3.925. Gertrudis Becerra Bernal. La curiosa historia de una prestamista para VIP’s, que dejó mandas tras su muerte, para el culto del Viático

Doña Gertrudis era una dama viuda, sin hijos, que había heredado de sus padres diversos inmuebles que le proporcionaban una estimable renta, viviendo en uno de ellos, muy cerquita de la iglesia Mayor Prioral, en la calle San Sebastián, justo enfrente del colegio de la Aurora, aunque en ocasiones, como cuando arrendó la casa durante una temporada al cónsul de Suecia, se trasladaba a otra casa de su propiedad no muy lejana, en la calle Santa Lucía la Ancha, frente a la calle Durango. Desde las ventanas de su casa veía con asiduidad como salía el Viático, lo mismo de día que de noche, atravesando calles pésimamente iluminadas algún sacerdote envuelto en una capa pluvial litúrgica sobre el sobrepelliz o alba y la estola que habían añadido a la sotana.
| Placa sobre el dintel de la puerta de acceso a la Capilla de la Aurora.
El sacerdote llevaba entre sus manos una cajita que contenía hostias consagradas retiradas del sagrario de la iglesia para dar la comunión generalmente a enfermos graves y en peligro de muerte ya que otro viático, el utilizado para llevar la comunión a casa de enfermos e impedidos, se organizaba periódicamente, con mayor solemnidad y participación,  como una procesión que recorría buena parte del casco urbano, pero sin el carácter urgente del primero citado, al que solamente acompañaban dos acólitos, que alumbraba el camino y uno de ellos  portando una campanilla advirtiendo a los viandantes del paso de la sagrada forma.

En la época que relatamos, la última década del siglo XVIII, Gertrudis (López) Becerra y Bernal, única hija de Don Fernando (López) Becerra –y ponemos entre paréntesis a López porque aunque ese era su apellido, no lo usaban-  y Clara María Bernal Reinoso, ambos cónyuges casados en segundas nupcias y con descendencia en sus primeros matrimonios, viudo el primero de Teresa Suarez de Siquera y de Martín de Agesta, la segunda.

| Farol para acompañar al Viático.

Doña Gertrudis sintió siempre en vida la necesidad de colaborar de alguna forma con este culto, necesidad que quiso perpetuar para después de muerta. Cuando redactó el que sería su testamento definitivo, cuatro años antes de morir, decía en el mismo: “Por cuanto hace algunos años tengo la devoción de cuidar y mantener dos faroles con que se acompañan al Santísimo Sacramento siempre que sale para Viático del Sagrario de la referida Iglesia Mayor Prioral de esta ciudad que se hicieron a mi costa…” y continuaba proponiendo fuera de su cuenta “lo necesario para el gasto de la cera, siendo mi voluntad que esta donación sea perpetua, sin intermitencia alguna desde ahora para siempre jamás dispongo y mando continúe esta Memoria por fin de mis días costeándose de mis bienes otro nuevo farol si yo no lo dejare hecho para que siendo tres los faroles, en caso de inhabilitarse alguno, nunca falten los dos, cuidando de que siempre haya tres a dicho fin, quedando como ha de quedar todo el gasto que se hiciere en mantener los tres faroles y cera que se consuma a cargo de mis herederos y sucesores…”

| Portada de la casa de la plaza de la Iglesia, propiedad de doña Gertrudis, que fue arrendada al ayuntamiento para ser utilizada como Casa Consistorial.

Para asegurarse de que se cumpliesen sus deseos. las cinco casas de las que era propietaria, de las que ya hemos mencionado dos y las otras tres eran: una, en la plaza de la iglesia, entre las calles Santa Lucía y Pagador, inmueble arrendado al ayuntamiento para ser utilizado como Casa Consistorial; otra, en calle Pagador, a la espalda de la antes mencionada en calle Santa Lucía y una tercera en la esquina de las calles Pagador y Pozuelo, todas ellas serían transmitidas en usufructo, primero a su sobrina, la hija de su medio hermana Margarita Agesta Bernal, Margarita Fedriani Agesta y luego a una serie de parientes que se indicaban en un orden determinado, siempre en usufructo, sin posesión de la propiedad, y cuando falleciese el último de los herederos usufructuarios nombrados como sus herederos,  todas ellas pasarían a ser administradas por un comité formado por cuatro curas de la iglesia Mayor, que se iría renovando a medida que sus titulares fallecieran o renunciaren al cargo, “para que sus rentas se inviertan, a elección de dichos señores después del coste de la Memoria que llevo aquí establecida de los faroles que han de acompañar al Santísimo Sacramento siempre que salga para Viático del Sagrario de ella [la Iglesia Mayor Prioral] porque esta ha de tener perpetua subsistencia en el culto del Santísimo Sacramento ya sea en el Sagrario o en el Altar Mayor de la referida iglesia Mayor Prioral, como el gozar alguna lámpara, asistencia de la silla de manos o lo que vieren y juzgaren puede conducir al culto divino según lo acuerden y determinen por dejarlo como lo dejo a la voluntad de los dichos señores cuatro curas quienes por fallecimiento del último usufructuario han de entrar en la administración de las referidas casas porque quedan como las dejo para dicha Obra Pía.”

Mientras los herederos propuestos viviesen, gozarían de sus rentas y del disfrute de los inmuebles con la obligación de cumplir con la Memoria establecida, advirtiéndoles que no descuiden de realizar las obras y reparaciones que necesiten “para su conservación, de modo que nunca vengan en deterioridad” y advierte también del pago de los réditos de los censos a que se hayan afectas, “esperando como esperamos del celo de estos señores (herederos) el exacto cumplimiento de esta mi voluntad.”

| Sagrario de la Iglesia Mayor Prioral, hoy Basílica Menor.

Esta benefactora del Santísimo Sacramento que sospechamos fuese una especie de prestamista para gente VIP,  que falleció en 1800, habiendo  nombrado por sus albaceas a su hermana Margarita Agesta, su sobrina Margarita Fedriani, un hermano de esta, presbítero, Manuel Fedriani y a otro presbítero llamado Diego Felipe de Vergara, les dejó bastante clara instrucciones para cobrar débitos pendientes, entre ellos uno de 70.000 reales a los herederos de D. Cristobal de Gobantes, fallecido en esa fecha, y de que, de ese importe, deduzcan o separen 500 pesos de a 15 reales y se le entregue al Caballero Mayordomo de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, previo recibo, para que “con acuerdo de los hermanos del primitivo número y gobierno de ella, se inviertan en el culto del Santísimo Sacramento.”

| Obra de Rafael Tardío Alonso. 1992.

Una paisana, cuya historia merece ser conocida e incluida en el ya extenso listado de gentes de El Puerto de todas las épocas. | Texto: Antonio Gutiérrrez Ruiz. A. C. Puertoguía.

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