Milwaukee, territorio Anelo. Programar con criterio en tiempos de ruido

| Texto: José María Morillo
En un ecosistema musical cada vez más devorado por algoritmos y modas fugaces, la figura de Carlos Anelo Laínez emerge como la de un programador con oído propio y criterio innegociable. Más que gerente de la Sala Milwaukee, Anelo ha ejercido durante más de tres décadas como un auténtico selector de emociones en directo, un arquitecto de noches donde el repertorio importa tanto como la actitud.
Desde la apertura del espacio multicultural, su dirección artística ha tejido una identidad reconocible: eclecticismo sin postureo, calidad sin concesiones y una defensa casi militante del talento emergente. Junto a su hermano Juan Carlos, está en posesión del Premio de Patrimonio Histórico Local 2023, por la conservación del edificio del siglo XV que hoy acoge este espacio multicultural que coexiste con el uso hostelero.

La historia del local —hoy convertido en santuario sonoro— arranca en 1995 con un impulso casi romántico: dar cobijo a una comunidad huérfana de punto de encuentro, la de los propietarios andaluces de las Harley Davidson. Junto a su entorno familiar, Anelo entendió pronto que la música sería el verdadero combustible del proyecto. El nombre, Milwaukee, no es un capricho: remite a la ciudad donde nació la mítica marca americana, pero también a una forma de entender la cultura como territorio compartido. Con la peatonalización de la avenida de la Bajamar en 2009, el rugido de los motores cedió definitivamente ante el de los amplificadores. Y ahí, Carlos afinó el rumbo.

Su programación —casi 150 conciertos anuales— no responde a una lógica de mercado, sino a una narrativa musical en permanente construcción. Jazz, folk, country, rock o pop conviven en una cartelera que rehúye etiquetas cerradas. Lo que define la línea Milwaukee es otra cosa: coherencia. Anelo no solo programa nombres, sino que programa experiencias. Y en esa ecuación, el público se convierte en cómplice.
Hay también una dimensión de laboratorio en su trabajo. Los festivales que impulsa —con más de catorce ediciones a sus espaldas— funcionan como viveros donde las bandas emergentes encuentran escenario y escucha real. No es casual que por ese escenario hayan dejado huella nombres como Pablo Abraira, Betty Misiego, Raimundo Amador, Mikel Erentxun, Pablo Carbonell o bandas como La Unión y Los Secretos. La lista no es un alarde, es la consecuencia lógica de una programación honesta.

Especial mención merece el Summer Jazz, otro de sus bastiones. Más de catorce ediciones avalan un festival que ha sabido consolidarse sin perder frescura, abriendo espacio tanto a figuras consolidadas como a propuestas en construcción. En 2026, entre el 14 de junio y el 15 de septiembre, volverá a desplegar esa mezcla de elegancia y riesgo que define su ADN.
Pero si algo distingue a Carlos es su capacidad para sostener una línea editorial durante más de treinta años sin caer en la repetición. En tiempos de playlists clónicas, él sigue creyendo en la experiencia irrepetible del directo. Su trabajo no es solo programar conciertos: es construir un repositorio musical colectivo al que recurrir. Rock Action Sur (RAS), Berzarock, Monkey Week y Weekend, Puroindie, Amarraditos, Gustock, …
El último fin de semana lo resumía bien: power pop californiano con Softjaw, la irreverencia sevillana de Tabaco, punk ochentero y Unicornio un DJ con pulso inquieto.

Carlos es la raíz de la multiculturalidad Porteña