3.001. Cuando se abrió el Caño del Molino

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Escribí hace unos días, a propósito de su cumpleaños, de la apertura de la ‘calle larga’ del Guadalete en 1722, y también, para encuadrarla en el tiempo y el espacio, del canal que Jerez abrió en 1648 por el Olivar de Cartagena; obras que cambiaron los dos cursos del río -la Madre Vieja y el San Pedro o Salado- y crearon el Guadalete que ha llegado a nuestros días (ver en Gente del Puerto nótula 2.981).

Entre medias de aquellas dos actuaciones hubo una tercera, de la que escribiré en esta ocasión: la apertura en 1701 del Caño del Molino -o de la Madre Vieja, como lo llamaban en su origen-, el pequeño curso fluvial inmediato a la población sobre el que se levantó en 1815 el molino de mareas que hoy ocupa el restaurante Aponiente de Ángel León [ver nótula 2.562 en GdP]. Pero antes de referirme a la obra y como hice en la anterior nótula, apuntaré las circunstancias en las que nació el Caño del Molino. /El Caño del Molino desde el puente del ferrocarril. /Foto: Agustín García Lázaro, 2015.

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Detalle del dibujo que de El Puerto realizó Anton van den Wyngaerde en 1567. En azul, entre el camino de Jerez y las salinas (hoy de San José), el espacio que ocuparía el Caño del Molino.

Probablemente no se halle en la historia de El Puerto de Santa María una actuación tan continuada como las obras de canalización y dragado del río Guadalete, realizadas, al menos, desde los inicios de la Edad Moderna. Así, en febrero de 1525, el señor de El Puerto, el duque de Medinaceli don Juan de la Cerda, ordenó al jurado Francisco Hernández Palomino y a Ruy López Calafat que procuraran la limpieza del río desde la embocadura, ya cegada por una barra, hasta “los pilares” (del puente romano, frente a la plaza de la Herrería), y desde aquí hasta que el río se adentraba en término de Jerez, a Juan del Pozo.

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En el río, los pilares del puente romano y su estribo de la orilla de la ciudad, en 1567. En el círculo, Wyngaerde trazando el boceto del dibujo.

El problema de la sempiterna barra del Guadalete radicaba en dos factores marcados por la naturaleza: los abundantes sedimentos que el río -un río, por supuesto, mucho más caudaloso y crecido que hoy- arrastraba hasta su desembocadura; y las arenas volanderas del litoral que los vientos reinantes -un grano sí hace granero- depositaban en la boca, para cuyo remedio, a partir de 1632 y con el fin de fijarlas, se sembraron de pinos el Coto de la Isleta y los arenales desde La Puntilla al Castillo de Santa Catalina.

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Otro detalle del dibujo de Wyngaerde, hacia la peligrosa barra del río.

Mediado el siglo XVII, el problema de los bancos de arena de la barra era realmente preocupante, y acuciante su solución. De hecho, la dificultad que tenían los barcos para salvarla -que fue causa de numerosos naufragios- conllevó, en agosto de 1668, que se decretara la retirada del invernadero de las galeras Reales de la ría del Guadalete, de la que vinieron haciendo uso continuado (con repetidos antecedentes desde el siglo XIII) a partir de 1540, y su traslado a Cartagena. (Las galeras de las imágenes adjuntas son de la flota del almirante genovés Juan Andrea Doria, con las que coincidió Wyngaerde durante su estancia en El Puerto.)

A partir de la marcha de las galeras, los intentos para limpiar la barra fueron continuos, pero la falta de fondos de los Propios de la ciudad aplazó tan principal obra año tras año, hasta que en 1698 el asunto tomó otro cariz. Entonces, el Consejo de Castilla concedió la imposición de un arbitrio del 2% a todas las mercancías que entraran en la Aduana para aplicar el dinero al reparo de la barra.

Y así, la traza de la obra fue encomendada al capitán don Antonio Osorio, Ingeniero mayor de las Costas de Andalucía. Los trabajos se prolongaron del 12 de mayo al 22 de junio de 1699. Para romper la laja y extraer la arena y la zahorra de los dos bancos de arena existentes se emplearon un pontón con cuatro cucharas (palas), una barcaza y cuatro lanchas (que sacaban la piedra de la laja), trabajando en ellas 8 oficiales y 55 peones. El coste de las operaciones, 21.316 reales.

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Los imperecederos aterramientos del Guadalete. Imagen de julio de 1921 del ABC de Madrid, facilitada por Javier Seren.

Al paso de unos meses, a fines de mayo de 1700, tras reconocer Osorio el estado de la barra, comunicó a la ciudad que “aún persisten las dificultades y mal estado de la navegación por la falta de agua, suponiendo que esta proviene de la que le usurpa el caño del Salado, que con esta usurpación hoy se llama río de San Pedro, y que siendo éste el único motivo de tantos daños, es preciso y único remedio para que la barra vuelva a su antiguo estado, restituir al río sus aguas, y estando informado de los caballeros diputados de la obra que la restitución no puede ejecutarse pronto por ser preciso licencia del Consejo y tener que pasar algún tiempo en conseguirla [cinco décadas llevaba El Puerto en ello y aún faltaban dos más para que se abriera la ‘calle larga’], sin dilación se corten los dos tornos del río más próximos a la ciudad, llamados de la Victoria y de la Esparraguera, de modo que formen una línea recta.

En estas palabras está anunciándose y proyectándose la apertura del Caño del Molino, con el fin de que el agua de la Madre Vieja, atajando su tortuoso recorrido por un nuevo y recto curso, fluyera con más ímpetu y fuera destruyendo la barra y deteniendo la acumulación de las arenas volanderas.

Y ‘sin dilación’, como pedía Osorio, las obras comenzaron el 5 de julio de 1700, excavándose en el fango de las marismas un canal entre el torno de la Victoria -frontero al convento de su nombre- y el de la Esparraguera. Contó el ingeniero como sobrestante (capataz) de las obras con el portuense Andrés Garzón, que por su labor sería remunerado diariamente con 25 reales, la mitad que recibiría Osorio.

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El Caño del Molino en un plano de 1750. Servicio Geográfico del Ejército.

Además del fin para el que se abrió, el atajo del Caño del Molino facilitaría la navegación a los barcos que remontaban la Madre Vieja para hacer las aguadas en los manantiales de La Piedad, al pie de Doña Blanca, acortándose el recorrido en más de tres mil varas, unos 2.500 metros, pudiéndose hacer la travesía con una sola marea, no con las dos que hasta entonces eran precisas.

Para completar la obra se construyó una ‘esclusa de limpia’ en el torno de la Victoria, “por donde el canal -decía Osorio- recoja agua todo el tiempo que monta la marea, quedará un almacén de más de doce mil varas [10 km], y plena la marea se cerrarán las puertas, que no se abrirán hasta el agua escorada [en bajamar]. Esta agua detenida, con la violencia que saldrá, podrá arrancar en todas las mareas los bancos de arena de la barra.” Esclusa o presa que se levantó entre el 4 de enero y el 7 de febrero de 1701 (1.961 reales), mientras continuaban las tareas de la apertura del canal, que se prolongaron hasta comienzos de septiembre, antes del día 13, cuando se ajustaron las cuentas de lo gastado en la obra.

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Situación del Caño del Molino, la Madre Vieja (con flechas) y la ‘calle Larga’, en el vuelo norteamericano de 1956.

Pero la apertura del Caño de la Madre Vieja vino a ser una solución estéril, realizada un tanto a la desesperada, sin visos de que resultara efectiva, como bien sabía Osorio y así lo dejaba entrever en las cartas que cruzó con el Ayuntamiento. El escaso caudal de la Madre Vieja, frenado por la acumulación de bajos y meandros en su curso, impedía que las aguas irrumpieran con fuerza en la desembocadura para limpiar la barra.

En el torno de la Victoria e inmediato al Caño del Molino se encontraba el bajo de El Palmar, sobre el que ya escribí con Juan José López en Gente del Puerto a propósito del viejo dicho, en otros tiempos muy conocido, Tiene más años que el Palmar del Puerto, que probablemente aludía a una obra hidráulica de época romana (ver nótula 1.691).

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A espalda del molino, con los arcos semicegados que captaban el agua del caño. /Foto: Agustín García Lázaro, 2015. [Ver nótula 1.665 sobre el Molino de Mareas y su relación con la familia Portillo].

Entre 1815 y 1819, después de varios intentos frustrados iniciados en 1778, se construyó sobre el Caño del Molino el molino de mareas para la molienda de trigo que hoy subsiste, rehabilitado en 2012 y habilitado para un uso bien distinto. Que no fue el primer molino que existió en este paraje, porque la documentación consultada alude a la presencia de otro molino cuando se abrió el caño: “…abriendo una boca por encima o próxima al molino”, decía Osorio, sin especificar en cuál de las dos bocas. Probablemente, en la frontera a las huertas del convento de la Victoria. Según el dibujo de Wyngaerde, en 1567 aún no existía, y sí, apostado junto al arroyo de la Zangarriana, el que en 1494 mandó construir el alcaide Charles de Valera.

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El Caño del Molino en la actualidad, dentro del círculo amarillo, el Molino de Mareas. A la izquierda, la salina de San José. /Imagen: Google Earth.

El curso del Caño del Molino o de la Madre Vieja ha llegado a nuestros días parcialmente (unos 350 metros), algo menos de la mitad de su longitud original, alcanzando hoy hasta el camino del Muro de Defensa, en linde a la zona marítimo-terrestre y a la salina de San José. Su cauce está prácticamente cegado, cubriéndose solo de aguas superficiales con la marea alta. La prolongación de su antiguo curso aún se percibe entre las parcelas del polígono industrial San José, hasta la calle Ensenada.  Antes de construirse esta zona industrial en los años 60, aún eran visibles los meandros “fosilizados” de la Madre Vieja, el brazo del antiguo Guadalete que, serpenteando por sus marismas, hasta comienzos del siglo XX aún era navegable hasta los manantiales de La Piedad.

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La desembocadura del Guadalete antes de construirse -en 1970- los espigones de Valdelagrana y La Puntilla. Al fondo, Santa Catalina. /Foto: Archivo Municipal.

Decía el ingeniero Osorio (arriba) que era “preciso y único remedio para que la barra vuelva a su antiguo estado, restituir al río sus aguas”, a lo que El Puerto nunca renunció. Pero tras la fallida apertura del Caño del Molino tuvieron que transcurrir dos décadas para que se materializara el cierre del curso del San Pedro y la apertura de la ‘calle larga’. Que mejoró el estado de la barra, y posibilitó, no sin dificultades, el tráfico comercial y de pasajeros en la bahía, pero la barra del río -las sucesivas barras- nunca dejaron de existir y frenaron el desarrollo portuario de la ciudad.

De no haberse actuado durante siglos en las obras de limpia y dragado de la barra, la desembocadura del Guadalete no existiría hoy, se habría cegado completamente. Es más: si no se hubiera abierto artificialmente hace dos mil años -por obra de Balbo el Menor-, el río no habría buscado su salida al mar por donde hoy lo hace, en un terreno de arenas -el Coto de la Isleta- que ya estaba consolidado hace más de cuatro mil años. /Texto: Enrique Pérez Fernández.

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