2.084. LA MEMORIA DE NUESTROS MAYORES

Ay, si os pudiera materializar esas imágenes que desbordan las evocaciones, que proyectan los recuerdos de forma nítida.

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Fotos que impresiona la memoria en un tono sepia oscuro, del mismo color de las túnicas de estameña de aquellos cofrades  con los maderos a cuestas que atravesaban como espíritus mudos el parque. El albero de las añejas veladas veraniegas y de los juegos infantiles de aquellos niños que nos criamos en El Molino, el parque de la Victoria. Con los patos recogidos en la gruta que diseñó Francisco Lameyer y con la luz amarillenta que despedía la ermita de los Caminantes, custodiada por los Álvarez Campana, repleta con los exvotos plateados que rodeaban a la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Qué pena del vergel de lo que fue el monasterio que custodiaba a la Señora de la Soledad y a la del Desconsuelo.

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Qué queda de aquella alameda de los Mínimos, de aquel parque de la Victoria de nuestras nostalgias. Qué lástima con lo que le han hecho. Nunca mejor dicho, cómo lo han rematado.

Una de tantas cosas que dejaron de ser lo que fueron…

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La bodeguita de González Rico, hoy reconvertida en moderna cafetería y churrería.

Como las espadañas de La Sangre y de Jesús de los Milagros, el aroma punzante de la bodeguilla de Misericordia o de Casa Lucas, la prolongada sirena de las Bodegas Terry, que marcaba la vida de las barriadas obreras levantadas por Rebollo… la fragancia a periódicos y tebeos recién llegados a la Librería Cortés,  los sobres de soldaditos del quiosco verde de la plaza del Castillo, los juanillos y torrijas de La Campana, los bilbaínos y penitentes de cartón de Los Ángeles, el café mañanero en el Central, el olorcillo de los filetes rusos de La Solera bañados en catsup de Conservas Sur, las cazuelitas del Tendido 4, el frescor del Manolo González en La Puntilla, las araucarias que descollaban por Peral, las risas infantiles de los domingos en el  Moderno, los quejíos de Camarón en el Principal, las paredes almagras de La Angelita, las cunitas del parque, los burgaíllos recién mariscaos en La Colorá…

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Las araucarias de la Plaza de Isaac Peral nos dejaron con el fin del milenio.

Por eso cuando contemplo la luz del atardecer en El Puerto, cuando me sosiega ese halo azulado de destellos al dirigirnos a las salidas de nuestros cortejos, paladeo la mirada porque esa Primavera de nuestra infancia y de nuestro presente está ahí. Intocable. Ese crepúsculo no lo podrá alterar ningún lumbrera; ni habrá listillos que puedan especular con esos resplandores. No hay dinero en el mundo para que una multinacional pueda deslocalizar la luz de El Puerto cuando acaricia las imágenes de nuestras hermandades.

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Las desaparecidas cunitas del Parque. Como el Club Taurino, o Los Caballitos.

De ahí que debamos saber valorar lo que aún tenemos y lo que encierran en su memoria y en sus amores los veteranos cofrades, bitácoras vivientes de nuestra ruta e inversores de tantas horas de esfuerzos y vivencias con las que hipotecaron sus corazones. Disfrutemos de las experiencias y recuerdos de esos venerables jóvenes, de Antonio de la Torre, de Luis Ortega, Manolo Girón, Antonio Velázquez, al que pude conocer como maestro y padre, Alfonso Carreto, Fernando Gago, Paco Camacho, Jesús Nogués, Paco Lerdo, Luis Suárez.

Saboreemos lo que todavía permanece, como el vaho de los vinos góticos de La Palma, los anaqueles de Las Novedades, de la Diana, o de La Giralda o el perfume de los nardos en la plaza Juan Gavala cuando amanece el 7 de septiembre.

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Máquina registradora de Las Novedades.

No podemos esperar que las cosas desaparezcan para echarlas de menos, ni quedarnos indiferentes cuando las ultrajan como ahora a los santos muros de la Iglesia Mayor.

Ni aguardar que nuestra gente no esté con nosotros para decirles cuánto le debemos, cuánto les queremos… /Texto: Francisco Andrés Gallardo. (Del Pregón de la Semana Santa 2010).

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