| Cesar Manrique y Diego Ruiz Mata, en una imagen tomada en El Puerto de Santa María hace 30 años.

No recuerdo el día en que conocí a César Manrique, pero fue en el mes de julio de 1989. Llegó para construir un tanatorio muy especial, inmerso en la naturaleza, entre flores, árboles y jardines que rezumasen paz y alegría. Le comenté que por qué no diseñar un bosque sagrado, como los que se conocían en las antiguas Grecia y Roma, con el misterio de esos espacios sagrados y sus extraños dioses y habitantes escurridizos, donde conviviesen los muertos con el esplendor vivo de la naturaleza. Tampoco se sabía el sitio. Le invité entonces, en esos días que escapó de los promotores que le acompañaban, a ver la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca y recorrer su amplia necrópolis, plena de tumbas de túmulos de tierra que albergaban en su suelo muertos incinerados con sus cenizas dentro de vasos cerámicos y algunas ofrendas, o las que se excavaron en el suelo frágil de calcarenita de la Sierra de San Cristóbal. 
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