3.472.  Pregón de Navidad de la Asociación Belenista ‘Ángel Martínez’, pronunciado por Luis Suárez Avila. 2006

El presagio de la Navidad eran para mí los olores del lentisco que traía todos los años Paco el jardinero de mi tío Javier, el fresco olor de las sullas y los hijuelos de pitas del Camino de los Enamorados, el olor de las hojitas de plantas silvestres del Coto, el olor del yeso húmedo, el olor de las pinturas terrosas en cuencos, con agua, el olor del corcho recién partido, el olor de la miel calentada al que siempre acudía, a la ventana de la cocina, un enjambre de abejas, el olor de los pestiños friéndose en la sartén, el olor del pavo haciéndose al fuego, el olor del anís Periquito, el olor del Cacao Pico, el olor de los mantecados, el olor de los roscos de vino, el olor de las tortas de Meme Máiquez, el olor del turrón y de las figuritas de mazapán de Soler, el olor del pavo trufado y de las tortitas enmeladas, retorcidas como grandes orejas, de Rosarito y Bella Simeón, el olor del frío –que el frío también huele--, el olor a incienso, el olor a candela, el olor de la alhucema, el olor de la colonia artesanal que Don Augusto Haupold hacía en su laboratorio y mandaba a sus amigos de regalo, con aquellas tarjetas en que campeaba su lema: “Salud, Paz y Bien”... Toda una sinfonía de olores. Y de sabores. Olor y sabor de santidad. La Noche Santa nos sugiere, me sugiere, todos esos olores con sus sabores. Porque el olor y el sabor están íntimamente relacionados. (Fragmento).


Otra vez.
Le tenemos aquí. Ya se nos viene
minúsculo otra vez, como si nada
ocurriese de nuevo en su llegada,
ni nada nuevo a nuestro lado suene.

El establo y las pajas... Todo tiene
lo que siempre ha tenido, en renovada
paradoja de siempre. ¡Qué colmada
providencia de Dios que nos previene!

¿Y qué haremos ahora?... Sí ¿qué haremos?
Puede ser que a este Niño le dejemos
como tantas las veces que en su fiebre

de amor rendido, en su finura nace,
y, a pesar de que pase lo que pase,
nos hace su sagrario de un pesebre.

Ilustrísimas Autoridades, Presidente y Junta de la Asociación de Belenistas Ángel Martínez, señoras y señores:

Como en el siglo XV hiciera Juan Poeta, motejado por Antón de Montoro de recitar obras ajenas, yo me he tomado la licencia de recitar hoy aquí este precioso soneto que mi padre compuso en la Navidad de 1968 y lo mandó a sus amigos en un tarjetón, tal como lo hacía todos los años. Y me tomo también la libertad de que en esa pantalla esté presente el último nacimiento que hizo mi padre el año 1976, sus últimas Navidades entre nosotros. Porque ambas cosas me sugieren la memoria de felices tiempos pasados, ya lejanos, tanto, que son incluso de otro siglo.

La memoria es la facultad de recordar; es la facultad de renovar las querencias. Porque re-cordar tiene mucho que ver con “cor-cordis”, corazón, querencia, afición, cariño. En el corazón están situadas, tradicionalmente, las potencias del amor, de los afectos. Y el prefijo “re-“ nos conecta con la vuelta atrás en la querencia, en la cordialidad.

Recordar lo que se ha vivido es un desenfadado ejercicio y un enamorado galanteo consigo mismo. Es refocilarse en la evocación de lo pasado. Y he querido recitaros ese poema y tener presente esa fotografía, tenerlos aquí cerca, para evocaros mis recuerdos de la Navidad.

| Belén Centro Alfonso X el Sabio. Foto: Vicente Ferrer.

Gracias, Francisco Andrés Gallardo, por tus palabras. No soy acreedor de ellas. Tan solamente la amistad y el cariño que tienes para mí te las han podido dictar. Porque yo no soy pregonero. Yo he denostado los pregones; yo, acaso, no tenga las cualidades, la gracia y la donosura que hacen falta para hacer un pregón. Ni yo soy capaz de hacer un pregón. Yo todo lo más, he hecho lo que he podido, cada vez que se me ha pedido. Y hoy, yo no sabría hacer otra cosa que un ensayo de la memoria, echarle un pulso a la nostalgia, mostrar mis recuerdos de la Navidad, revivir la Navidad portuense.

Pregonar, escribió Sebastián de Covarrubias en 1611, es poner de manifiesto algo que conviene que todos sepan. Y conviene saber que una nueva Navidad se nos viene, otra vez, otro año, como dice el villancico,

La Nochebuena se viene,
La Nochebuena se va...

Pero pregonar cualquier suceso, cualquier fiesta, se hace. Sin embargo, pregonar la Nochebuena, la Noche Santa, la llegada del Mesías prometido, es un atrevimiento, una insolencia y un descaro. Porque la Nochebuena, la pregonaron los ángeles y el ambiente se embalsamó con el cántico de Gloria a Dios en el Cielo y, en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad. Y enmendarles la plana es una villanía. A los ángeles, los anunciadores, a los más humildes, a los pastores que guardaban sus rebaños en Belén. Ellos fueron, lo dice el villancico verdadero, “los primeros de la Nochebuena” y fueron a adorar al Niño de Dios.

| Figuras del Misterio de Ángel Martínez.

Los ángeles: cada vez que me acuerdo de ese pasaje del evangelio, se me vienen a la memoria los nacimientos napolitanos plagados de ángeles revoloteando por encima del portal. Legión de ángeles, que suscitó nuestro huésped portuense, siendo Infante, en la Casa de las Cadenas, y después Rey de Nápoles y luego de España, Carlos III, que nos trajo la costumbre de poner el nacimiento por Navidad. Los ángeles, en multitud, poblando el cielo de un Belén ideal, dieciochesco; un canon que heredaría Salzillo, el murciano precursor de la escultura belenística española y que, a raíz de todo aquello, se han hecho necesarios, presentes en los nacimientos, como un trasunto imaginario de lo ocurrido en Belén, tal como lo cuentan los evangelios.

¿Pregonar la Navidad?
Cuando ni se es ángel, ni espíritu puro, es una osadía pregonar la Navidad; cuando hubo quienes, enviados de Dios Padre, pregonaron la primera, la única, la verdadera, la irrepetible. ..Ya lo dice el villancico:

Esta noche nace el Niño;
Es mentira que no nace.
Esta son las ceremonias
Que todos los años le hacen.

Porque, nacido el Niño, el Mesías, Enmanuel, Dios con nosotros, hace dos mil seis años, no vuelve a nacer; le hacemos la memoria de su nacimiento, festejamos su cumpleaños. Pero ponerle años al Eterno, contarle los años, es tan inútil empresa como la que relata San Agustín del niño que, con una concha, quería vaciar el mar de agua, para explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Contarle los años... Y, Él, a cambio, se nos da, se nos entrega, se inmola por nosotros, se nos queda para siempre en un panderetillo de pan, en cuerpo y sangre, alma y divinidad, en el sagrario, que es como otro portal de Belén que le hemos hecho.

Venite, adoremus:

Venid a adorarle, venid a postraros ante el Rey del Mundo, ante el Dios hecho carne, ante el Verbo divino, ante la Palabra, que fue en el principio, ante el Rey de los Judíos, ante el que no tuvo comienzo ni tendrá fin.
Los ángeles. ¿Habrá diálogo más hermoso y tierno que el del Ángel San Gabriel y la Virgen María? La Virgen es una mujer de pocas palabras. Pero ha cambiado el mundo con estas dos frases: Fiat, hágase en mi según tu palabra, que es la total entrega a su Dios y Señor; y aquellas otras “Haced lo que Él os diga”, en las bodas de Caná, que son como la invitación a todos nosotros para que nos paremos, y oigamos la voz de Jesús. Haced lo que Él os diga.

Fiat; ya lo decía el villancico que nos tarareaba mi abuela María de los Ángeles:

Cuando el Eterno se quiso hacer niño,
Le dijo al Ángel con mucho cariño:
Anda, Gabriel, vete a Galilea
Y allí hallarás una pequeña aldea
En Nazaret, su precioso apellido,
Hay un virgen que es jazmín florido
En una casa que de David viene
Hay una niña que quince años tiene;
Está casada con un carpintero
Y aunque es pobre, así yo la quiero.
Tu ve si quiere en su vientre hospedarme
Yo quiero de ella tomar carne y sangre.
Corrió el angelito, que bebe los vientos,
Hasta llegar al humilde aposento
Donde ha llegado y ha visto a María
Le da el encargo que su Dios le envía
Viendo la niña todo favorable,
Dice que quiere ser Virgen y Madre
Alegría, alegría, alegría
Que ha parido la Virgen María
Sin dolor ni pena
A las doce de la Nochebuena.

Hay otro ángel, el que en sueños se le apareció a San José y le reveló que el Hijo que llevaba su mujer en las entrañas era el Hijo de Dios. Y el villancico también lo contempla:

La Virgen se paseaba
Por los balcones celestes
Y San José la miraba
Que estaba de nueve meses.

San José tenía celos
Del preñado de María
Y el Niño que era de Dio,
En el vientre se reía.

A las ideas y venidas
San José hacía reparos
que la saya de María
se le iba levantando.
¿Qué esto que veo?
¡Dios mío, ay de mí,
mi esposa preñada
yo quiero morir!
Trató el santo de observarla
Por no sufrir su deshonra,
Se ha sentado a descansar
Y ha recogido su ropa.
Se quedó dormido
Y un ángel le dice:
-Ya es de Dios obra,
que tu esposa es virgen.

He aquí otro ángel. Pero si la Navidad, toda ella, el misterio de la Noche Santa está plagado de ángeles: de ángeles anunciadores, pregoneros, voceros, disipadores de todas las dudas. Los ángeles, los primeros en divulgar la noticia. ¿Cómo voy yo a pregonar la Navidad? Lo repito, es una osadía, un atrevimiento, una audacia estéril y el amago fallido de una intrepidez que no tiene nombre.

Así que, rendido ante la evidencia, no puedo hacer otra cosa que recordar las fiestas de Navidad que viví en este Gran Puerto de Santa María, con sus sonidos, sus olores, sus sabores y sus colores.

| Fotografía Francisco de la Flor.

A medida que uno ha ido creciendo y teniendo edad, las Navidades se presentan de distinta manera. Estoy convencido de que es la fiesta de los niños, de los iguales al Niño que nace, de los puros como los niños, de los hijos, de los nietos. La ilusión y la alegría de la Navidad se las trasladamos a ellos. Y sin embargo a nosotros los mayores, nos queda el sentimiento de la nostalgia, el sentimiento de la ausencia, el sentimiento de la falta de aquellos que nos transmitieron la ilusión por la Navidad.

El presagio de la Navidad eran para mí los olores del lentisco que traía todos los años Paco el jardinero de mi tío Javier, el fresco olor de las sullas y los hijuelos de pitas del Camino de los Enamorados, el olor de las hojitas de plantas silvestres del Coto, el olor del yeso húmedo, el olor de las pinturas terrosas en cuencos, con agua, el olor del corcho recién partido, el olor de la miel calentada al que siempre acudía, a la ventana de la cocina, un enjambre de abejas, el olor de los pestiños friéndose en la sartén, el olor del pavo haciéndose al fuego, el olor del anís Periquito, el olor del Cacao Pico, el olor de los mantecados, el olor de los roscos de vino, el olor de las tortas de Meme Máiquez, el olor del turrón y de las figuritas de mazapán de Soler, el olor del pavo trufado y de las tortitas enmeladas, retorcidas como grandes orejas, de Rosarito y Bella Simeón, el olor del frío –que el frío también huele--, el olor a incienso, el olor a candela, el olor de la alhucema, el olor de la colonia artesanal que Don Augusto Haupold hacía en su laboratorio y mandaba a sus amigos de regalo, con aquellas tarjetas en que campeaba su lema: “Salud, Paz y Bien”... Toda una sinfonía de olores. Y de sabores. Olor y sabor de santidad. La Noche Santa nos sugiere, me sugiere, todos esos olores con sus sabores. Porque el olor y el sabor están íntimamente relacionados.

Y los sonidos: los sones de los villancicos aquellos en que estaban volcados todos los evangelios canónicos y, sobre todo, los apócrifos.

Aquellos villancicos inefables de Cristóbal el del Baratillo, que tenía su sede en la calle de las Sierpes, al costado de la Plaza de Abastos de esta Ciudad, junto a la tienda de Milindri, y fue un personaje de vida azarosa. Cristóbal Muñoz Piñero, fue hasta bailarín e incluso amante de Estrellita Castro con la que recorrió medio mundo.

| En la calle Sierpes, junto al Bar Milindri, estaba Cristobal el del Baratillo.

En el campo del arte y las variedades, componía coplas para el Carnaval y hasta tuvo comparsa a sus órdenes de la que recuerdo “Los que fueron a la Luna”. Pero si hoy lo cito aquí, al borde de las Navidades, es porque Cristóbal fue creador y director de un llamado “Coro de Villancicos y Campanilleros de El Puerto de Santa María”, que es como se titula un cuaderno que me regaló manuscrito con todas las coplas del repertorio. Y para que no queden en el anonimato y alguno de los aludidos se recuerde, el grupo lo compusieron, además de Cristóbal, su director, Félix Córdoba Saso, Domingo Gallardo Chorro, Ángel y Manuel Ramos Añino, Juan García Rodríguez, José Luis Sanchez, Francisco Nimo Lojo, Manuel Callealta Fernández, Luisa Gallego Simeón, Carmen y Candelaria Becerra Valenzuela, Carmen y Encarnación Muñoz Aznar, Antonia Córdoba Vázquez y Manuela Valladares Molina, según consta en la lista manuscrita por Cristóbal que figura al final del cuaderno.

No le iban a la zaga los grupos de Torriguera o la banda del Remendado, desgranando coplas al Niño de Dios por las casas, donde se les daba una copita de anís o de cacao, unos polvorones y un aguinaldo. O Rafael Brea el cartero, en mi casa, cantando aquello de “Acuéstate esposo que vendrás cansado...” con el estribillo de “...antes de las doce a Belén llegar”; lo mismo que Rafael Alberti decía que se cantaba en su casa, de niño, con una surrealista versión de “acuéstate en el pozo que vendrás cansado”; lo mismo que el heterodoxo del XIX, Don Luis Usoz y Río, coleccionó como “Villancicos que se cantan por la Navidad en la provincia de Cádiz” y que se conservan en la Biblioteca Nacional, en un tomo facticio, junto con el pliego de cordel de la “Boda de Negros” que sucede en esta Ciudad y ocurre, precisamente, en la Navidad: "Boda de negros, romance en que se refiere la celebridad, galanteo y acasos de esta Boda, que se ejecutó en la Ciudad de El Gran Puerto de Santa María" que fue reimpreso infinidad de veces, desde finales del siglo XVIII:

Dispusieron a casarse
la Pascua del Nacimiento
de Cristo Nuestro Señor,
convidando cuantos Negros
hubo en Cádiz, en Sanlúcar,
en Jerez, Rota y Puerto.

La novia,
Una Negra, a quien el Cielo
se esmeró en darle mil gracias,
desde la planta al cabello....
...Sabe cantar la cumbé,
y sabe bailar el hueso...

Y en la fiesta empiezan
á tocar los instrumentos,
y á baylar zapateados,
con grescas a lo Guineo...
...A eso de las diez y media,
dixo el Novio: Caballeros,
cese ya tanto fandango,
y a cenar nos aprestemos...

Es notoria, en nuestra Navidad, la utilización, a modo y por libre, del cándido y tierno evangelio apócrifo de la Infancia de Jesús, trasladado por la tradición oral al romance de la Virgen y el ciego que recobró la vista por haberle dado una naranja del huerto naranjél, al Niño sediento, olé, olé, Holanda ya se ve; o el milagro del trigo; o la Virgen costurera muy tradicional del Puerto, como que ya lo recogió en el XIX aquí, vivo, Fernán Caballero; o madre, en la puerta hay un niño, más hermoso que el sol bello; o el canónico –no hallaron sitio en la posada-- del posadero ingrato; o los burlescos de los calzones de San José y los ratones que se los royeron; o el del cochino colgado; o el de San José, coge a este Niño mientras yo hago candela y San José le responde: quien lo parió que lo tenga; o el de las barbas de San José que le pinchaban al Niño; o el de la Virgen peinándose entre cortina y cortina, o lavando y tendiendo en el romero; o el de los peces que no se acaban de beber el río; o las campanas sobre las campanas; o los campanilleros, con ecos de los Rosarios de la Aurora y la historia de Lázaro y el rico Epulón.

| Belen parroquia de San Francisco. 2017 | Foto Juany García.

Se me re-vuelven los sonidos celestiales del coro de novicios de la Compañía de Jesús, entonando la Pastorella, en la misa del gallo en los Jesuitas; o el coro de Dueñas, en la Prioral, cantando villancicos recogidos del pueblo; o las angelicales voces de las Monjas del Sancti Spíritus, o las de la Concepción o las de las Pobres Capuchinas, salmodiando coplas al Niño de Dios; o todas las campanas, bautizadas con nombres de santos, de todas las iglesias de El Puerto, repicando durante el canto del Gloria de la misa del gallo y sus badajos, tal como la lengua de los ángeles, anunciando el Nacimiento del Redentor. Son los olores, los sabores, los sonidos que me vienen al recuerdo.

Y el imaginario, las memorias visuales, los momentos vividos que se me agolpan: Las visitas a la calle Postigo a Carmela la de los muñecos, con mis padres, para encargarle los muñequitos del año eran proverbiales y necesarias. Recuerdo los cuadernos con dibujos de mi padre, de bocetos de cómo iba a ser, cada año, el nacimiento de mi casa; o los cuadernos con los diseños de qué muñequitos había encargado mi tío Juan en los años 30 a Angelito. Todo amorosamente guardado, lo conservamos como reliquias.

Carmela, sobrina de aquel sublime Ángel Martínez, a quien yo no llegué a conocer, pero que se nombraba en mi casa a cada paso.

Ahora que ya respiramos aire navideño, es inevitable el recuerdo de Carmela, la sucesora de Angelito, el artesano que dio renombre a esta Ciudad cuando, cada Navidad, desde todos los puntos de Andalucía, de Extremadura y de muchas Ciudades de España, venían a la calle Postigo 15 a comprar las figuritas de nacimiento que lo hicieron famoso. A Carmela y a su marido, Benito, los recuerdo en la calle Postigo haciendo a destajo figuras de nacimiento, pintándolas, terminándolas y poniéndolas en una estantería donde los clientes podían verlas y comprarlas.

Había figuras humanas solas o en grupo; escenas costumbristas; tunas y pitas, en lineos; portadas de fincas, fuentes, animales (ovejas, cabras, bueyes, vacas, burros, pavos, gallinas, o cobras de yeguas hoyando la parva) admirablemente hechos y tratados. Y de varios tamaños y escalas.

Y no fueron los únicos. También había y vendían, en la calle Ganado arriba, los llamados "Niños de Dios", que imitaban a los de "Angelito" y a los de Carmela, pero sin llegar a su altura, como que eran la producción espuria de los ayudantes que estaban en el taller de la calle Postigo y los hacían de tapadillo.

Hace tres años, por Navidad, me sentí orgulloso, porque, en Madrid, en el edificio de Telefónica de la Gran Vía, visité una magnífica exposición de figuras de nacimiento y en ella estaban, junto a las más sublimes de los escultores napolitanos del XVIII, o las cuzqueñas, o las castellanas, o las murcianas..., las geniales figuras de Ángel Martínez y de su sobrina Carmela. Y es que se siente un algo especial con ver fuera, glorificado, lo que has visto y vivido en tu tierra de pequeño. Porque, todos los años, casi comenzado el mes de noviembre, la visita a la casa de Carmela, en la calle Postigo, con mis padres, era todo un rito.

Y hoy, gracias a Dios, me vuelvo a sentir orgulloso porque he visto otra vez las figuritas de Ángel Martínez y de Carmela salir de sus moldes originales y volver a adquirir forma y color de la mano de quienes las firman como "Sucesores de Ángel Martínez", precisamente.

 

Ángel Martínez, vuestro patrono laico, vuestro titular de cofradía y hermandad, secular, casi profana, acogida a la Ley de Asociaciones que os aúna en torno al misterio de la Navidad; Ángel Martínez, vuestro ideal, vuestro ejemplo de creador belenista.

Y me vienen al recuerdo otras figuritas de nacimiento, como las del entrañable amigo de Angelito, don José Jiménez Mariscal, un artesano, hijo de artesano granadino y padre de Jesús, hijo y nieto de artesanos, extraordinarios creadores de Misterios, pastores, Reyes y sobre todo de ángeles, que nada tienen que envidiarle a los dieciochescos de Nápoles y que anualmente visitaban a mi padre y que les encargaba tal o cual figura y un montón de querubines, serafines, tronos y potestades, colgantes.

Pero no fueron solamente Ángel Martínez, ni su sobrina Carmela los que hicieron figuritas de Nacimiento en El Puerto, aunque es lo cierto que Angelito y Carmela fueron los más notables y famosos en toda España.

| Juana López Ruiz, conocida como 'Antonia la de los muñecos'.

Sin embargo, hoy debo recordar, también, aquí, el nombre de otra artesana que, aunque natural de Ubrique, floreció en El Puerto, en los años cuarenta y cincuenta. Se trata de Juana López Ruiz, conocida por "Antonia, la de los Muñequitos". Casada con Juan García Laynez, de Rota, ella trabajó en el Hospital de San Juan de Dios, como limpiadora, cocinera y él de enfermero. Vivieron y tuvieron taller en la calle de las Cruces, enfrente de Purullena, en la casa que fue de Bononato el de los pies grandes, y allí comenzaron a crear muñequitos de Nacimiento populares, con la ayuda, a veces, de un hermano de Juana, Alfonso López Ruiz. Luego pasaron a vivir a la "Casa de Aguado" en la Plaza del Polvorista, donde todavía vive, y que sea por muchos años, el hijo de Antonia y de Juan, Manolín.

Juan vendía los muñequitos de su mujer en un tenderete que colocaba al lado de Rábago, en La Placilla, y “La Trabuca”, en su puesto de la calle Ganado, frente a Rueda, un puesto que era un escueto zaguán y una empinada escalera, donde, en cada peldaño, no quedaba sitio para nada, de cosas y cachivaches que había expuestos y colgados, a la venta.

Con el barro que sacaba de una cantera, en el camino de "Las Boneas" --"Las Monedas"--, en un barrero que era de la Viuda de Terry, a la que, anualmente, Antonia, pedía un papelito, para que el guarda no se metiera con ella, tenía ya la materia prima. El resto era dar forma a la arcilla, blanquecina y albariza. No tenía moldes, ni modelos. Lo suyo era la inspiración, movida por los dedos, de la que salían amagos de la Virgen, de San José , del Niño, de los pastores, de las ovejas, de las cabritas, de los camellos con los Reyes, de ángeles, de Herodes y sus soldados romanos... todos cocidos rudimentariamente en un bidón lleno de serrín, y, finalmente, decorados con unas pinturillas que Antonia compraba en casa del Cárave. El resultado era de lo más "naif" y tierno que pueda pensarse. Y de lo más primitivo. Estaba --sin saberlo ella--, umbilicalmente entroncado con el arte ibérico, o con el púnico, como si el tiempo y los milenios no hubieran pasado.

Pero, pasada la Navidad, Antonia, o Juana, se dedicaba a crear figuras de toreros, de picadores, de toros, de alguacilillos, de mulillas, con la misma ingenua gracia.

Yo, cuando vi los exvotos de barro en la exposición de "I Fenici", los fenicios, en el Palazzo Grassi, en Venecia, el año 1988, me acordé, asombrado, de Antonia y me vino a la cabeza aquello de Juan Ramón Jiménez, verdadero y tajante : "No existe arte popular, sino tradición popular del arte".

| Los tres Reyes Magos, imágenes de Murcia, años 40/50 del siglo pasado.

Pero los niños nos empeñábamos en comprar, en casa de Cortés, de Ramón Cervelló y Emilia Cortés Laural, en la calle Luna, las pequeñas y populares figuras de barro de Murcia, con las que hacíamos remedos de nacimientos y nos iniciábamos como cantera de futuros belenistas.

Al lado, en la casa de al lado, de la puerta de las mallas de Terry, recuerdo al incansable Suano --¿Marcelino?--, en la calle de las Cruces, carpintero y comparsista, que se remediaba todo el año haciendo recogedores, restregadores para el lavado, pies para las tinajas... Pero en Navidad exponía en una ventana de su casa matracas, carracas, palos con sonajas y cascabeles, panderetas y zambombas. Y se las quitaban de las manos.

Lo mismo que en los tenderetes y puestos de La Placilla estaban expuestos a la venta todos esos instrumentos que constituían y constituyen el ruido más armonioso y más cabal de la Navidad .

Se me agolpa en la memoria todo el imaginario de la Nochebuena con las visitas de gentes, mucha gente de El Puerto y de la provincia, en mi casa a ver el nacimiento que cada año ponía mi padre.

Desde el uno de noviembre, día de Todos los Santos, invariablemente, comenzaba la liturgia de montar el nacimiento. Lo primero era traer de casa de las tías Terry, enfrente, en la calle San Juan, los cajones de madera para formar el irregular armazón del “suelo” del Nacimiento. Eran enormes cajones en que llegaba la seda que servía para hacer las mallas del coñac. Seis, siete y hasta diez grandes cajones, debidamente colocados, unidos con tablones, formarían el asiento de toda aquella maquinaria efímera, señoreada por el telón de fondo que, previamente, pintaba mi padre, en la azotea alta, con témperas, sobre un enorme rollo de papel reforzado con tarlatana encolada, que llegaba a tener la tersura y el apresto necesario y conveniente. El telón se colocaba sobre un soporte semicircular. “Nunca debe tener esquinas”, decía mi padre a Rafael Brea, el cartero, que todas las noches, hasta bien tarde, le ayudaba a montar el nacimiento. El cielo no tiene esquinas, tiene balcones, como dice el villancico:

En el cielo se alquilan balcones
Para una boda que se va a hacer
Que se casa la Virgen María
Con el Patriarca Señor San José.
Y barandas, como las del romance de Santa Catalina:
Por las barandas del cielo
Se pasea una zagala,
Toda vestida de blanco
Que Catalina se llama...

Luego, mi padre colocaba las lejanías, una serie de casitas, un pueblo, unas montañas, unas palmeras, que iba haciendo sobre cartones recortados y pintados de acuarela, que daban la sensación de profundidad detrás de un bastidor con un tul tenso.

Luego, sobre el armazón general, la tela metálica y, encima, cosida con aguja de saco y guita, la arpillera y el mortero de yeso distribuido sobre la arpillera, irregular y montuna. Después, las pinturas terrosas, los fondos oscuros, los matices algo más brillantes y las últimas pinceladas en colores más claros. Y la arena, los chinitos, la escoria de la estación del tren, las piedras de la playa, la tierra, el musgo, las sullas, las pequeñas pitas, los líneos de tunas de Angelito, las ramas del Coto, el lentisco oloroso, las telas del tronco de las palmeras, o las chascas de los pinos.

Mientras tanto, cada año, mi padre hacía un portal distinto, unas casas distintas, un puente distinto, un molino de agua, un batán, distinto y los iba colocando a modo y a ojo de buen cubero. Era inevitable la cabaña de los pastores con su redil, cada año diferente, con las inconfundibles ovejas –porque son inconfundibles-- y el ángel anunciador de Angelito que, a veces se aparecía y desaparecía en una nube, con unos mecanismos en que intervenían unos espejos, un motor eléctrico y un cacharro con agua. Todo artesanal, cariñosamente fraguado, noche tras noche. La luna campeaba en el celaje gracias a una mancha redonda de barniz japón imperceptible con la luz, pero notoria con la oscuridad.

| Belen napolitano.

A veces, escogía el belén tradicional, el popular, con figuras de Angelito; a veces, el puramente hebreo, también con figuras de Angelito, de mayor tamaño, diseñadas por mi tío Juan Ávila; a veces, más elaborado, se decantaba por el de estilo napolitano, con figuras vestidas y ángeles de Jiménez Mariscal surcando todos los cielos de un portal neoclásico en ruinas. Y una vez un inmenso bosque de palmeras, hechas, una a una, por mi padre. Pero, una cosa era segura: que siempre terminaba el nacimiento in extremis. Quiero decir que a punto de nacer el Niño, casi a punto de irnos para la misa del gallo, rayando las doce de la Nochebuena, con mi madre esperándolo y con los niños, nosotros, preparados, repeinados, arreglados, para salir pitando para la Iglesia de los Jesuitas.

Cuando pasaban los Reyes, comenzaba la oposición de toda la grey infantil a que el nacimiento se desarmara, una oposición que era unánime. Ante la evidencia, mi padre se rendía y tomábamos por asalto el nacimiento, desprovisto todo aquel paisaje de figuritas, que pasaba a ser el lugar donde discurrirían una vía de tren eléctrico, con estaciones, pasos a nivel, casas de pueblos y varios ferrocarriles. Y un fuerte de convoys y un campamento de indios de goma. Aquello duraba, por lo menos, hasta marzo, en que todo comenzaba a deteriorarse y era inevitable el desmontaje. Rafael Brea, el cartero, pacientemente, otra vez comenzaba, cada noche, a descuajeringar los materiales, a desmontar los armazones, a doblar la tela metálica, a eliminar los cables de la instalación, a liar el telón, a guardarlo todo en la covacha de la escalera, a devolver a las tías Terry los cajones y a dejar expedita la habitación, hasta un nuevo año.

| Pintorama de Sucesores de Ángel Martínez y Adrián Ferreras.

Y lo mismo que la gente visitaba nuestro nacimiento, nosotros íbamos a Jerez a ver el de Santa Rosalía, o a Sevilla a ver el de San Juan de Dios, con figuritas de Angelito, o el de Santa Catalina un nacimiento vertical que cubría todo el retablo mayor; o el de Acción Católica, tradicional, que inventó mi tío Juan y que se prolongó durante muchísimos años; o el de todos los conventos de monjas de El Puerto, entre los que destacaba siempre el del Asilo de Huérfanas de la calle Cielos, hecho por la recordada Sor Rafaela Echevarría; o el de casa de Don Antonio Ortega Infante, coleccionista de las mejores figuras salidas del taller de la calle Postigo; o el de Meme Máiquez, en que siempre estaba patente la recua de burros y el burro que meaba –con perdón--, abierto de patas, con su chorrito y sus salpicaduras, genial creación de Angelito, cuidadoso escultor animalista; o el de los Cuvillo también con figuritas de Ángel Martínez, o el muy artístico de Faelo Estéban Poullet en su casa de la calle Larga, siempre distinto y siempre genial;

O el de Remigio Andujar, el de la Electra Peral, el del tambor de la banda de Dueñas, el de la Cruz Roja, que llegó a tener un completísimo Nacimiento con figuritas de Antoñita y todos los años lo colocaba en su casa...

No puedo olvidar mi pandereta, una pandereta antigua, que había sido de mi tío Juan, que tenía su nombre escrito. ¿Qué habrá sido de mi pandereta, que todos los años la sacaba mi madre de un ropero y me la daba y, luego, me la volvía a recoger hasta el año siguiente?

Mi tío Juan Ávila, al que no conocí, pero que murió joven, a los treinta años, el 43, era un recuerdo constante en la Navidad de mi casa. Fue un artista consumado: dibujante, pintor, escultor, orfebre, escenógrafo, belenista, cofrade, decorador, interiorista, diseñador, cantor y un algo poeta joco-serio... Como que mi abuelo, cuando mi tío terminó el bachillerato y no sabía qué estudiar luego, –Niño ¿quieres ser cura?, le preguntó y como le dijera que no--, lo mandó a despabilarse a París, precisamente los años 1927 y 1928, a ver arte y a vivir la bohemia costeada. Un artista en todo, el ejemplo de bondad y de sonrisa perpetua, el recuerdo permanente en mi casa.

Este es el imaginario que tengo en las retinas; estos han sido los olores, los sabores, los colores, los sonidos de mis Navidades, de la Navidad en este Gran Puerto. Esto es lo que puedo deciros.

Ni soy pregonero, ni la Navidad necesita más pregón que el de los ángeles. Todos los demás somos unos intrusos y cariacontecidos sucedáneos. Tengo la impresión de que todo esto no es un pregón. Pertenece, a lo mejor al género de lo “alternativo”.

Y como ni soy un ángel, ni espíritu puro, ni tan siquiera pregonero, termino, acabo, concluyo, como los cómicos de sainetes, antes de echar el telón y, turbado por mi atrevimiento, pido perdón por mis muchas faltas. Me esfumo, me marcho, me voy, con la conciencia clara de que no soy un ángel, ni un espíritu puro, ni un enviado de Dios, ni un pregonero, ni nada de nada. Y desaparezco, vergonzante, por el foro. Muchas gracias. (En este momento se apagan todas las luces de la sala y me quito de en medio). | Texto: Luis Suárez Ávila. 22 de Diciembre de 2006.

 

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