3.112. Por los pelos.

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De pequeño, mi primera estación penitencial en los días previos al Domingo de Ramos era la barbería de Jiménez, que estaba justo al lado del Bar Los Pinchitos, a donde me mandaba mi madre –dile a Don Antonio que te descargue bastante- para cumplir con el mandamiento de santificar las fiestas con el cogote recortado y en perfecto estado de revista. Yo obedecía sin rechistar, pero no entendía muy bien por qué Jesús podía enfadarse si me veía con el pelo largo: él y sus amigos tenían unas pelambreras que parecían Ismael y La Banda del Mirlitón.

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En cualquier caso, uno siempre iba contento a ese templo civil en el que olía a Lavanda en lugar de a incienso, y en la que la cofradía verde y blanca con más hermanos no era la Vera Cruz sino el Real Betis Balompié. Porque por esa escuela filosófica de trabajadores de todas clases, fluían, a la par que el agua y el talco de los pulverizadores, inclasificables corrientes de pensamiento que hablaban sobre el Racing y la nada, la insoportable levedad de Galloso, o sobre el Arropiero, que era un lobo para el hombre pero sobre todo para las mujeres. En mi curriculum vital tengo un master en educación cívica y sentimental, expedido por ese ágora proletaria que, según su fundador, permanecía milagrosamente abierta, año tras año, por los pelos.

No recuerdo muy bien por qué dejé de ir (tal vez aquella novia primera con aires de grandeza) y empecé a degenerar visitando peluquerías de esas modernas en cuyo interior el tiempo nunca se pierde en condiciones, y en las que los estilistas y los psicoanalistas del cabello hablan con faltas de ortografía.

Don Antonio Jiménez cerró su barbería ya hace años, pero en fechas como éstas añoro esos días previos a la Semana Santa y demás fiestas de guardar en los que uno ofrecía mansamente su cabeza poblada e indefensa -dice mi madre que me descargue bastante-, mientras escuchaba sin perderse detalle al fígaro bético y a sus clientes más doctos. Ahora soy yo mismo el que me corto el poco pelo que me queda con una máquina en la soledad del cuarto de baño, con lo que ese acto tiene de nostalgia, desolación y subida al Calvario, que es, como dice Benedetti, el destino inexorable de los que, en cien años, seremos completamente calvos. /Texto: Pepe Mendoza.

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