ciudad de Doña Blanca —donde se localizaba el primer puerto—, sus gobernantes promovieron la creación de una nueva ciudad amurallada, dotada de un nuevo puerto, así como de fábricas e infraestructuras asociadas. De este modo nació lo que sería conocido como el Puerto de Menesteo, en honor al guerrero que participó en la guerra de Troya, según relata La Ilíada de Homero.

En esta imagen hemos representado de forma fidedigna esta nueva ciudad, basándonos en los datos publicados por los profesores de la Universidad de CádizLázaro Lagóstena Barrios y José Antonio Ruiz Gil, a partir de las investigaciones realizadas en la finca de La Martela, bajo Doña Blanca, mediante georradar y otros sistemas no intrusivos. Tanto la muralla como la trama interior reproducen las líneas de muros y espigones detectados, así como la disposición de las viviendas y del puerto. En el caso de las edificaciones domésticas, pueden apreciarse las líneas negras publicadas en los resultados de la investigación.

Aunque no se trataba de una ciudad de grandes dimensiones —aproximadamente 220 por 150 metros—, contaba con un pequeño puerto interior protegido por las murallas. Siguiendo el patrón defensivo identificado, se ha estimado la existencia de en torno a una veintena de torres y una puerta principal que comunicaba con la antigua ciudad. Asimismo, debió adaptarse el puerto más antiguo, situado justo enfrente del nuevo, bajo la muralla de Doña Blanca. Este correspondería al segundo puerto antiguo de esta ciudad sin nombre, en funcionamiento al menos desde el siglo VIII a. C. En el momento que nos situamos, ya en el siglo III a. C., dicho puerto estaría profundamente reformado y adaptado a las nuevas necesidades.

Desde ambos puertos —el antiguo y el nuevo de Menesteo— partían y arribaban innumerables embarcaciones procedentes de todo el Mediterráneo, del Atlántico africano y del europeo. En ellos se cargaban y descargaban mercancías transportadas en cajas, pellejos o ánforas, principalmente vino, pescado y aceite. Las pequeñas factorías pesqueras de la costa hacían llegar aquí su producción, mientras que a estos puertos arribaban también nuevas modas en el vestir, cerámicas y creencias, que igualmente viajaban con las personas y las mercancías.

Desconocemos las causas exactas de su final, aunque sí el momento en que se produce. Al igual que ocurre con Doña Blanca, el abandono o destrucción del enclave parece situarse a finales del siglo III a. C., en torno al año 210 a. C., aproximadamente. Lo cierto es que, al no haberse excavado aún esta ciudad, se desconoce casi todo sobre ella. No obstante, todo apunta a que corrió una suerte similar a la de su metrópolis en Doña Blanca. En este caso, además, parecen existir indicios de una gran batalla, coincidente cronológicamente con episodios de importantes terremotos y tsunamis documentados en la región. La concurrencia de estos factores pudo provocar el abandono definitivo de esta gran ciudad —o conjunto de ciudades—, una cuestión que solo futuras investigaciones podrán esclarecer.

En la imagen se muestra el canal Menesteo–Asta. La reconstrucción realizada mediante IA parte de un dibujo previo nuestro sobre la conducción controlada a través del canal. El sistema de navegación que consideramos más probable es el de la sirga, es decir, el arrastre de las embarcaciones mediante una maroma unida a animales de tiro desde la orilla. La posible existencia de este canal pudimos identificarla y observar su traza gracias a un vuelo LIDAR, donde se aprecia una huella compatible con este tipo de infraestructura.

El momento exacto de apertura del canal, así como el periodo durante el cual estuvo activo y navegable, es hoy por hoy imposible de determinar con certeza. No obstante, planteamos como hipótesis un inicio en torno a los siglos VIII–VII a. C. y su abandono a finales del siglo III a. C. El trazado del denominado canal Puerto de Menesteo–Puerto de Asta partiría desde Doña Blanca hacia el Arroyo del Carrillo, siguiendo su curso hasta el cerro de Calahorra. El tramo propiamente artificial se situaría entre Calahorra y las inmediaciones de Puerto Escondido, en Jerez, junto al estero de las Mesas de Asta. A partir de este punto, el recorrido continuaría por el arroyo Tabajete hasta enlazar con Asta.

En conjunto, el trayecto comprendería unos 8 kilómetros por el Arroyo del Carrillo desde Doña Blanca hasta el inicio del canal artificial; aproximadamente 7,5 kilómetros de canal excavado hasta las marismas de Asta; y, finalmente, unos 8 kilómetros más por el Arroyo del Tabajete hasta los muelles de Asta. La distancia total alcanzaría así los 23,5 kilómetros, equivalentes a 127 estadios. La distancia transmitida por Estrabón entre el Puerto de Menesteo y Asta Regia es de 22,2 kilómetros, es decir, 120 estadios.

El uso de canales y esteros está claramente descrito por Estrabón, quien define estos últimos —las prolongaciones naturales de las marismas tierra adentro— como “escotaduras litorales que el agua del mar llena en la pleamar, y por las que se puede navegar remontando la corriente como por los ríos hasta el interior de las tierras y las ciudades de sus orillas”. Añade además que los indígenas, conocedores de la naturaleza de la región y de la utilidad de los esteros como vías de comunicación, construyeron sus poblados y ciudades junto a ellos, del mismo modo que se hacía en las riberas fluviales, citando ejemplos como Asta o Nabrissa. La red de canales abiertos en distintos puntos facilitaba el tráfico y las relaciones, tanto entre las propias comunidades como con los forasteros (Geografía, libro III).

Confiamos en que futuros estudios permitan confirmar si este trazado corresponde realmente a uno de estos canales descritos por las fuentes clásicas.

En la imagen, utilizando como fondo la playa del Almirante, entre El Puerto de Santa María y Rota, hemos representado una zona de pesca del atún y de otros pescados azules que, en época antigua, recorrían estas aguas. Las obras realizadas en la desembocadura del río Salado para la construcción de la base hispanoamericana de Rota, a mediados del siglo pasado, provocaron su desaparición de buena parte de la costa de la bahía. Sin embargo, en la actualidad y sin causas claramente identificadas, estas especies están volviendo a ser vistas de forma habitual: caballas, bonitos e incluso atunes regresan de nuevo a nuestras aguas.

En la Antigüedad, la presencia de especies pelágicas debió de ser muy abundante. Grandes bancos de sardinas, melvas, bonitos o atunes recorrerían la bahía de forma regular, e incluso es posible que algunas de estas especies desovaran en ella. Hasta el año 1957 existió muy cerca de este enclave, en Arroyo Hondo (Rota), una gran almadraba que capturó, hasta esa fecha, miles de atunes y otros peces en cada temporada.

Las factorías pesqueras distribuidas a lo largo de la costa portuense eran mucho más pequeñas que las grandes instalaciones romanas posteriores. En total se han localizado treinta, denominadas genéricamente como Puerto. De ellas, solo tres han sido excavadas hasta el momento: Puerto 3, 14 y 19. Estos yacimientos han proporcionado una información esencial para conocer el funcionamiento de estas pequeñas fábricas, que iniciaron su actividad en torno al siglo VI a. C. y desaparecieron en el siglo III a. C., coincidiendo con el abandono de la ciudad de Doña Blanca y del Puerto de Menesteo.

Como resulta lógico, la instalación de estas factorías debió de requerir el permiso correspondiente de una administración central, que probablemente se ejercía desde la ciudad sin nombre de Doña Blanca. El número de establecimientos estaría controlado y regulado, y aunque cada uno de ellos tuviera una producción limitada, en conjunto alcanzarían un volumen muy significativo.

No todas estas factorías contarían con muelles propios para la carga y exportación de sus productos, por lo que es muy probable que utilizasen los grandes muelles de la ciudad principal para distribuir por todo el Mediterráneo sus salazones, salsas y otros productos elaborados. Además del uso de ánforas —reservadas quizá para los productos de mayor valor—, es razonable pensar que emplearan también botas y cajas de madera, pellejos, canastas y otros contenedores orgánicos que no han llegado hasta nosotros.

En esta imagen hemos reconstruido una de estas pequeñas factorías pesqueras situadas en la costa, entre pinares, representándola en plena actividad. Se observa al personal cortando, salando o cociendo atunes y otros pescados. Los anzuelos que aparecen en primer plano, entre los ejemplares capturados, datan del siglo V a. C. y proceden de la factoría Puerto 19.

En estos enclaves se han identificado dos patrones de asentamiento: uno temporal o coyuntural y otro de carácter estable. El primer modelo se documenta en la factoría Puerto 14, excavada íntegramente en 1986, y se caracteriza por la presencia de suelos de cal de distinta dureza y estructuras de origen vegetal. Este tipo de pavimento ha sido confirmado también en la factoría Puerto 19, excavada en 1996.

La ubicación de estas factorías no responde al azar. Se eligieron lugares elevados o destacados, que permitían otear la mar, con una orientación alineada entre las desembocaduras de los ríos Guadalete y Salado. En concreto, muchas de ellas se sitúan en el entorno del camino que conducía a los manantiales de Fuenterrabía, estando todas dedicadas a la captura y transformación del pescado. Un recurso esencial para estas actividades era la sal, que probablemente se obtenía en la cercana marisma del Salado.

Muchas de las factorías se localizan a lo largo del trazado conocido como Camino del Águila, al que se asocian dieciocho de los establecimientos identificados. En el entorno de Santa Catalina se concentran cuatro; otros cinco se sitúan en el núcleo de Las Redes, en el Camino de la Arenilla; y los tres restantes se distribuyen en las inmediaciones del Camino del Molino Platero.

Las construcciones correspondientes a las factorías estables presentan superficies en torno a los 120 m², como ocurre en Las Redes, Puerto 3 o la factoría Puerto 19. Se trata de edificaciones de planta tendencialmente rectangular, con pequeñas piletas, muros con cimientos de mampostería y superestructuras vegetales apoyadas en muros y postes de madera. Las campañas de pesca de especies pelágicas se concentraban principalmente entre los meses de abril y junio.

El estudio de los materiales arqueológicos recuperados en estas factorías ha permitido identificar una fase de ocupación anterior a las estructuras excavadas. En Puerto 19, esta fase se ha fechado en el siglo VI a. C., asociada a ánforas R-1 evolucionadas, cuencos y copas de cerámica gris, pithoi con decoración monocroma, cuencos de barniz rojo con decoración lineal en negro e imitaciones de copas jonias. El hallazgo de grandes anzuelos de bronce y otros útiles de pesca confirma su alto grado de especialización. Además, la aparición de abundantes pepitas de uva indica que en estas factorías se elaboraban las conocidas salsas gaditanas.

Consideramos que las vías de comunicación fueron un elemento clave para el transporte. Como se ha señalado, se trataba de caminos que conectaban las zonas costeras, las fuentes de agua dulce y las áreas pesqueras. Una de estas rutas sería la vía de Sidueña, que enlazaba la franja litoral donde se localizan las factorías con la ciudad de Doña Blanca.

En estas dos imágenes hemos reconstruido dos rostros de cerámica hallados en las excavaciones de Doña Blanca. Estas piezas, fechadas en torno al siglo IV a. C., son ejemplos de terracotas púnicas: pequeñas figurillas utilizadas probablemente con fines funerarios o votivos. Se trata de dos rostros de reducido tamaño realizados en cerámica, uno de color negruzco y otro de tonalidad anaranjada. Es posible que el tono oscuro del primero se deba a una alteración por exposición al fuego, y que originalmente también presentara un color anaranjado. No obstante, sus rasgos recuerdan a una figura de tipo negroide, interpretación que la IA ha reforzado en la reconstrucción. Aunque sabemos que las piezas conservadas corresponden únicamente a los rostros, en nuestra recreación hemos optado por representarlas como bustos completos.

A la izquierda se muestra una terracota que destaca por su fuerte idealización y por la fusión de influencias culturales. Aunque pertenece a la tradición púnica, su modelado revela claramente la impronta del arte helénico. La estructura del rostro es marcadamente ovalada y simétrica. Los ojos constituyen el rasgo más llamativo: grandes, almendrados y cuidadosamente delineados, confieren a la figura una mirada fija y enigmática, casi trascendente. Los labios, finamente modelados, aparecen cerrados, transmitiendo una expresión de serenidad y hieratismo. Se desconoce si la cabeza estuvo originalmente afeitada o era calva, un rasgo que podría simbolizar pureza, luto o una adscripción religiosa concreta, como ocurre en ciertos cultos del Mediterráneo, aunque este extremo no puede confirmarse debido a la falta de conservación. La ejecución, probablemente mediante molde, revela la pericia del ceramista, capaz de combinar una textura sencilla con una intensa expresividad, creando un arquetipo idealizado que podría reflejar una síntesis religiosa y estética del mundo púnico-mediterráneo.

A la derecha se presenta otro rostro de cerámica, de clara influencia cartaginesa en el Mediterráneo occidental. Está elaborado en terracota, lo que le confiere su característico color marrón rojizo, con una pasta de grano fino y textura mate. Al igual que el anterior, se trataría probablemente de una pieza de ofrenda votiva o de uso funerario. Desde un punto de vista descriptivo, la figura representa un rostro femenino idealizado, cuyas proporciones responden a un canon que combina influencias orientales. Los ojos son almendrados, la nariz recta y bien definida prolonga suavemente la línea de la frente, y la boca, pequeña y de labios carnosos, aparece cerrada, transmitiendo una sensación de silencio y contención. En esta reconstrucción, la IA ha incorporado un peinado recogido bajo un velo o tocado que cubre la mayor parte de la cabeza, dejando visible solo una pequeña porción del cuero cabelludo.

En conjunto, ambas terracotas reflejan con claridad el universo cultural de Cartago y la riqueza de los intercambios artísticos y simbólicos que caracterizaron al Mediterráneo antiguo.

Bibliografía:

GUTIÉRREZ LÓPEZ, J. Mª., 1999: “Aportaciones a la producción de salazones de Gadir: La factoría púnico-gaditana Puerto 19”, Revista de Historia de El Puerto nº24, pp.11-46.

LAGÓSTENA BARRIOS, L. y RUIZ GIL, J.A., 2021: “El puerto romano de Gades: nuevos descubrimientos y noticias sobre sus antecedentes”, en Il Mediterraneo e la Storia III. Documentando città portuali. Roma, pp. 249-264.

LÓPEZ AMADOR, J. J., PÉREZ FERNÁNDEZ, E. y RUIZ GIL, J. A., 2022: “De las comunicaciones de Hasta Regia: hipótesis para ubicar uno de los canales de Estrabón”, Gárgoris nº16, Sanlúcar de Barrameda, pp. 46-64.

LÓPEZ AMADOR, J. J.; RUIZ GIL, J. A. y PÉREZ FERNÁNDEZ, E. (1989): "La salazón del pescado en el Cádiz antiguo", Revista Mar, nº 265, pp. 26-29, Madrid.

RUIZ GIL, J. A. (1990): "Sondeos arqueológicos de urgencia para la delimitación de las factorías de salazones púnico-gaditanas de El Puerto de Santa María (Cádiz)", Anuario Arqueológico de Andalucía'86, vol.III, pp.101-5, Sevilla.

RUIZ GIL, J. A., 1995: “La Segunda Guerra Púnica en la Bahía de Cádiz. Precisiones desde el Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz)”, Revista de historia de El Puerto nº14, pp. 11-21.

RUIZ GIL, J. A. y LÓPEZ AMADOR J. J. (2000): “Sobre el origen prehistórico de la industria pesquera gaditana”; Revista de Arqueología, nº 232, pp.31-41.

RUIZ MATA, D., 2022: La ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz). Historia y arqueología. Investigaciones (1979-2003). Cuadernos de Arqueología Mediterránea-28. Universidad Pompeu Fabra - Ediciones Bellaterra, Barcelona.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

- Al enviar este comentario estoy aceptando la totalidad de las codiciones de la POLITICA DE PRIVACIDAD Y AVISO LEGAL.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies