2.909. Conexión portuense con Rosa de Lima. Santa en los altares.

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La cofradía local del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora de la Piedad, que camina hacia su centenario fundacional, que se celebrará en menos de tres lustros, tiene en este último Titular, una imagen de candelero obtenida al adaptar y transformar el polifacético artista Juan Bottaro (ver nótula núm. 212 en Gente del Puerto) una talla antigua, del siglo XVII y autor desconocido, de Santa Rosa de Lima --ayer se celebraba el Santo-- talla que, con el atrevimiento que a veces da la ignorancia, podemos suponer llegase a esta ciudad desde el virreinato del Perú, en donde vivió y murió esta mística dominica, de una belleza singular y gran popularidad entre sus contemporáneos, producto de su corta trayectoria vital, pues vivió apenas treinta años, siendo canonizada medio siglo después por el Papa Clemente X, entregada por completo en ayudar material y espiritual a su prójimo más necesitado, especialmente indígenas y negros de la ciudad limeña.

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Ntra. Sra. de la Piedad, procedente de una talla de Santa Rosa de Lima, que fue transformada por Juan Bottaro. De Rosa a Dolo-rosa. /Foto: J.L.B.

Uno de los centenares de biógrafos de Isabel Flores de Oliva, que este era el nombre civil de la hija de un extremeño, arcabucero del virrey y de una criolla, llamado Fray León Elvira indica en su obra: “cuantos pobres aliviados por su caridad; cuantos afligidos socorridos por su liberalidad y sus consejos, o consolados con sus discursos...” De la decena de anécdotas edificantes que contiene su biografía hemos elegido para reproducir una de ellas, demostrativa de su personalidad y amor a Jesús: “En agosto de 1615 una flota holandesa apareció sobre las costas de Perú, asustando a los habitantes de Lima. El Virrey, la Audiencia Real, los Magistrados y los Oficiales reunieron la tropa e hicieron tomar armas a los ciudadanos, y aún a los mismos eclesiásticos, presuponiendo que los calvinistas no atentarían menos a la Religión Católica que a las riquezas del país. Se expuso el Santísimo Sacramento en todas las iglesias de Lima. Los viejos, los niños, las mujeres y todos los que no podían tomar las armas perseveraban allí en oración continua. La iglesia de Santo Domingo, hoy basílica de Nuestra Señora del Rosario, estaba llena día y noche y entre ellos la que posteriormente sería santificada, acompañada de muchas señoras piadosas que unían sus oraciones a la de la sierva de Dios.

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La plazuela de Santo Domingo, en Lima (Perú), con la Basílica de Ntra. Sra. del Rosario.

Llegó la noticia de que la escuadra enemiga entraba en el puerto de El Callao y de que las tropas desembarcaban… al poco se anunció que todo el ejército, formado en orden de batalla, venía marchando a la ciudad, que solo dista dos leguas (unos 11 kilómetros, aproximadamente) de El Callao. Nadie escuchaba a la futura santa que intentaba reanimar al pueblo asustado que huyó en parte. Entonces, ella entró con los que quisieron acompañarle, en la capilla en que se reservaba el Santísimo Sacramento, y les dijo: ved aquí el momento en que podamos finalizar gloriosamente la vida con el honor del martirio, si es ésta la voluntad de Dios. Los herejes no pondrán sus manos sacrílegas sobre este tabernáculo sin haberme pasado a mí con sus espadas; mi cuerpo servirá de trinchera al de mi Esposo; ¡Que dicha para nosotros si se nos concede derramar nuestra sangre por la fe de Jesucristo, que derramó la suya por nosotros!”

Llegaron posteriormente nuevas noticias, indicando que los holandeses no habían desembarcado masivamente, solamente un grupo o compañía de ellos para enterrar a su almirante que había fallecido en alta mar, en unas grutas entre rocas, cercana al puerto de El Callao. Después se fueron, realizando tan solo una pequeña “razzia”, más propia de corsarios que de militares, en la cercana isla de Puna. Los ciudadanos de Lima quedaron convencidos que la preservación de este azote había sido claramente una consecuencia de las oraciones de las buenas almas y de la decidida determinación de la religiosa con su ofrecimiento.

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Puerto de El Callao (Perú).

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Dios había favorecido a Rosa de Lima con dones extraordinarios, cuál era el conocimiento del interior de los corazones y de cosas por venir. Y Rosa se servía de ello de mil maneras para la utilidad temporal y espiritual de su prójimo. Veamos un ejemplo: el jesuita Padre Villalobos le pidió en confianza sus oraciones para obtener un feliz resultado en un negocio no lucrativo, de gran dificultad y mayor importancia, del que él mantenía un secreto profundo. Se sonrío la futura santa y enseguida le hizo una exposición tan clara y precisa de todo lo que él meditaba sobre el tema, quedando el buen Padre enteramente asombrado, viéndose obligado a confesar que estaba en lo cierto. No solo lo adivinó, sino que le relató todo el proceso que seguiría, según declaró bajo juramento el jesuita en la información para el proceso de beatificación de Rosa de Lima, indicando que se había cumplido en todos sus términos la “profecía” anunciada.

CONEXIÓN 1.

Otros de los declarantes en este mismo proceso, el Padre Antonio de la Vega, refirió que el Padre Tapia, Rector entonces del colegio jesuita de El Callao, había tenido una experiencia muy similar a la anterior, que corroboraba el don adivinatorio, la condición profética que poseía la santa de la que cuentan profetizó también el día de su muerte Y aquí entra la segunda conexión portuense, pues Philipo Tapia, que ese era el nombre del Padre Tapia, portuense de nacimiento, amigo y contemporáneo de la santa, tenía parientes y familiares en esta ciudad de El Puerto de Santa María, con los que colaboraba al parecer en algunas operaciones comerciales de importación y exportación con las Indias, al fallecer en los primeros año del siglo XVIII, dejó diversos legados a esos parientes portuenses, algunos de los cuales se instalaron en la Ciudad de los Reyes, bajo su amparo.

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CONEXIÓN 2.

En 1671, cuando fue canonizada, se instaló en la catedral limeña una estatua suya, de la que pronto circularon buenas copias de dicha talla. Una de estas, traída o enviada por algún emigrante local o, lo más probable, recepcionada por la comunidad del convento de Santo Domingo, como santa que era de esa misma orden, imagen que sería la que, tras la desamortización, pasase a la iglesia Mayor, transformándose de “Rosa” en “Dolo-rosa” con la advocación que conocemos.

CONEXIÓN 3.

Y, finalmente, “rizando el rizo” encontramos una tercera conexión con nuestra ciudad, en el nombre con el que profesó como religiosa terciaria dominica, la Madre Rosa de Santa María. /Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz.- A.C. PUERTOGUÍA

 

 

 

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