1.761. AY, PALMERAS DE MICAELA ARAMBURU

condeoreilly_puertosantamariaRealmente es una pena lo de las palmeras de Micaela Aramburu. Y las del Parque Calderón. Y las de tantos otros espacios portuenses y foráneos en los que el puñetero picudo rojo ha causado estragos y, quizás, la desidia y falta de previsión de las autoridades. Nunca hay que bajar la guardia en la defensa del patrimonio natural e histórico que hemos heredado de quienes nos precedieron, y por ello echaremos un vistazo atrás para conocer los antecedentes de las palmeras de tan destacado enclave urbano, donde en el último tercio del siglo XVIII se estableció un paseo público.  /En la ilustración, Alejandro O’Reilly retratado por Goya. Museo de San Telmo de San Sebastián.

EL VERGEL DEL CONDE (1779)

Según un testimonio de 1778, la plaza de las Galeras y su entorno era entonces “el paso para el tráfico en el embarco y desembarco de Cádiz y su Bahía, paseo de tarde y noche de todo el Pueblo y paradero fijo de la marinería […], un lugar pantanoso y desagradable a la vista de esta parte principal de la ciudad, cuyo desaseo influía inmediatamente contra la salud […], donde es cuasi imposible remediar los desacatos que en él se cometen por ambos sexos”.

Al año siguiente el lugar iba a presentar un aspecto bien distinto. Una vez derribada la capilla de las Galeras (levantada en 1657 para que los galeotes pudieran oír misa desde las galeras –letra e en figura adjunta), el paraje iba a realzarse con la habilitación de un paseo que por su belleza el pueblo llamó el Vergel y las autoridades apellidaron del Conde, en honor a su promotor y mecenas, el conde Alejandro O’Reilly (1722-1794), Capitán General del Mar Océano, por su cargo residente en El Puerto y a cuya gestión también se debió, entre otras obras, una nueva Pescadería –el Resbaladero- y un puente de barcas sobre el Guadalete –también en 1779- que bautizaron con su nombre.

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Entorno de la plaza de las Galeras en 1734. Plano del proyecto de construcción del nuevo muelle de Galeras. Archivo General de Simancas. 

Antonio Ponz en su Viage de España dejó escrita en 1794 esta breve impresión del paseo: “Sobre la ribera del Guadalete [O’Reilly] estableció un jardín público para paseos y diversión del pueblo, adornándolo de flores, naranjos y otras plantas, con comodidad de asientos, que es una delicia.”

Pero el paso del tiempo, que todo lo nuevo e innovador lo transforma en viejo y caduco, trajo que el aspecto del Vergel se abandonara, hasta el punto que a la altura del año 1859 los espacios que antaño ocuparon los hermosos jardines se encontraban, literalmente, sembrados de hortalizas.

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El Vergel del Conde y su entorno en el último tercio del s. XIX. Archivo Municipal de El Puerto.

El paseo arrancaba junto al Hospital de la Santa Caridad (luego de San Juan de Dios), esquina a la calle del Palacio; continuaba por la calle de la Caridad (Micaela Aramburu) hasta el centro de la plaza de las Galeras, donde se dispuso una glorieta circular, y proseguía recto hasta la perpendicular con la plaza de la Herrería, junto a la Fuente del Sobrante y el Caño de la Villa (un antiguo sumidero de aguas residuales que bajaba por la Herrería hasta el río, que antes fue el arroyo de la Zangarriana). En toda la extensión de este segundo tramo (Galeras-Herrería) el salón contaba a cada lado con zonas ajardinadas y parterres con variadas plantas y flores, cercadas para su protección con rejas de hierro. Y a lo largo de todo el paseo se intercalaban 60 naranjos y 50 canapés de piedra de Martelilla, también dispuestos en la prolongación que se estableció desde la glorieta hasta el muelle.

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El paseo del Vergel en su tramo de Micaela Aramburu. A la derecha, el Hotel Vista Alegre (1843-h.1941), derribado en 1972.

LA REFORMA DE 1870

Este panorama cambió en 1870-71, cuando se procedió a remodelar el paseo. Pero el proyecto se ejecutó, principalmente, en el espacio comprendido entre las plazas de las Galeras y de la Herrería. Y ello porque desde su misma fundación, el paseo del Vergel por las Galeras-Aramburu absorbió un nivel de ocupación y de tránsito muy diferente al de su prolongación hacia la Herrería. Por las Galeras no sólo se paseaba, que también, sino que, sobre todo, se transitaba. La plaza, desde sus orígenes, formaba parte del entramado urbano, vía principal de comunicación de la población con el muelle de las Galeras, mientras que la continuación del nuevo paseo hacia la plaza de la Herrería, aislado con verjas y encasquetado entre la muralla del río y la calle del Vergel (Ribera del Marisco), lo convertía en un lugar más reservado e íntimo, sin formar parte del viario urbano aunque inmerso en él, por lo que era el espacio más indicado para el esparcimiento y solaz de los portuenses y foráneos, especialmente a partir de 1846, año que marca el comienzo del turismo en El Puerto y la ocupación festiva del paseo del río y del propio río.

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Desde el salón del Vergel, en 1910.

Fue en la reforma de 1870 cuando el naranjal de O’Reilly en Micaela Aramburu fue reemplazado por 22 acacias blancas (especie originaria de Estados Unidos, fue introducida en España en la primera mitad del s. XVIII), a la vez que se plantaron en el salón de las Galeras-Herrería otros 86 ejemplares de acacias y de castaños de Indias. En Micaela Aramburu, los asientos dieciochescos fueron sustituidos en 1895 –cuando se habilitó el Parque Calderón- por otros que hasta entonces se ubicaron en forma de asiento corrido, desde 1866, en la plaza de San Francisco (Ave María), que perduraron hasta 1908, cuando fueron cambiados durante la reforma que entonces se realizó en el Vergel; así, a secas, sin el epíteto del Conde, que el paso del tiempo también conlleva el olvido.

LAS PALMERAS Y LOS NIÑOS

Cuando en 1895 se creó entre la plaza de la Herrería y el puente de San Alejandro el Parque Calderón, su paseo central fue arbolado con 100 plátanos, que serían talados en 1914 para ser reemplazados por 88 palmeras de dátiles, compradas en Sevilla, al tiempo que se plantarían otras 46 en toda la longitud de Micaela Aramburu, hasta la plaza de la Pescadería; las que parcialmente, en número de 9 y a punto de cumplir cien años, han llegado a nuestros días. (En el libro que en 2001 escribí sobre el Vergel y el Parque, refiriéndome a las palmeras, anoté: ‘-las que hoy, milagrosamente, subsisten-’. Ingenuo de mí.)

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El paseo del Vergel tras la reforma de 1870. A la izquierda, la Fuente del Sobrante (1741-1895).

Siendo lo habitual que las jornadas en ambos paseos transcurrieran con festiva normalidad, de cuando en cuando ocurrían incidentes, principalmente protagonizados por los más jóvenes. Y es que a los chaveas, a esa edad en que hierve la sangre, les dio por tomar al Vergel y al Parque como el centro de operaciones de sus fechorías, aprovechando que era un terreno abierto, muy transitado e inmediato a la población donde podían deambular a sus anchas. Muchísimas denuncias al respecto publicó la Revista en toda su historia (1891-1938), si bien, según deducimos de su lectura, fue en los años 10 y 20 cuando las acciones de los angelitos se hicieron notar más.

Desde las páginas del periódico los llamaron de todo, aunque los calificativos preferidos fueron los nombres de algunas tribus o culturas (supuestamente) salvajes o incivilizadas: desde zulús y cafres (negros del sur de África), a pamues (negros de la Guinea española y del Congo francés) e indostánicos, no faltando términos tan cariñosos como pequeños salvajes, bolcheviques en miniatura, turbas de chiquillos mal educados, pequeños zánganos y otras lindezas semejantes.

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Las palmeras maltrechas de Micaela Aramburu, los niños y un guardia, alertas.

Además de perseguir a las niñas y jugar a la guerrilla (pedreas), la actividad favorita era maltratar el arbolado de los paseos, por lo que fue habitual la imposición de multas a sus padres. Pero lo que ocurrió a partir de 1921 no tiene nombre: Las jóvenes palmeras de Micaela Aramburu comenzaron a ser el blanco favorito de las criaturas. Les dio por ellas. Leemos en la Revista del 5 de junio de aquel año: “En la noche del pasado viernes unos niños saltaban sobre las palmeras situadas en la Avenida Micaela Aramburu, gozando de la mayor de las libertades en su destructora obra.” A partir de entonces, las denuncias se sucedieron, alcanzando el maltrato a las palmeras cotas insospechadas en 1925. El 23 de junio de este año se denunció: “Dirigimos atento ruego a nuestra primera actualidad en demanda de que disponga sea vigilada más atentamente la Avenida Micaela Aramburu, con el fin de evitar que las turbas de chiquillos que concurren a aquel lugar maltraten las palmeras allí existentes.” Ruego que fue atendido de inmediato, pues al día siguiente publicaron la noticia de que “efectivamente, hemos visto una pareja de guardias estacionados en aquel lugar, medida que aplaudimos cual merece, toda vez que con ello se evita prosigan su campaña destructora unos ineducados que han llegado a conseguir poner aquellas palmeras en un estado verdaderamente lastimoso.”

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Pese a los niños, fueron creciendo… El candelabro central también se puso en 1914.

Pero no, no se evitó. Bien al contrario, fue entonces cuando los niños se rebelaron y se sucedieron, día tras día, las multas. Un ejemplo, de julio de 1925: “Prosiguen siendo impuestas por la Alcaldía multas a los padres de niños que producen daños en las palmeras de la avenida Micaela Aramburu. Ayer les ha tocado a los vecinos Manuel Rodríguez y Francisco Guilloto, padres respectivos de los niños José María y Juan. Muy bien, duro, que la letra con sangre entra.” Aquí está Juan Guilloto, el futuro general Modesto, que volvería a ocupar un espacio en el periódico un mes después, de resultas de una pelea mantenida con otro mozo y encontrarse en el hospital con un bocado en la oreja y un puñetazo en la cara, según leemos en el parte médico: “…herido por mordedura de persona, con pérdida de repliegue que forma el pabellón de la oreja izquierda; otra herida contusa que sólo interesa la piel en el lado externo del arco superciliar derecho.” (Javier Reverte, en su reciente biografía novelada del general Modesto –El tiempo de los héroes, p. 75- se hace eco de este bocao que sufrió el joven -19 años- Juan Guilloto.)

acaciaA la izquierda, una imagen de las acacias blancas, también conocidas como 'los niños llorones'.

Y si no eran los chavales los que maltrataban las palmeras, lo hacían otros animalitos: en junio de 1921 se le impuso una multa de 10 ptas. a Rafael Lechuga “por daños causados por una cabra de su pertenencia a una palmera de la Avenida de Micaela Aramburu.”   

Hace unos días se han quitado los tocones de las palmeras mutiladas de Micaela Aramburu (37 ejemplares). Al parecer, el Ayuntamiento se dispone a replantar los alcorques con árboles de porte. Por ello escribí estas líneas. Si es posible, no se olviden de las acacias blancas, (los niños llorones, como eran conocidas), las de hermosos ramos de flores blancas, de sabor dulce, que en tiempos de hambre se comían. Y como andan los tiempos como andan… (Texto: Enrique Pérez Fernández)

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