Una trayectoria marcada por el esfuerzo, la solidaridad y el bien común

| Texto: José María Morillo
La vida de Margarita Álvarez Rodríguez pertenece a esa categoría silenciosa de personas donde el esfuerzo cotidiano acaba convirtiéndose en ejemplo. Ha dedicado su vida al cuidado de su familia y al apoyo constante a quienes la rodean, desde una infancia marcada por la responsabilidad. Superó la falta de formación aprendiendo a leer y escribir en la edad adulta, sin perder nunca su vocación de servicio. Como presidenta vecinal de La Playa impulsó mejoras clave en viviendas y fortaleció la convivencia entre los vecinos. Su trayectoria representa el valor de lo cotidiano: una vida entregada, silenciosa y profundamente transformadora. Ha sido reconocida por el PSOE local otorgándole la distinción de ‘Mujeres con Luz Propia 2026’.
Nacida en el seno de una familia numerosa —diez hermanos—, pronto asumió un papel que no le correspondía por edad, pero sí por necesidad. Mientras otras niñas acudían a la escuela, ella se quedaba en casa, organizando el día a día familiar y preparando a sus hermanos para que pudieran estudiar. Aquella renuncia temprana dejó huella, aunque nunca fue un freno: con el tiempo, ya adulta, aprendió a leer y escribir en la Escuela de Adultos de San Agustín, demostrando que la voluntad también educa.
Su vida personal con la familia que creó estuvo marcada por la estabilidad y el afecto durante casi medio siglo de matrimonio. Sin embargo, también conoció el dolor más profundo: la pérdida de un hijo con apenas 16 años. Lejos de quebrarla, esa experiencia reforzó su carácter, siempre orientado hacia los demás. Hoy, rodeada de sus hijos y nietos, mantiene intacto ese sentido de familia que ha guiado toda su trayectoria.
Porque si hay un hilo conductor en la vida de Margarita es el cuidado. Cuidó de sus padres en momentos de enfermedad, acompañándolos hasta el final. Y tras la pérdida de una hermana, volvió a ejercer ese papel protector con sus sobrinos, a quienes ayudó a sacar adelante como si fueran propios. Su historia, en ese sentido, es la de tantas mujeres que han sostenido generaciones enteras sin pedir reconocimiento.

Pero su compromiso no se detuvo en el ámbito familiar. Durante una década presidió la asociación vecinal de la barriada de La Playa, convirtiéndose en una figura clave para el desarrollo del barrio. Bajo su impulso se acometieron mejoras largamente esperadas: la reparación integral de los techos de 54 viviendas, la rehabilitación estética de la barriada con el respaldo de la Junta de Andalucía y, especialmente, la regularización de viviendas para más de una veintena de vecinos mayores, que pudieron escriturar sin afrontar costes inasumibles.
Más allá de las gestiones, Margarita entendió siempre el barrio como un espacio de convivencia. Organizó encuentros, celebraciones y viajes que fortalecieron los lazos entre vecinos. No era raro verla coordinando excursiones multitudinarias —dos autobuses completos— rumbo a ciudades como Córdoba, Sevilla o Granada, o promoviendo peregrinaciones al Rocío, donde la convivencia se convertía en una forma de identidad compartida.
En tiempos en los que lo colectivo parece diluirse, la figura de Margarita Álvarez Rodríguez recuerda que el tejido social se construye desde abajo, con personas que no buscan protagonismo, pero acaban siendo imprescindibles. Su vida no responde a grandes titulares, pero sí a algo más valioso: la coherencia entre lo que se es y lo que se hace, algo que deja huella en cualquier barrio, como es el caso de la barriada de La Playa.
