Saltar al contenido

Cántabros. Una jornada marcada por la emoción y los recuerdos en El Puerto #6.527

| Texto: Jesús González González [*]

Supongo que será para mí, la mañana más emotiva de todo el viaje. María José nos habló un poco de su historia, y de Rafael Alberti que tiene aquí su monumento, y… Yo recordé a Muñoz Seca, que también fue de El Puerto de Santa María, y recordé alguna curiosa historia atribuida a él: Cuando era estudiante, en un examen oral, apostó con unos amigos una comida, que respondería en verso a todas las preguntas que le hicieran. Varias se me olvidaron, pero aún recuerdo las dos últimas:

“--¿Qué es ley?”
“--Lo que manda el Rey”.
“--¿Qué es costumbre?”
“--Lo que hace la muchedumbre”.

El señor del tribunal, ya mosqueado, le dijo:

“--Le voy a dar un suspenso”
Y Muñoz Seca, muy convencido, le respondió:
“--En eso pienso”.

Dicen también que tuvo una novia excesivamente baja, cosa que no gustó mucho a sus padres. En una carta, Muñoz Seca les aclaró:

“Es tan chiquita Asunción,
que cuando estamos de pie
me llega hasta el corazón.
Nadie puede negar
que es una mujer que llega
a donde debe llegar."

Para mi mujer y para mí, lo mejor de El Puerto fue abrazar a nuestra amiga de toda una vida, Amparito, hermana de Curro. Fue como rebobinar un montón de años hasta entrar de nuevo por las puertas de aquellas viejas y desaparecidas escuelas que hubo a mitad del camino entre Caviedes y Vallines… ¡Fue recordar tantas y tantas cosas!

Yo le pregunté por familiares de gente del Puerto que tuvieron sus raíces en Caviedes. “De gente que yo conocí, pero que no están entre nosotros desde hace muchos años, y Amparito nos llevó hasta el almacén “La Giralda”, un comercio de ultramarinos que conserva el sabor de las tiendas centenarias, y nos presentó a sus dueños Angelita y Alfonso, hijos de Pepín, aquel chaval que en plena posguerra nos paseó a los críos de Caviedes en su flamante bicicleta, cuando fue un verano a pasar unos días de vacaciones con sus tíos del Cotero. Les conté cosas de su propio padre y de sus abuelos, que ellos ignoraban, y disfruté viendo la suma atención e interés con que escuchaban mis recuerdos…

Después fuimos a tomar un vino al Bar Vicente, donde además del nombre estaba escrito: La Casa del Montañés, y donde hace muchos años nos servían con cariño Ascensión y Vicente. Ella de Vallines, él de Camijanes. Un bar centenario, con el clásico sabor de una época que se fue, a la que, sin darse cuenta, el cliente se siente transportado. Hoy nos sirvieron Vicente hijo, e Iván, nieto. Allí nos encontramos con Cuca, Dulce, Noli y Manolo, también componentes de la excusión, y con Calixto García y señora, de Treceño, y familiares de los dueños, que habían venido hace unos días. Con todos, nuestra entrañable Amparito, tía de todos ellos. Vinos finos y pescaíto frito, boquerones y acedías. Y mientras comíamos y bebíamos, rememoramos cosas de antaño que mientras servían finos y cañas, los dueños del bar escuchaban casi con incredulidad curiosa…

Apretones de manos, y besos de despedida, porque el bus nos esperaba a la una y media. Curro e Irene, Luis y Lolita, y un montón de jándalos de caras conocidas cada cual despidiendo a sus amigos al pie autocar. Dejamos el Puerto con un sol radiante, donde la extraordinaria luz del sur de España hacía resplandecer las blancas fachadas de sus edificios…

[*] Naci en 1931, desde agosto del 2020 descanso en el cementerio de Caviedes, mirando para el Alberán.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

- Al enviar este comentario estoy aceptando la totalidad de las codiciones de la POLITICA DE PRIVACIDAD Y AVISO LEGAL.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies